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martes, 16 de junio de 2026

Políticos. El lado oscuro

LUIS SECO, ANALISTA POLÍTICO SEGÚN SU OPINIÓN



Luis Seco de Lucena

16/06/2026

Artículo de opinión

Hay profesiones que inspiran respeto. El médico que se deja la espalda en una guardia interminable. El maestro que intenta enseñar en medio del ruido del mundo. El soldado que cumple con su deber aunque nadie le aplauda. Y luego está el político, ese extraño equilibrista de la palabra que ha conseguido que millones de ciudadanos levanten una ceja cada vez que abre la boca.

Resulta duro decirlo, pero más duro es callarlo: en un país donde la corrupción parece haberse convertido en costumbre, el político ha terminado cargando con una definición devastadora. Para demasiados ciudadanos, político significa tramposo. Político significa mentiroso. Alguien que promete puentes donde apenas hay tablones, que jura austeridad mientras aprieta el cinturón ajeno y ensancha el propio, que señala con indignación el bolsillo del adversario mientras esconde las llaves de su propia caja fuerte.

No importa demasiado el color de la corbata ni el logotipo estampado en el cartel electoral. Estos y los otros terminan pareciéndose demasiado. Cambian las consignas, pero el manual parece idéntico: justificar lo injustificable, negar la evidencia hasta que la evidencia se convierte en sentencia y, llegado el caso, apelar al clásico "y tú más". Una especie de campeonato nacional del cinismo donde nadie gana y perdemos todos.

La corrupción no roba únicamente dinero. Roba algo más valioso: la confianza. Va deshilachando el contrato invisible que sostiene una comunidad. Cada comisión ilegal, cada enchufe, cada mordida disfrazada de gestión es un martillazo sobre la credibilidad de las instituciones. Y cuando los ciudadanos dejan de creer, la democracia empieza a caminar con una cojera peligrosa.

Lo más triste es la resignación. Esa frase pronunciada en cafeterías, mercados y reuniones familiares: "Todos son iguales". Ahí reside la victoria más amarga de los corruptos. No en el coche oficial ni en la cuenta opaca. Su triunfo consiste en convencer al ciudadano de que la honestidad es una extravagancia y la decencia una rareza estadística.

Sin embargo, conviene desconfiar también del pesimismo absoluto. Porque un país no puede sobrevivir mucho tiempo creyendo que toda su clase dirigente es un lodazal sin remedio. Sería concederle al barro la categoría de paisaje natural.

Quiero pensar, quizá por pura obstinación o por esa ingenuidad que todavía se resiste a morir, que en algún despacho modesto hay un concejal que duerme tranquilo porque no ha metido la mano donde no debía. Que existe una alcaldesa que firma pensando en el interés común y no en el favor debido. Que algún diputado regresa a casa con la conciencia limpia y el espejo no le devuelve un extraño.

En algún sitio habrá un político sincero y honrado.

Y el día en que dejemos de creer que existe, el lado oscuro habrá ganado definitivamente la partida


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