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domingo, 21 de junio de 2026

Defender la democracia

 


Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Hay una ingenuidad profundamente europea que durante décadas hemos confundido con virtud. Consiste en creer que la libertad es un fenómeno natural, como la lluvia o la salida del sol. Que la democracia está ahí porque sí. Que nuestros derechos vienen de serie. Que nadie tendrá nunca la osadía de cuestionarlos.

Nos hemos acostumbrado tanto al bienestar que hemos terminado considerándolo un derecho adquirido por decreto de la nataraleza. Abrimos el periódico, insultamos al gobierno, criticamos a la oposición, discutimos en una cafetería o en las redes sociales y regresamos a casa convencidos de que eso ocurrirá siempre. Como si la historia hubiera terminado. Como si los fantasmas que devastaron Europa durante el siglo XX hubieran firmado una rendición perpetua.

Pero la historia tiene una mala costumbre: siempre vuelve.

La libertad nunca ha sido gratuita. Nunca lo fue. Cada generación ha tenido que pagar su precio. Unas veces con inteligencia, otras con sacrificio y, en demasiadas ocasiones, con sangre. Sin embargo, muchos europeos han crecido bajo la cómoda ilusión de que la defensa es una excentricidad de otros países, una manía de uniformes, desfiles y viejas mentalidades.

La realidad es bastante menos romántica.

Las democracias no sobreviven porque sean buenas. Sobreviven porque son capaces de defenderse. La ley necesita fuerza detrás. Los principios necesitan protección. Los derechos necesitan quien los garantice cuando aparece alguien dispuesto a arrebatarlos.

Resulta curioso escuchar a quienes afirman que jamás tendremos que defender nuestro modo de vida. Lo dicen con la misma seguridad con la que un propietario dejaría la puerta de su casa abierta porque confía en la bondad universal. Es una idea hermosa. También es una estupidez.

Europa ha vivido durante décadas bajo un paraguas que otros sostenían. Mientras nosotros discutíamos sobre reglamentos, subvenciones y etiquetas de los productos agrícolas, otros asumían la tarea menos agradable de garantizar la seguridad del continente. Era cómodo. Era barato. Era tentador pensar que aquello duraría eternamente.

Pero los atajos estratégicos suelen terminar en callejones sin salida.

Los acontecimientos de los últimos años han actuado como una bofetada de realidad. El mundo no se ha vuelto más amable. Las potencias autoritarias no han desaparecido. Los conflictos siguen existiendo. Las amenazas evolucionan. Y las fronteras de la libertad continúan siendo lugares frágiles donde la historia pone a prueba las convicciones de las naciones.

Europa empieza a despertar. Con retraso, como suele ocurrir cuando uno lleva demasiado tiempo instalado en la comodidad, pero empieza a despertar. Y ese despertar pasa por comprender una verdad elemental: nadie respetará nuestra libertad más de lo que nosotros mismos estemos dispuestos a defenderla.

No se trata de militarismo ni de belicismo. Se trata de responsabilidad. De madurez política. De entender que la paz no es una herencia automática, sino una construcción que exige vigilancia constante. Una fortaleza abandonada termina convirtiéndose en ruina. Una democracia incapaz de protegerse acaba dependiendo de la voluntad ajena.

La libertad de expresar una opinión, de votar, de discrepar, de publicar un artículo incómodo o de burlarse del poder son tesoros extraordinarios. Tan extraordinarios que buena parte de la humanidad todavía no los disfruta. Pensar que están garantizados para siempre es como creer que una llama seguirá encendida eternamente aunque nadie se preocupe de alimentarla.

Europa debe dejar de comportarse como un heredero despreocupado que malgasta la fortuna acumulada por generaciones anteriores. Debe asumir que el mundo sigue siendo un lugar complejo y que las buenas intenciones, por sí solas, no detienen amenazas.

Porque la democracia no es un museo. Es una casa habitada. Y las casas habitadas necesitan cimientos sólidos, puertas resistentes y personas dispuestas a cuidarlas.

Es imperativo que Europa sea capaz de defenderse por sí sola. Sólo así podrá garantizar que las generaciones futuras disfruten de la misma libertad que nosotros hemos tenido la fortuna de recibir.


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