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sábado, 18 de abril de 2026

La mala educación

Políticos en un patio de colegio


Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Hay épocas que quedan retratadas por sus modales. La nuestra, sin duda, no será recordada por la elegancia de sus ideas, sino por el ruido bronco de sus palabras. Basta asomarse a las sesiones de las Cortes Españolas para asistir a un espectáculo que, lejos de ennoblecer la política, la reduce a una pelea de patio de colegio.

El Parlamento, que debería ser templo de la razón, se ha convertido en una taberna de gritos cruzados, donde la palabra ya no sirve para persuadir, sino para herir. El insulto ha dejado de ser una excepción vergonzante para convertirse en herramienta cotidiana. Y lo más inquietante no es su presencia, sino su normalización: ya no sorprende, apenas incomoda. Se ha integrado en el paisaje, como el humo en una ciudad industrial.

La mala educación no es un accidente; es un síntoma. Cuando los representantes públicos convierten el debate en un duelo de descalificaciones, están enviando un mensaje claro: la forma importa menos que el impacto, la estridencia más que la razón. Es la política del titular rápido, del gesto exagerado, del aplauso fácil. Una política que no busca convencer, sino vencer.

La metáfora es evidente: nuestra sociedad se parece cada vez más a un espejo roto. Cada fragmento refleja una parte de la realidad, pero ninguno logra ofrecer una imagen completa. En ese cristal astillado, las palabras se deforman, se afilan, se convierten en armas arrojadizas. El diálogo, que exige paciencia y escucha, se vuelve un lujo improductivo en tiempos de inmediatez.

Se dirá que siempre hubo tensión en la política, que el enfrentamiento forma parte de su naturaleza. Es cierto. Pero hay una diferencia sustancial entre la firmeza y la grosería, entre la discrepancia y el desprecio. Lo que hoy presenciamos no es intensidad democrática, sino degradación del lenguaje. Y cuando el lenguaje se degrada, lo hace también el pensamiento que lo sostiene.

El problema, sin embargo, no termina en el hemiciclo. Las Cortes no son una isla: son un reflejo. O, quizá, un amplificador. Lo que allí se dice resuena fuera, se reproduce, se imita. La ciudadanía observa y aprende. Si quienes deben dar ejemplo convierten la palabra en un arma, no debería extrañarnos que la calle haga lo propio. La mala educación se contagia con la rapidez de un virus coronado.

Vivimos en una época en la que el respeto parece un vestigio arqueológico, algo que se menciona con nostalgia pero que rara vez se practica. La ironía es que nunca se ha hablado tanto de valores como ahora, y nunca han estado tan ausentes en la práctica cotidiana. Es como si la sociedad entera hubiera decidido cambiar el contenido por la carcasa: mucho discurso, poca sustancia.

La política, en su mejor versión, es el arte de lo posible mediante la palabra. En su peor versión —la que hoy asoma con demasiada frecuencia— es el arte de lo imposible mediante el grito. Y en ese tránsito hemos perdido algo esencial: la dignidad del debate.

Quizá el problema no sea que nuestros políticos hablen mal, sino que han dejado de escuchar. Y una sociedad que no escucha está condenada a repetirse, a encerrarse en sus propias certezas, a elevar el tono cuando faltan los argumentos.

La mala educación, en definitiva, no es solo una cuestión de formas. Es una grieta profunda en la estructura misma de la convivencia. Y como toda grieta, si no se atiende, termina por resquebrajar el edificio entero.

Conviene recordarlo antes de que el ruido nos haga olvidar que, en política —como en la vida—, las palabras no solo describen el mundo: lo construyen o lo destruyen.


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