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martes, 2 de junio de 2026

Una moción para la corrupción


Luis Seco de Lucena


Artículo de opinión


Han pasado ocho años desde aquella moción de censura que, según nos dijeron, venía a regenerar la vida pública española. Ocho años. Una cifra suficiente para que un niño aprenda a leer, para que un vino adquiera cuerpo o para que una promesa política envejezca como un yogur olvidado al sol.

Aquel primero de junio de 2018 se presentó ante los españoles como una especie de cruzada moral. Los buenos cabalgaban contra los malos. Los paladines de la limpieza democrática desalojaban del poder a quienes habían sido señalados por una sentencia relacionada con la financiación irregular del Partido Popular. Una sentencia, conviene recordarlo, que ni siquiera era firme y que posteriormente fue objeto de revisión en aspectos sustanciales.

Pero la política española tiene la curiosa costumbre de parecerse a esos espectáculos de magia de feria donde el ilusionista señala con una mano mientras la otra vacía la cartera del público.

El encargado de presentar aquella moción fue José Luis Ábalos. Nada menos que el entonces secretario de Organización del PSOE, mano derecha del nuevo mesías de la Moncloa y ejemplo oficial de todas las virtudes progresistas imaginables.

La fotografía de la época resulta hoy tan conmovedora como una comedia de Berlanga rodada en una comisaría anticorrupción.

Ábalos subió a la tribuna para impartir lecciones de ética pública. Hoy, ocho años después, contempla la actualidad desde una posición bastante menos solemne, acompañado por investigaciones judiciales, presuntas corruptelas y una colección de titulares que harían sonrojar a un vendedor de crecepelo. Junto a él apareció aquel inseparable escudero llamado Koldo, convertido con el tiempo en una de las figuras más conocidas del folclore político nacional.

Resulta difícil no sonreír cuando uno recuerda aquellas proclamas feministas pronunciadas con gesto grave. "Soy feminista porque soy socialista", afirmó Ábalos. La frase ha envejecido con la misma dignidad que una sardina olvidada en el salpicadero de un coche durante agosto. Porque ciertas aficiones, ciertas compañías y ciertas conductas conocidas después parecen encajar con el feminismo exactamente igual que una motosierra en una guardería.

Cuando Ábalos cayó en desgracia, el partido encontró sustituto. Santos Cerdán ocupó el puesto. El relevo perfecto, nos dijeron. La continuidad de la regeneración. El guardián de las esencias.

La historia, siempre cruel con los argumentarios oficiales, decidió escribir un nuevo capítulo. Y allí apareció también el nombre de Santos Cerdán, procesado y en libertad provisional, ampliando una galería de personajes que empieza a parecer menos un comité ejecutivo y más el reparto completo de una serie policial de sobremesa.

Después llegaron otros episodios. El caso Leire. El caso del hermanísimo. El caso Begoña. Y así sucesivamente. Como esas muñecas rusas que esconden una sorpresa dentro de otra sorpresa, salvo que aquí cada muñeca trae consigo una investigación, una comisión o una nueva explicación inverosímil.

Mientras tanto, los españoles contemplan el espectáculo desde la grada. Algunos con indignación. Otros con resignación. Muchos con una mezcla de ambas emociones que es la verdadera especialidad nacional.

La gran ironía de todo esto es que aquella moción nació envuelta en una bandera de pureza moral. Se presentó como una operación de desinfección democrática. Como si un grupo de bomberos hubiera irrumpido en un edificio en llamas para apagar el incendio y, una vez dentro, hubiera decidido prender fuego también a los muebles, las cortinas y la escalera.

Ocho años después, la supuesta regeneración se parece más a un pantano donde cada día emerge una burbuja nueva.

La moción de censura de 2018 ha terminado convertida en una de esas metáforas crueles que tanto le gustan a la Historia. Una locomotora que prometía llevarnos a la estación de la ejemplaridad y que acabó descarrilando entre expedientes judiciales, escándalos y explicaciones cada vez más difíciles de sostener.

Por eso, visto con la perspectiva que dan los años, quizá convenga abandonar los eufemismos.

Aquella moción no fue una cruzada moral. No fue una revolución ética. No fue una operación de limpieza.

Fue, simple y llanamente, un "quítate tú que ahora me toca a mí".

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