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| las factorias de Lloret |
Hay lugares en la ciudad que cambian de piel pero jamás pierden el alma. Hoy, quienes pasean al atardecer por el extremo sur de la playa de Las Canteras caminan entre el murmullo de las olas, el perfil imponente del Auditorio Alfredo Kraus y la silueta de los surfistas desafiando las olas en la zona de Lloret. Sin embargo, si uno cierra los ojos y deja que la brisa marina hable, todavía se puede respirar el aroma a salazón, escuchar el traqueteo incesante de las máquinas y sentir el latido de un barrio que se construyó a fuerza de lomos curvados y manos curtidas por el mar.
Hubo un tiempo en que este rincón de Las Palmas de Gran Canaria no olía a cultura ni a terraza, sino a esfuerzo, sal y pescado fresco. Era la época dorada de las factorías conserveras, con dos nombres grabados a fuego en la memoria colectiva del barrio de Guanarteme: Lloret y Llinares e Hijos de Ángel Ojeda S. A.
La frontera industrial del mar.
Durante buena parte del siglo XX, la franja costera de El Rincón fue el corazón latente del procesamiento pesquero en la isla. Alimentadas por la riqueza del banco pesquero canario-sahariano, las factorías nacieron pegadas a la orilla, convirtiendo el litoral en un bullicioso hormiguero humano.
La fábrica de Lloret y Llinares, levantada por emprendedores de origen levantino, no solo fue un gigante del enlatado y la salazón; fue también la constructora involuntaria del paisaje. Su emblemático muro de contención no tardó en bautizar el litoral: para los vecinos y marineros de la época, y para las generaciones de surfistas que vinieron después, ese pedazo de costa pasó a ser, simplemente, "el Muro Lloret". Allí, mientras los obreros limpiaban las capturas y el despiece volvía al agua en forma de engodo, la chiquillería del barrio se amontonaba con sus cañas de pescar entre las rocas, compartiendo espacio con el humo de las chimeneas y el vaivén de la marea.