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sábado, 11 de abril de 2026

OTAN: la erosión silenciosa de una alianza sin relato


Siempre su opinión presente

No asistimos a un colapso, sino a algo más profundo: la pérdida progresiva de sentido de un proyecto que ya no logra explicarse a sí mismo


Por Julio César González Padrón

Artículo de opinión

Hay crisis que estallan, y hay otras —más peligrosas— que se deslizan lentamente, casi sin ruido, hasta volverse estructurales.   La situación actual de la OTAN pertenece a esta segunda categoría. No estamos ante una ruptura visible, ni ante una salida abrupta de sus miembros. Estamos ante algo más complejo, como sería una erosión interna que afecta a su coherencia, su legitimidad y su propósito; porque a nadie se le oculta que existe una dependencia histórica desde el final de la Segunda Guerra Mundial.                  La seguridad europea ha descansado en gran medida sobre el paraguas militar de Estados Unidos dentro de la OTAN; este modelo permitió a Europa concentrarse en su reconstrucción económica y en el desarrollo del Estado del bienestar, mientras Washington asumía el liderazgo en defensa.

El resultado fue una asimetría evidente; si bien es cierto que Europa prosperó como potencia económica, no es menos cierto que quedó rezagada como actor militar autónomo. Hoy, esa dependencia empieza a percibirse como una vulnerabilidad.

Por esa misma razón Europa lleva años aspirando a una mayor autonomía estratégica. Sin embargo, cada crisis relevante pone de manifiesto los límites de esa aspiración.

La dependencia en materia de seguridad respecto a Estados Unidos sigue siendo determinante, y esa dependencia condiciona no solo la acción, sino también el margen de disenso.

Europa puede matizar, retrasar o modular, pero difícilmente puede redefinir el marco pues, las consecuencias derivarían hacia    una posición incómoda, con suficiente peso económico para verse afectada por los conflictos, y con insuficiente capacidad estratégica para evitarlos.

Aquí es donde toma protagonismo el llamado: “momento Trump” como revelación estructural.

La figura del pistolero rubio del salvaje y lejano oeste americano Donald Trump, suele interpretarse como una anomalía. Sin embargo, su discurso sobre la OTAN debe leerse en otra clave: la de síntoma.

Su planteamiento —una alianza basada en costes y beneficios— rompe con la retórica tradicional, pero conecta con una transformación más amplia de la política exterior estadounidense.

 Dicho esto, ahora la pregunta, ya no es si Estados Unidos lidera, sino ¿en qué condiciones y con qué expectativas de retorno? Y esa lógica, más transaccional, introduce un elemento de inestabilidad permanente en la alianza.


El papel de Israel o mejor dicho del judío bélico por vocación Benjamín Netahayaju en la escalada con Irán, suele abordarse desde posiciones simplificadoras: por un lado, se sobredimensiona su capacidad de influencia sobre Washington, y por el otro, se minimiza su papel en la dinámica regional, aunque ambas lecturas, desde mi punto de vista son insuficientes.

El gobierno de Benjamín Netanyahu actúa desde una lógica de seguridad contante que considera existencial. Estados Unidos, por su parte, integra esa relación dentro de un entramado, más amplio de intereses estratégicos; por lo que, reducir el conflicto a una sola variable no lo explica del todo, pues lo simplificaría hasta hacerlo irreconocible.

Uno de los elementos más preocupantes no es la existencia del conflicto en sí mismo, sino la pérdida de eficacia de los mecanismos para contenerlo. Así, los “altos el fuego” se han convertido en instrumentos precarios, sujetos a interpretaciones contradictorias y a incumplimientos recurrentes y “la diplomacia”, lejos de estructurar soluciones, gestiona interrupciones, y aunque no implica su desaparición, sí su debilitamiento: y como consecuencia, ha dejado de ser un mecanismo de resolución para convertirse en uno de administración de crisis.

