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miércoles, 29 de abril de 2026

REFLEXIÓN PARTICULAR SOBRE USA Y SUS NACIONALES

 

Julio, un lobo de mar  y analista de la vida


Por: Julio César Gonzales Padrón

Artículo de opinión

Por desgracias nos estamos acostumbrando, si ya no lo estamos del todo, de despertarnos cada día con un titular de periódico o primer telediario, hablándonos le la “violencia” desatada en la sociedad americana DE USA, lo que me ha llevado a hacer esta flexión, que no pretende ser la “única verdad concluyente”, sino más bien la humilde opinión de un viejo lobo de mar con mucho “salitre acumulado” en los ojos y además, maúro orgulloso de serlo, de Telde. 

La sociedad de los Estados Unidos está llena de contrastes extremos. Puede ser el escenario de un tiroteo masivo y, al mismo tiempo, el lugar como una  nación donde surgen iniciativas ciudadanas que conmueven al mundo. Puede intervenir militarmente en un país lejano y, a la vez, liderar esfuerzos humanitarios globales. Puede dividirse internamente hasta el límite y, sin embargo, reinventarse una y otra vez.

Quizá la clave esté en aceptar que Estados Unidos es una nación que convive con su propia sombra. Una sombra que no la define por completo, pero que tampoco puede ignorarse.

Hoy, Estados Unidos parece dividido en dos narrativas irreconciliables. No son solo demócratas y republicanos, son dos visiones del mundo, dos identidades culturales; se han convertido en dos formas de entender qué significa ser estadounidense.

Los medios, las redes sociales y ciertos discursos políticos, por desgracia, han convertido la discrepancia en enemistad. El adversario ya no es alguien con quien debatir pacíficamente, sino alguien a quien temer, y el miedo, cuando se instala, abre la puerta a la violencia.

Comprender esa dualidad —esa tensión constante entre la luz y la oscuridad— es esencial para entender no solo la violencia que a diario vemos en los titulares, sino también la complejidad de un país que sigue influyendo en el destino del mundo.

Hay países que se construyen sobre mitos, y países que se construyen sobre heridas y Estados Unidos pertenece a ambos. Es la nación que se proclama “faro de la libertad”, pero que convive con una violencia interna que parece brotar de sus cimientos. Cada tiroteo, cada estallido de odio político, cada estampa de polarización extrema, no es solo un hecho aislado; es un recordatorio de que la historia nunca termina de pasar.

La pregunta, incómoda y necesaria, resuena como un disparo en un callejón vacío: ¿Por qué la violencia parece tan profundamente incrustada en la identidad estadounidense?

Comencemos por recordar su historia. La independencia de Estados Unidos no fue el producto un proceso diplomático, sino de una guerra. Entre 1775 y 1783, la joven nación se forjó en un conflicto que dejó más de 25.000 muertos, una cifra enorme para la época.  La violencia no fue un accidente; fue el acto fundacional.

Apenas unas décadas después, comenzó la expansión hacia el Oeste del continente. Entre 1830 y 1890, el avance de los colonos supuso el desplazamiento forzoso de más de 60 tribus indígenas y el exterminio y la muerte de decenas de miles de nativos. La llamada “Conquista del Oeste” no fue una epopeya romántica, sino un proceso de ocupación injusto y sostenido por la fuerza.

La Guerra Civil (1861-1865), con más de 600.000 muertos, sigue siendo el conflicto más sangriento de la historia del país. No solo dividió territorios, sino que dividió almas. Y esa fractura —racial, cultural, económica— continúa por desgracia latiendo al día de hoy bajo la superficie del país.

Desde entonces, Estados Unidos ha participado en más de 25 conflictos armados en el extranjero. Desde Cuba y Filipinas en 1898 hasta Vietnan, Corea, Japón junto a Afganistán e Irak y ahora Irán en el siglo XXI. Nos viene a decir, que “la guerra”, para Estados Unidos, no es un episodio; se ha convertido ya, en un hábito.

