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| Julio cumpliendo con hacienda |
Por: Julio César González Padrón
Con la llegada de la primavera no solo florecen los campos, sino que, también se abre uno de los periodos más relevantes para la vida cívica de cualquier país; el de la Declaración de la Renta.
Para muchos, se trata de un trámite tedioso; para otros, una oportunidad de ajustar cuentas con la Administración, pero más allá de la percepción individual, cumplir con nuestra obligación fiscal es una pieza clave del engranaje que sostiene nuestra sociedad.
Pagar impuestos no es simplemente una imposición legal, sino un compromiso colectivo, que gracias a ellos se financian servicios esenciales que utilizamos a diario, muchas veces sin detenernos a pensarlo, como pudieran ser : la sanidad pública que nos atiende en momentos críticos, la educación que forma a las nuevas generaciones, las infraestructuras que facilitan nuestra movilidad o los sistemas de protección social que amparan a quienes más lo necesitan y como no, “mi pensión” y la de todos los jubilados. En este sentido, hacer la Declaración de la Renta y hacerla correctamente no es solo una cuestión de evitar sanciones, sino de contribuir de manera justa al bienestar común.
Además, presentar la declaración con rigor tiene ventajas directas para el contribuyente. Permite acceder a deducciones y beneficios fiscales que, en muchos casos, suponen un alivio económico significativo. También ofrece una imagen clara de la situación financiera personal, ayudando a planificar mejor el futuro. Cumplir bien no es únicamente cumplir; cumplir bien, es optimizar dentro de la legalidad.
Si ampliamos la mirada y comparamos la carga fiscal en España con la de otros países de la Unión Europea, encontramos una realidad interesante. España se sitúa en una posición intermedia por debajo de países con alta presión fiscal como Dinamarca, Francia o Bélgica, pero por encima de otros con modelos más laxos. Esto refleja un equilibrio entre la necesidad de financiar servicios públicos y el intento de no asfixiar a contribuyentes y empresas. Sin embargo, el debate sobre si pagamos mucho o poco no debería eclipsar una cuestión fundamental, pues lo verdaderamente importante es que lo que se paga se traduzca en servicios eficientes y equitativos.
En este contexto, resulta especialmente preocupante la conducta de quienes buscan esquivar sus obligaciones fiscales. La evasión y el fraude no son simples “trucos” o muestras de ingenio financiero, son prácticas que erosionan la base misma de la convivencia. Y si bien cualquier fraude es reprobable, resulta aún más grave cuando proviene de grandes empresas que, lejos de actuar con responsabilidad social, invierten recursos considerables en diseñar complejas estrategias para minimizar su contribución.
Estas prácticas, a menudo amparadas en resquicios legales o interpretaciones agresivas de la normativa, pueden ser técnicamente defendibles en algunos casos, pero difícilmente justificables desde un punto de vista ético. Contratar a expertos para encontrar vías que permitan pagar menos de lo que correspondería no es un signo de eficiencia, sino de insolidaridad. Más aún cuando esas mismas empresas se benefician de los servicios públicos financiados por el conjunto de los ciudadanos.
A título personal, meresulta difícil no sentir un profundo rechazo hacia quienes engañan a Hacienda de forma deliberada. Esa actitud no solo implica una falta de responsabilidad, sino también una quiebra del principio de solidaridad que sostiene cualquier sociedad democrática moderna. Pero igual de indignante —o incluso más— es la conducta de aquellos responsables públicos que, teniendo la obligación de gestionar los recursos comunes con honestidad, se aprovechan de ellos para su beneficio personal. La corrupción política, alimentada por el mal uso de los impuestos, supone una doble traición a la confianza de los ciudadanos y al propósito mismo de la contribución fiscal.
La sociedad no puede permitirse normalizar estos comportamientos. La justicia fiscal es uno de los pilares de la cohesión social; si unos pocos eluden su responsabilidad o desvían recursos públicos, el peso recae de forma desproporcionada sobre quienes sí cumplimos. Por eso, además de exigir transparencia y rigor a las administraciones, es necesario fomentar una cultura de responsabilidad compartida, donde pagar impuestos sea entendido como lo que realmente es, una contribución al bien común, y donde su gestión esté sometida a la máxima integridad.
En definitiva, “la Declaración de la Renta” no debería verse como un mero trámite anual, sino como un recordatorio de nuestro papel dentro de una comunidad. Cumplir con Hacienda, hacerlo bien y exigir que todos —particulares, grandes corporaciones y responsables públicos— actúen con la misma responsabilidad, es una forma tangible de construir una sociedad más justa, equilibrada y solidaria y madura.
Si, ya se que somos un pueblo latino y la mezcla de sangres que recorren nuestras venas, no solo nos hace más “listos y más guapos”, sino que, en ocasiones, “nos pasamos tres pueblos” y eso no está nada bien. Y como ya sabes que a mi me gusta acabar mis artículos con expresiones típicas canaria te diré que…. “Aunque casos se hayan dado, no te me hagas ahora el Choni de pá fuera, que se te ve la perica Pancho; y las cosas hay que hacerlas bien y de ahora para después.
¡Qué cosas!
Fdo: Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor

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