Luis Seco de Lucena
12/06/2026
Hay acontecimientos que desbordan el estrecho molde de las estadísticas y los porcentajes. Uno puede leer encuestas sobre práctica religiosa, discutir sobre secularización o repetir, como un mantra aprendido, que España ya no es la que fue. Y, sin embargo, llega la visita del Papa y las calles se llenan, las plazas laten. Las gargantas se rompen de tanto cantar y aplaudir. Entonces comprendemos que la realidad es más compleja y más hermosa que las etiquetas apresuradas.
Porque allí estaban los creyentes de misa dominical, los que siguen entrando en la iglesia cada domingo con la naturalidad con la que otros acuden al mercado del barrio. Personas sencillas que rezan por sus hijos, por sus muertos y por este mundo fatigado. Gente que conserva la fe como quien protege una lámpara antigua heredada de generación en generación.
Pero también estaban los otros creyentes. Los culturales. Los que quizá no recuerdan cuándo fue la última vez que se confesaron, pero siguen emocionándose al escuchar una saeta, al contemplar un paso de Semana Santa o al persignarse antes de despedir a sus padres en un cementerio. Los que descubren, sin quererlo del todo, que la fe no es únicamente un catálogo de normas, sino también una patria sentimental hecha de abuelas rezando el rosario, de campanas al atardecer y de villancicos desafinados alrededor de una mesa familiar.
Ambos acudieron al encuentro. Porque la identidad de un pueblo no se construye sólo con decretos ni con consignas políticas. También se alimenta de símbolos, de memoria y de aquello que, aun sin comprenderlo del todo, reconocemos como parte de nuestra propia historia.
Y junto a ellos estuvieron muchos ateos. Algunos observando con curiosidad, otros con distancia crítica. Pero respetando. Entendiendo que la convivencia no consiste en aplaudir lo que uno no comparte, sino en aceptar que el vecino tiene derecho a emocionarse por aquello que da sentido a su existencia.
El respeto es, precisamente, la forma más elevada de la inteligencia democrática. No burlarse del anciano que reza ni caricaturizar a quien no cree. No convertir la discrepancia en escarnio. Porque una sociedad adulta es aquella que entiende que la libertad religiosa incluye también la libertad para no profesar religión alguna.
Madrid y Barcelona ofrecieron una organización espectacular. A veces nos empeñamos en describir España como una maquinaria averiada incapaz de funcionar. Sin embargo, cuando existe voluntad y un propósito común, este país despliega una eficacia admirable. Miles de voluntarios, fuerzas de seguridad, servicios sanitarios y ciudadanos anónimos lograron que la complejidad se transformara en hospitalidad.
Y luego estuvieron las islas.
Canarias ha recibido a León XIV con esa mezcla irrepetible de alegría y ternura que sólo poseen los pueblos acostumbrados a mirar el horizonte. Aquí el entusiasmo no fue un protocolo, sino un abrazo. Hubo lágrimas discretas en rostros curtidos por el salitre. Hubo niños levantados sobre hombros para ver mejor. Hubo mayores que recordaban otras visitas y jóvenes que descubrían una emoción inesperada.
Porque acaso uno de los signos más sorprendentes de nuestro tiempo sea precisamente ése: el resurgir de la fe entre muchos jóvenes.
Contra todos los pronósticos de quienes decretaron que Dios había sido definitivamente expulsado del paisaje humano, muchachos nacidos entre pantallas y algoritmos buscan algo más que entretenimiento perpetuo. Intuyen que la abundancia de estímulos no calma la sed del alma. Preguntan, dudan, tropiezan y regresan. Como peregrinos que atraviesan un desierto iluminado por neones para descubrir que la esperanza sigue brotando en los pozos antiguos.
La fe, después de todo, se parece a esas raíces invisibles que sostienen al árbol incluso en invierno. Desde fuera puede parecer que todo está seco. Pero bajo la tierra continúa una obstinada labor silenciosa preparando la primavera.
La visita del Papa ha sido, para creyentes y no creyentes, una oportunidad de contemplarnos sin caricaturas. De comprobar que detrás de cada convicción hay seres humanos buscando significado, consuelo y verdad. Un recordatorio de que la convivencia no exige uniformidad, sino respeto; no demanda renunciar a lo que somos, sino aprender a mirar al otro sin desprecio.
Y si algo permanecerá en la memoria de quienes lo vivieron en Canarias, más allá de los discursos y de las fotografías oficiales, será aquel grito espontáneo y desarmado que brotó del afecto popular, sencillo como una canción aprendida en la infancia y poderoso como una oración pronunciada en comunidad:
Papa León, te queremos un montón.

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