 Llama la atención para un ciudadano europeo, el que en ningún otro país desarrollado existe algo comparable a su famosa “Segunda Enmienda” que significa el derecho a portar armas, inscrito en la Constitución desde 1791, nació en un contexto de milicias coloniales y desconfianza hacia el poder central. Pero con el tiempo se ha convertido en un símbolo casi sagrado para el americano de a pie.

Hoy, en Estados Unidos circulan más de 390 millones de armas de fuego, más que habitantes. Según estudios del Pew Research Center, tres de cada diez adultos poseen un arma, y el 72% de ellos afirma que nunca renunciaría a ella.

No es solo un objeto, es una identidad; es un mito. Una frontera mental entre “libertad” y “opresión”, y cuando un mito se arma, la realidad se desarma.

La política estadounidense se ha convertido en un campo de batalla emocional entre Demócratas y republicanos que ya no representan solo opciones ideológicas, sino universos paralelos.

Según datos de la Universidad de Stanford, la polarización afectiva —el rechazo visceral hacia el partido contrario— está en su punto más alto desde 1860. No es casualidad que los discursos de odio, las teorías conspirativas y la desconfianza hacia las instituciones se hayan disparado como lo están hoy en día.

En este clima, cada incidente violento se interpreta como un síntoma de decadencia o como un arma arrojadiza. La violencia deja de ser un problema y se convierte en un argumento.

Por otra parte, pienso que sería tremendamente injusto el afirmar que el estadounidense medio es violento. No podemos olvidar que Estados Unidos es también el país de Martin Luther King, de los movimientos por los derechos civiles, de las protestas pacíficas que han cambiado leyes y conciencias. Es el país donde miles de ciudadanos se movilizan tras cada tragedia para exigir reformas, justicia y dignidad.

Pero la historia pesa y cuando una nación se construye entre guerras, conquistas, armas y desconfianza, esa herencia se filtra en su cultura, en su política, en su vida cotidiana. 

La violencia no es genética; es estructural. No es inevitable; es aprendida. No es universal; es histórica.

Estados Unidos es un país que avanza con un fusil en la mano y un espejo roto en el bolsillo. En el fusil lleva su mito fundacional; en el espejo, una imagen fragmentada de sí mismo.

Es una nación capaz de lo mejor y de lo peor. De enviar un hombre a la Luna y de permitir que un adolescente compre un rifle semiautomático en un supermercado. De liderar esfuerzos humanitarios globales y de intervenir militarmente en países que apenas conoce. De ser un laboratorio de innovación y, al mismo tiempo, un escenario de tragedias recurrentes.

Quizá la clave no sea preguntarse si Estados Unidos es un país violento, sino “el por qué no ha logrado romper el ciclo histórico que lo ata a la violencia”, porque todas las naciones tienen una sombra, pero no todas permiten que esa le marque el paso a pie puntilla.

Todo lo expuesto hasta aquí, me lleva a una reflexión final y es que Estados Unidos es un gran país de contrastes. Su historia contiene episodios de violencia, pero también de lucha por la igualdad. Su sociedad puede parecer agresiva en ciertos aspectos, pero también es capaz de generar movimientos transformadores que han inspirado al mundo entero.

Quizá la pregunta vuelva a ser que, si el pueblo estadounidense es violento, sino “el por qué la violencia ha encontrado tanto espacio en su historia y en su presente,” y qué puede aprender el resto del mundo de esa realidad.

Comprenderlo requiere mirar más allá de los titulares de los periódicos y de las noticias de los telediarios que nos llegan a diario, y analizar las raíces profundas de un país que, para bien o para mal, ha influido enormemente en la historia contemporánea y que va camino de seguir haciéndolo.

Ojalá Dios ilumine a esa gran nación que es USA y los ayude corregir los errores de mantener un rumbo, realmente criticable y por lo tanto; no deseada.

Y para despedir el artículo, como acostumbro con alguna expresión canaria, diré: “de verdad que  siento compadre, el royo aquí  jincado, pero es que este Julio González el de Terde, cuando coje la tablilla, pega el hombre a hablar y no hay quien lo pare”

 ¡Qué cosas!


Fdo: Julio César González Padrón

Marino Mercante y escritor


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