Existe una especie de epidemia silenciosa que no duele, pero agota: la sobreabundancia de dictámenes no solicitados. Ocurre todos los días, en situaciones cotidianas, casi siempre precedida de una pregunta inocente que solo busca entablar conversación, pero que acaba convertida en un juicio de valor no requerido.
—¿Vas a pintar el coche?
—Sí, voy a cambiarle el color.
—¿Ah, sí? ¿No lo dejas del mismo?
—No, prefiero variarlo.
—Pues a mí me gusta más en blanco.
Llegados a este punto, conviene hacer una pausa dramática. ¿En qué momento la decisión sobre el color del coche de otra persona pasó a requerir la aprobación del oyente? ¿Cuándo se solicitó el control de calidad estético? La respuesta es sencilla: en ningún momento. Nadie ha preguntado.