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viernes, 26 de junio de 2026

Frente a la sentencia…agua y crema


 Frente a la sentencia…agua y crema


Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Hubo un tiempo, no tan lejano, en que se hablaba de regeneración democrática, de ejemplaridad pública, de limpiar las instituciones como quien abre las ventanas de una casa cerrada durante años para que entre aire fresco.

Con esa bandera llegó Pedro Sánchez a La Moncloa. Con esa bandera se presentó la moción de censura que expulsó a Mariano Rajoy del Gobierno. La corrupción era entonces una herida insoportable, una línea roja, una cuestión moral que exigía una respuesta inmediata.

Por eso resulta imposible no detenerse ante la imagen que hoy devuelve el espejo.

Porque algunos de los hombres que hicieron posible aquella operación política, los mismos que se envolvían en discursos sobre dignidad institucional y limpieza democrática, han terminado condenados por aprovecharse de su posición para enriquecerse. Según la sentencia, no solo se trataba de dinero. También aparecen reflejadas conductas que retratan una utilización obscena del poder para satisfacer impulsos tan primarios como vergonzosos.

La política española tiene una extraña capacidad para convertir las proclamas en caricaturas. Lo que ayer era una cruzada ética acaba siendo hoy una fotografía policial. Lo que se presentó como una purificación termina pareciéndose demasiado a aquello que se decía combatir.

Y en medio de todo ello aparece una figura especialmente simbólica: la de José Luis Ábalos.

Resulta difícil encontrar una imagen más demoledora del cinismo político que la de un ministro defendiendo una moción de censura basada en la corrupción y terminando después entre rejas por corrupción. No es únicamente una contradicción. Es algo peor. Es la demolición de la autoridad moral con la que se pidió la confianza de millones de ciudadanos.

Las palabras tienen memoria. Los discursos también.

Cada intervención de aquellos días regresa ahora como un eco incómodo que resuena en los pasillos de la historia reciente. Cada acusación lanzada contra los adversarios vuelve convertida en un bumerán que golpea con una precisión casi cruel.

Pero quizá lo más sorprendente no sea la sentencia.

Quizá lo más sorprendente sea la reacción.

Mientras una resolución judicial de enorme trascendencia política sacudía los cimientos del relato que sostuvo el ascenso del sanchismo, el presidente del Gobierno eligió otro asunto para dirigirse a los ciudadanos: la ola de calor.

No comparecencias solemnes. No explicaciones profundas. No reflexiones sobre la responsabilidad política. No autocrítica.

Un TikTok. Agua y crema.

Beber mucha agua. Ponerse crema solar. Protegerse del sol.

España contemplaba cómo una sentencia por corrupción caía sobre antiguos compañeros de viaje del presidente mientras desde la cuenta oficial llegaban consejos propios de un folleto de farmacia en agosto.

La escena tiene algo de realismo mágico y algo de sátira involuntaria. La política convertida en una sombrilla de playa mientras detrás arde el bosque.

La comunicación sustituyendo a la responsabilidad.

La imagen intentando tapar una realidad que ya no cabe debajo de ninguna alfombra.

Quizá alguien pensó que la actualidad funciona como las tormentas de verano y que basta con esperar unas horas para que todo pase. Pero las sentencias tienen una desagradable costumbre: permanecen.

Quedan escritas. Forman parte de la memoria colectiva. Y obligan a responder preguntas incómodas.

Porque cuando quienes llegaron prometiendo limpieza terminan rodeados de suciedad, el problema ya no es únicamente judicial. Es moral. Es político. Es democrático.

La confianza pública es un cristal muy delicado. Tarda años en construirse y apenas unos segundos en romperse.

Y cuando se rompe, los ciudadanos empiezan a mirar a sus dirigentes con una mezcla de cansancio, incredulidad y distancia.

He oído por ahí una frase que resume perfectamente este momento:

“Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”.


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