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domingo, 19 de abril de 2026

Mar, salitre y gaviotas :Relato marinero : el anciano y el cachalote

 

El cachalote y el viejo lobo de mar

Autor: Joaquín Santana

En un pueblo marinero del norte de gran Canaria,  uno de esos pueblos donde parece que sea detenido el tiempo,  habitaba un marinero de los de antes,  un hombre rudo de piel arrugada por los años de sol,  lluvia y viento, en el gran océano atlántico,  una  de esas personas que aunque a su edad ya era  más para estar descansando con sus nietos y familia , algo que para él es impensable ya que en su  corazón habitaba esas ansias y enseñanzas de otro tiempo para el  mar,  es su hogar donde sacaba a su familia adelante con su barquita que tantos recuerdos tenía, una de esas noches como otras pasadas,  se acercó a la playa y  empujó a su reliquia de barca que tantos años le acompaño y salió a navegar, tomo los remos en sus callosas manos y empezó  a remar sin un destino exacto,  solo por oler el salitre  y escuchar el susurro del mar y el canto de las pardelas,  en recuerdo a esa vida de sacrificios,  ya pasado  el anciano marinero

disfrutaba del momento a solas con la luna de compañera ,  pero en un descuido apartó su mirada del horizonte y así perdió el rumbo y,  el sentido de dirección,  se pone de pie con la esperanza de ubicarse en un segundo,  uno de sus remos cae al agua fundiéndose con la noche  y  así paso cuatro  horas de angustias por la situación,  con mucha fe se arrodilla y abre sus brazos  y pide  mi querida señora del Carmen ahora te necesito como en muchos momentos que me  socorriste en mi vida,  te lo ruego mi querida patrona , se sienta en el banquillo de su pequeña barca  como una hora más,  con el aire cada vez más frío y en un momento oportuno escucho un soplido  y un murmullo,  y hay estaba un majestuoso cachalote el cual se acercó dócil mente y con su morro empuja a la barquita en una sola dirección,  que al tiempo se empieza a divisar las luces del pueblo,  hay el veterano  marinero entendió que ese majestuoso  ser era el enviado  de la Santa  patrona,  cosa  que el marinero agradeció con voz temblorosa y lágrimas en los ojos,  gracias mi hermosa madre del Carmen por no abandonarme en la inmensidad de tu casa el mar y,  así llegando a tierra y despidiéndose de ese ángel  lo miro con agradecimiento  hasta pronto amigo   cachalote.                                                                                                                                       

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