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| Don Ramón con la vida y la muerte |
Joaquin Santana Rodriguez
En un pequeño pueblo, vivía Don Ramón, un hombre de edad
avanzada que pasaba sus días en una modesta casa, rodeado de recuerdos y la
soledad que se había instalado en su hogar tras la partida de sus hijos. A
medida que los años pasaban, la casa, una vez llena de risas y juegos, se sumía
en un silencio ensordecedor, roto solo por el tic-tac rítmico de un reloj de
pared antiguo.
Don Ramón, con su cuerpo ya cansado y sus manos
temblorosas, recordaba con nostalgia los tiempos en que sus hijos eran
pequeños, cuando la casa resonaba con sus voces alegres y el patio se llenaba
de juegos interminables. Recordaba cómo los había criado con amor y sacrificio,
esperando que, al crecer, se convirtieran en hombres de bien y que, en su
vejez, estuvieran a su lado.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. Sus hijos, una vez adultos, emprendieron sus propios caminos, formaron sus familias y se sumergieron en sus propias vidas, dejando atrás a su padre y la casa que los vio crecer. Al principio, las llamadas telefónicas y las visitas eran frecuentes, pero con el tiempo, se volvieron más esporádicas, hasta que finalmente, el silencio se apoderó de la casa de Don Ramón.
A pesar de la soledad, Don Ramón no se dejó abatir.
Encontró consuelo en los pequeños placeres de la vida: cuidar su jardín, leer
un libro o simplemente contemplar el atardecer desde su ventana. Pero la
ausencia de sus hijos pesaba en su corazón, como una carga que se volvía cada
vez más pesada con el paso del tiempo.
Un día, mientras Don Ramón se encontraba sentado en su
sillón favorito, sumido en sus pensamientos, una extraña sensación se apoderó
de él. Sintió una presencia cálida y reconfortante a su lado, una presencia que
le transmitía paz y serenidad. Al abrir los ojos, se encontró con dos figuras
emblemáticas de la vida y la muerte: un ángel de luz radiante y una figura
oscura y misteriosa.
El ángel de luz, con su voz suave y melódica, le habló de
la belleza de la vida, de los momentos de alegría y felicidad que había vivido,
y de la importancia de atesorar esos recuerdos. La figura oscura y misteriosa,
por su parte, le habló de la muerte, de la inevitable transición hacia el más
allá, y de la importancia de prepararse para ese momento.
Don Ramón, aunque sorprendido por la presencia de estas dos
figuras, no sintió miedo. Al contrario, sintió una profunda paz y aceptación.
Comprendió que la vida y la muerte eran dos caras de la misma moneda, y que
ambas formaban parte del ciclo natural de la existencia.
En ese momento, Don Ramón entendió que, aunque sus hijos lo
habían abandonado, no estaba solo. Tenía a su lado a estas dos figuras
emblemáticas, que lo acompañarían en su viaje hacia el más allá, y que lo
ayudarían a encontrar la paz y la serenidad que tanto anhelaba.
Con una sonrisa en su rostro, Don Ramón cerró los ojos y se
dejó llevar por la presencia de estas dos figuras, hacia un lugar donde la
soledad y el abandono ya no existían, un lugar donde encontraría el amor y la
paz que siempre había buscado.

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