Toda arquitectura internacional necesita algo más que capacidad militar: necesita legitimidad y un marco conceptual que la sostenga, y La OTAN ha perdido, en gran medida, esa narrativa; pues, aunque tras la Guerra Fría, logró redefinirse, hoy por hoy y en un contexto multipolar, esa redefinición está incompleta; tanto que, nos lleva a hacernos estas tres preguntas

¿Es un instrumento defensivo?
¿Un actor global?
¿Un mecanismo de disuasión?

 Y es que, a falta de claridad no es un problema teórico. Es un problema operativo; así llegamos a la conclusión de que el riesgo no es la ruptura, es la irrelevancia, pues el debate sobre la OTAN suele plantearse en términos de continuidad o desaparición, pero la única verdad, es que esa dicotomía es insuficiente, y lo que ocurre con más frecuencia, es que pierden centralidad, pues las organizaciones internacionales rara vez desaparecen de forma abrupta y eso es un riesgo real

La OTAN, por ejemplo, sigue existiendo Si, pero cada crisis que no logra articular refuerza una percepción creciente que es la de una alianza que ya no ordena el escenario, sino que reacciona a él, y en un entorno internacional cada vez más competitivo reaccionar ya no es suficiente

Y a todas estas, “los políticos europeos en Belen con los pastores” olvidándose de que el ascenso de China y la reconfiguración del papel de Rusia están transformando el equilibrio global; pues, aunque con intereses distintos, coinciden en cuestionar el orden internacional liderado hasta ahora por Occidente.

 La Rusia del aspirante a Zar, Bladimir Putin, ha demostrado su disposición a utilizar la fuerza militar (guerra de Ucrania), para redefinir su esfera de influencia. China, por su parte, combina poder económico, tecnológico y militar para expandir su presencia global y todo sin perder, ni el estilo, ni la paciencia china.

Este nuevo escenario no implica necesariamente una alianza formal entre ambos países, pero sí una convergencia estratégica que desafía a las democracias occidentales.

El resultado es un mundo más competitivo, donde las reglas del juego están en revisión constante y comprender esta dinámica de cuatro ejes tales como: OTAN, autonomía europea y el papel de Rusia y China, en el futuro del orden mundial— forman parte de un mismo proceso: la transformación profunda del sistema internacional.

No se trata de cambios aislados, sino de una transición de época.

Comprender estas dinámicas no es solo un ejercicio intelectual. Es una necesidad para anticipar el mundo que viene antes que a alguien le de por gritar… ¡Maricón el ultimo!

Todo lo expuesto hasta aquí nos lleva a una reflexión final:

¿Está Europa preparada para defenderse sola

La respuesta honesta, hoy por hoy, seria NO. Pero la pregunta verdaderamente importante es otra: ¿estará dispuesta a estarlo?, Porque la preparación no depende únicamente de capacidades militares, sino de decisiones políticas, inversiones sostenidas y, sobre todo, de una conciencia compartida del riesgo.

En un mundo cada vez más incierto, la seguridad ya no puede darse por garantizada. Como recordó una vez Winston Churchill, “la seguridad es hija de la preparación”. Europa aún está a tiempo de prepararse. La cuestión es si lo hará antes de que sea demasiado tarde, orque la preparación no depende únicamente de capacidades militares, sino de decisiones políticas, inversiones sostenidas y, sobre todo, de una conciencia compartida del riesgo.

En un mundo cada vez más incierto, la seguridad ya no puede darse por garantizada. Como recordó una vez Winston Churchill, “la seguridad es hija de la preparación”. Europa aún está a tiempo de prepararse. La cuestión es si lo hará antes de que sea demasiado tarde que mucho me temo, que en esta ocasión nos va a coger el toro y luego como diría un maúro de mi pueblo… “Cristiano, a buenas horas pá recoger las papas me llega usted ¿Dónde fue que se le apagó el farol”

¡Qué cosas!

Fdo: Julio César González Padrón

Marino Mercante y escritor


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