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jueves, 2 de abril de 2026

Tratado breve sobre los habitantes de los grupo de WhatsApp

 


Luis Seco de Lucena

01/04/2026

Hay ecosistemas que no figuran en los mapas. No tienen clima oficial ni estación seca, pero poseen tormentas súbitas, migraciones inexplicables y una biodiversidad digna de documental. Uno de ellos es el grupo de WhatsApp: ese terrario digital donde la condición humana, despojada de protocolo, se exhibe con la naturalidad de quien se sabe observado… y aun así insiste.

Allí conviven, en aparente armonía, especies perfectamente reconocibles.

Están los ermitaños del silencio, que se adhieren al grupo como líquenes a la roca. Se apuntan con ceremonia —alguno incluso con saludo inaugural— y después practican una abstinencia comunicativa casi mística. No escriben, no reaccionan, no respiran en público. Pero están. Siempre están. Como esas estrellas que, aunque no veamos, sostienen la noche.

En el extremo opuesto habitan los trompetistas del alba, heraldos de cada minuto. No dejan hueco sin sonido ni idea sin eco. Si el grupo fuera una plaza, ellos serían la banda municipal tocando a todas horas, con redoble de memes y fanfarria de audios. No es que hablen: colonizan. Y, sin embargo, gracias a ellos el grupo no cae en la entropía del olvido.

Entre ambos extremos se deslizan los monjes lectores, contemplativos de pulgar atento. Todo lo leen, todo lo registran, pero guardan voto de silencio. Son bibliotecarios de lo efímero: archivan en su memoria cada ocurrencia ajena, cada polémica pasajera, cada enlace que nadie abrirá dos veces. Su discreción es una forma de elegancia… o de prudencia quirúrgica.

No faltan los jardineros del diálogo, cultivadores pacientes de la palabra medida. Riegan las conversaciones con argumentos, podan los excesos con cortesía y aspiran a que el grupo florezca en algo parecido a la civilización. Son pocos, pero imprescindibles: sin ellos, el terreno se volvería maleza.

Luego aparecen, como tormenta sin aviso, los granizos de mala educación. Irrumpen con la sutileza de una puerta que se estrella contra la pared. Confunden franqueza con ariete, ironía con desprecio y libertad con licencia para el desaliño verbal. Su paso deja cráteres, pero también recuerda —paradoja— la fragilidad del equilibrio común.

Y, por supuesto, están los volátiles del desacuerdo, aves de plumaje susceptible que, al menor viento contrario, levantan el vuelo. Una opinión distinta y… plof: abandono súbito, salida teatral, silencio posterior. Como si el grupo fuese un escenario y su marcha, un acto final con telón precipitado. No se van: se declaran. Quizás en el fondo nunca quisieron estar.

El conjunto, visto con cierta distancia, se parece menos a una conversación y más a un pequeño teatro barroco: máscaras, papeles fijos, improvisación continua. Cada cual desempeña su personaje con la seriedad de quien cree que no actúa. Y todos, sin excepción, aportan algo: presencia, ruido, calma, conflicto o fuga. Ingredientes, al fin, de la misma sopa.

Cabe preguntarse si este mosaico es un problema o un prodigio. Mi impresión —si se me permite la licencia— es que el grupo de WhatsApp funciona como un espejo sin filtro: devuelve una versión ampliada de lo que somos cuando nadie nos pide moderación. Y eso, aun con sus asperezas, tiene un valor casi antropológico.

Porque, al final, entre el que no habla y el que no calla, entre el que construye y el que dinamita, entre el que se queda y el que se marcha, se teje una convivencia improbable pero real.

Y quizá ahí resida la única conclusión sensata: a todos se les quiere por igual.

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