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sábado, 27 de junio de 2026

Sus señorías se van de vacaciones. Pausa del esperpento

 

Luis Seco de Lucena

Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Es profundamente descorazonador contemplar el último pleno parlamentario del curso. Uno espera el cierre de una etapa con un mínimo de altura institucional, con el peso de quien sabe que representa a millones de ciudadanos. En su lugar, asistimos a una representación esperpéntica, a una función donde los actores parecían más preocupados por interpretar su papel que por resolver los problemas de quienes les pagan el sueldo.

El Congreso se ha convertido demasiadas veces en un escenario donde el ruido sustituye a las ideas y los aplausos pretenden tapar el vacío. Ayer fue el último acto antes del descanso estival, pero costaba distinguir si aquello era la sede de la soberanía nacional o el patio de butacas de una compañía empeñada en representar siempre la misma tragicomedia.

El Gobierno atraviesa una situación política que difícilmente puede ocultarse bajo discursos grandilocuentes. Llegó al poder sin haber ganado las elecciones y ahora da la impresión de haber perdido también la estabilidad de una mayoría parlamentaria capaz de sostener con normalidad su acción política. Gobernar dependiendo de cada votación es como intentar cruzar un río sobre piedras que desaparecen bajo los pies. Cada paso exige una negociación, cada avance tiene un precio y cada cesión debilita un poco más la autoridad del Ejecutivo.

Mientras tanto, la bancada socialista respondía con aplausos disciplinados a un presidente cuya sonrisa, recordaba a la del villano que ya conoce el desenlace de la película mientras el resto de personajes aún intenta comprender qué está ocurriendo. Esa imagen resultaba casi más inquietante que el propio debate. Porque hay risas que transmiten confianza y otras que parecen celebrar una victoria que nadie termina de entender.

Pero sería demasiado cómodo cargar toda la responsabilidad sobre el Gobierno. La oposición tampoco puede refugiarse eternamente en la táctica. Hay momentos en política en los que conviene dejar de calcular y empezar a retratar la realidad. Quizá haya llegado el instante de presentar una moción de censura, aunque no prospere. No tanto para cambiar un Gobierno, sino para obligar a cada diputado a mirarse en el espejo de su voto. Que cada señoría explique ante los españoles qué defiende, Cuanta instabilidad y cuanta corrupción está dispuesto a soportar. A veces una derrota parlamentaria vale más que cien ruedas de prensa si consigue arrancar las máscaras.

Y, cómo no, allí permanecen los partidos independentistas, observando el espectáculo con la tranquilidad del comerciante que sabe que cuanto peor vaya el mercado, mejor podrá vender su mercancía. Se frotan las manos porque una España debilitada siempre incrementa el precio de sus apoyos. Son pescadores expertos en aguas revueltas. No necesitan provocar la tormenta; les basta con esperar a que otros la desencadenen para lanzar sus redes.

La política española parece hoy un viejo galeón que hace agua por todos los costados. En cubierta, unos discuten por el timón, otros negocian el precio de los salvavidas y algunos celebran que el barco escore un poco más porque creen que así obtendrán un mejor camarote cuando llegue el reparto. Entretanto, los pasajeros, los ciudadanos, contemplan la escena con una mezcla de hastío, incredulidad y resignación.

Y quizá ese sea el mayor fracaso de todos. No que existan discrepancias, porque eso es la esencia de una democracia. Lo verdaderamente preocupante es que millones de españoles hayan dejado de esperar grandeza de quienes ocupan los escaños del Congreso. La decepción se ha convertido en rutina. El asombro ya ni siquiera encuentra fuerzas para indignarse.

Ahora sus señorías se marchan de vacaciones. Descansarán después de meses de broncas, reproches, cálculos y discursos cuidadosamente escritos para las redes sociales. Nosotros también disfrutaremos del verano, pero con una ventaja añadida: durante unas semanas no tendremos que soportar el espectáculo cotidiano del ridículo parlamentario.

Será un alivio. Breve, eso sí.

Porque amenazan con volver.


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