![]() |
| -Diego Fernando Ojeda Ramos |
Vivimos tiempos extraños para la palabra lealtad.
Artículo de opinión
Parece una virtud antigua, desplazada por la velocidad de las redes, la fugacidad de las opiniones y la comodidad de los intereses cambiantes. Hoy se celebra con frecuencia la habilidad para adaptarse a cualquier circunstancia, para estar siempre cerca del poder, para cambiar de bandera según soplen los vientos. Sin embargo, los pueblos no se construyen sobre la conveniencia. Se construyen sobre la lealtad.
Y pocas lealtades son tan profundas como la que se debe a la tierra que nos vio nacer.
No hablo de una lealtad ciega. Tampoco de un patriotismo superficial hecho de símbolos vacíos o de discursos grandilocuentes. Hablo de una lealtad mucho más exigente. La lealtad que obliga a preguntarse cada día qué podemos hacer por nuestro pueblo antes de preguntarnos qué puede hacer nuestro pueblo por nosotros.
Canarias conoce bien el significado de esa palabra.
Durante siglos, estas islas fueron tierra de emigrantes. Generaciones enteras tuvieron que marcharse buscando oportunidades que aquí les fueron negadas. Nuestros abuelos cruzaron océanos con una maleta de cartón y el corazón dividido entre la esperanza y la nostalgia. Aprendieron a sobrevivir lejos sin dejar nunca de pertenecer a esta tierra.
Aquellos hombres y mujeres comprendían algo que hoy corremos el riesgo de olvidar: que la lealtad no consiste únicamente en amar un lugar, sino en asumir la responsabilidad de cuidarlo.
Porque la lealtad verdadera no se mide cuando todo va bien.
La lealtad se pone a prueba cuando aparecen las dificultades.
Es fácil amar una tierra cuando prospera. Es más difícil defenderla cuando otros deciden por ella. Cuando los beneficios del crecimiento se marchan lejos. Cuando las personas jóvenes no encuentran oportunidades. Cuando las personas trabajadoras ven cómo el fruto de su esfuerzo enriquece a otros. Cuando las decisiones que afectan a nuestra vida se toman a miles de kilómetros de distancia.
Es precisamente entonces cuando la lealtad adquiere sentido político.
En mi opinión es una cuestión sentimental. Es una cuestión de justicia.
Ser leal a Canarias significa defender el derecho de quienes viven y trabajan aquí a decidir sobre su propio futuro. Significa poner en el centro a las personas antes que a los intereses económicos que utilizan el territorio como un simple recurso. Significa comprender que la riqueza de estas islas no puede medirse únicamente en cifras de visitantes o balances empresariales, sino también en la calidad de vida de quienes las habitan.
La lealtad a Canarias es la lealtad a las personas agricultoras y ganaderas que resisten en nuestras medianías cada vez más despobladas.
Es la lealtad a las personas pescadoras artesanales que siguen mirando al mar como hicieron sus antepasados pero con una nueva preocupación la acuicultura intensiva que amenaza la sostenibilidad.
Es la lealtad a las personas trabajadoras que sostienen nuestra economía.
Es la lealtad a la juventud que desean construir aquí su proyecto de vida sin verse obligados a marcharse.
Es la lealtad a quienes cuidan nuestros montes, nuestros barrancos, nuestros paisajes y nuestro patrimonio cultural.
Porque una nación no es únicamente un territorio.
Una nación es una comunidad humana que comparte una memoria y una esperanza.
Y la esperanza necesita raíces.
Las raíces no son cadenas que nos atan al pasado. Son el punto de apoyo que nos permite avanzar hacia el futuro sin olvidar quiénes somos.
Por eso la lealtad no consiste en mirar constantemente hacia atrás.
Consiste en caminar hacia adelante llevando con nosotros la herencia recibida.
Nuestros mayores nos legaron mucho más que unas islas. Nos legaron una forma de entender la vida basada en la solidaridad, en el esfuerzo colectivo y en la dignidad de la gente sencilla. Nos enseñaron que nadie se salva solo y que los pueblos que olvidan a los más vulnerables terminan perdiéndose a sí mismos.
Esa es la tradición que merece ser defendida.
No la tradición inmóvil de los museos.
La tradición viva de la justicia social.
La tradición de quienes lucharon para que Canarias fuera un lugar más digno para vivir.
La tradición de quienes entendieron que el amor a la tierra y la defensa de los derechos sociales no son caminos distintos, sino exactamente el mismo camino.
Por eso la lealtad a Canarias exige también valentía.
La valentía de denunciar aquello que perjudica a nuestro pueblo aunque resulte incómodo.
La valentía de defender un modelo económico más equilibrado y sostenible.
La valentía de reclamar mayor capacidad de decisión para nuestras instituciones.
La valentía de pensar en las próximas generaciones y no únicamente en las próximas elecciones.
Porque la lealtad auténtica siempre mira más allá de uno mismo.
Mira hacia quienes estuvieron antes.
Y hacia quienes vendrán después.
Quizá, al final, la lealtad sea simplemente eso.
Elegir quedarse.
Quedarse física o emocionalmente.
Quedarse comprometido.
Quedarse defendiendo lo que merece ser defendido.
Quedarse del lado de la gente que trabaja, que crea, que cuida y que sueña.
Quedarse al lado de Canarias.
No porque sea perfecta.
Sino precisamente porque es nuestra.
Porque la lealtad no consiste en amar aquello que no tiene defectos.
Consiste en comprometerse con aquello que consideramos digno de un futuro mejor.
Y pocas causas pueden ser más nobles que trabajar para que el pueblo canario pueda construir ese futuro con sus propias manos, sobre la tierra de sus mayores y pensando en la felicidad de quienes aún están por llegar.
-Diego Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.

No hay comentarios:
Publicar un comentario