Director: Juan Carlos Melian Naranjo. contacto: teldehabla@gmail.com

domingo, 5 de abril de 2026

La fe que permanece

Luis Seco de Lucena

Luis Seco de Lucena


Escribo estas palabras la noche del Viernes Santo en Madrid, después de haber presenciado el paso de varios tronos con sus cofradías. Acabando con la salida del Cristo de los Alabarderos en el Palacio Real.

La ciudad, tomada por un silencio expectante, ha sido hoy un río humano. Miles de personas —familias, jóvenes, mayores, visitantes— se han congregado en calles y plazas para asistir a un ritual que, año tras año, se repite con una precisión casi litúrgica. No todos acuden movidos por la fe. Muchos lo hacen por tradición, por el atractivo estético del desfile, por la música o por simple curiosidad. Sin embargo, reducir este fenómeno a lo meramente cultural sería una simplificación apresurada. Bajo la superficie del folklore, late algo más profundo: una forma de creencia que, aun difusa en algunos, sigue presente.

La historia ofrece un marco elocuente para entender esta persistencia. Durante más de dos mil años, la fe cristiana ha atravesado episodios de persecución, transformación y confrontación. Sobrevivió a los leones romanos, hasta el punto de que la propia Roma terminó abrazando aquello que antes perseguía. Resistió durante siglos en la Península Ibérica frente a una civilización distinta, sin diluirse ni desaparecer. Superó etapas marcadas por la violencia ideológica y la imposición de regímenes que pretendieron relegarla al ámbito privado o erradicar su influencia. Y hoy, en una sociedad saturada de discursos inmediatos y opiniones efímeras, continúa siendo objeto de crítica constante, especialmente desde espacios que, paradójicamente, se definen como ajenos a toda creencia.

Resulta llamativo observar cómo algunos de los discursos más insistentes sobre la religión —en particular, sobre la fe católica— provienen precisamente de quienes se declaran abiertamente ateos. Esta atención reiterada revela, al menos, que el fenómeno religioso sigue ocupando un lugar relevante en el debate público y en la conciencia colectiva.

Lo verdaderamente significativo no es únicamente que estas manifestaciones continúen existiendo, sino que lo hagan con una vitalidad visible. La presencia de jóvenes en las procesiones, su participación activa en cofradías y su implicación en tradiciones que podrían considerarse ajenas a su tiempo, sugiere que la fe no es un residuo del pasado, sino una realidad que se adapta y se proyecta hacia el futuro.

Desde una perspectiva estrictamente observacional, la continuidad de la fe cristiana no puede explicarse únicamente por inercia cultural. Su permanencia parece apoyarse en una capacidad de convicción constante, en una transmisión intergeneracional eficaz y en una dimensión simbólica que sigue ofreciendo respuestas —o al menos preguntas— a quienes la contemplan.

La escena vivida hoy en Madrid, y repetida por toda la geografía nacional, no es un vestigio arqueológico ni una representación vacía. Es, más bien, la evidencia de una fe viva. Y, si se atiende a los signos visibles —la afluencia masiva, la implicación de nuevas generaciones, la persistencia en el tiempo—, cabe concluir que el número de creyentes no solo se mantiene, sino que muestra signos de crecimiento, especialmente entre los más jóvenes. Una realidad que, lejos de extinguirse, parece encontrar nuevas formas de afirmarse en el presente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario