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| Julio, con esa risa picarona, jajajja |
Por Julio César González Padrón
Artículo de opinión
Hay días en los que la política española parece escrita por un guionista con exceso de imaginación y escasez de lecturas. Y uno, qué como “viejo lobo de mar” intenta mantener siempre la compostura democrática, no puede evitar preguntarse si, cuando lo “legal, lo justo y lo ético” colisionan entre sí como trenes sin frenos, dándose, como diríamos en mi pueblo, “un tremendo pugío”, no debería aparecer el viejo y maltratado “sentido común”, para evitar el descarrilamiento. Ese sentido común que, curiosamente, es el único recurso que nunca figura en los programas electorales de ningún partido político, ya sean de izquierdas o de derechas.
Lo que está ocurriendo actualmente en Andalucía es digno de estudio académico… O de sátira política, según el ánimo del lector. Vox, con dos escaños —dos, solo dos miseros escaños, que caben en un taxi sin necesidad de bajar la bandera— pretende bloquear la gobernabilidad del PP de Juanjo Moreno, porque éste no se inclina ante su consigna estrella: “los españoles primero”. Legal, sí. Democrático en términos procedimentales, también. Pero… ¿legítimo? ¿ético? ¿sensato? Ahí ya entramos en terrenos más pantanosos.
La tensión entre “legalidad y legitimidad” es uno de esos temas que los politólogos adoran y los ciudadanos sufren. La legalidad es la norma, el reglamento, el manual de instrucciones. La legitimidad, en cambio, es la percepción de justicia, la coherencia moral, la aceptación social. Y todos sabemos que algo puede ser legal y, sin embargo, oler a chamusquina democrática como la que colocó a Pedro Sánchez en la Moncloa. Así que, de esta manera, la historia está llena de ejemplos, y ninguno terminó bien.
Pero volvamos al eslogan: “los españoles primero”. La frase tiene la contundencia de un martillo… y la precisión de un martillo también. Porque… ¿a qué españoles se refiere exactamente? ¿A los que han demostrado históricamente una solidaridad profunda con los pueblos que sufren? ¿A los que entienden, que la dignidad humana no se mide por fronteras ni por pasaportes? ¿O a esos otros que, con mentalidades que recuerdan demasiado a los viejos totalitarismos —fascistas o comunistas, extremos que se tocan como dos gotas de agua ideológica, que han querido dividir a la humanidad entre “puros” e “impuros”, entre “nosotros” y “ellos?”.
En Canarias, y muy especialmente los “maúros de Telde” como yo, usando esa sabiduría popular que no necesita cátedras, los llamamos de toda la vida…, “los mesturados”. Y lo hacemos con orgullo, porque sabemos que la mezcla de culturas es riqueza y que la pureza en política, suele ser sinónimo de peligro. No creo que tenga que recordar aquí el pensamiento de Adolf Hilter.
La ironía es que quienes más hablan de “españoles primero” suelen ser quienes menos entienden qué es España. Un país mestizo, plural, contradictorio, donde la identidad nunca ha sido un monolito, sino un mosaico de culturas diversas. Pretender ahora reducir esa complejidad a un eslogan, es como intentar resumir “El Quijote” en un tuit; cosa técnicamente posible, pero intelectualmente lamentable.
Aquí es donde entra en juego la “ética democrática”; ese concepto que algunos políticos mencionan con la misma frecuencia con la que leen la Constitución, o lo que es lo mismo, y dicho de otra forma…, “poco y por obligación”. La ética democrática exige responsabilidad, coherencia, respeto a la pluralidad y, sobre todo, conciencia de que la democracia no es una competición de fuerza, sino un pacto moral. Y cuando ese pacto se rompe, la legalidad se queda sola, desnuda, incapaz de sostener la legitimidad.
Por eso el “sentido común” —ese héroe anónimo de la vida pública— debería ser el árbitro cuando lo legal, lo justo y lo ético se contradicen. El sentido común nos recuerda que gobernar no es imponer, sino construir. Que la política no debería ser un campo de batalla, sino un espacio de convivencia. Que la legalidad sin ética es un cascarón vacío sin valor alguno. Y que la legitimidad no se obtiene por número de escaños, sino por coherencia, responsabilidad y respeto a la diversidad.
Quizá haya llegado el momento de reivindicar una democracia más madura, más reflexiva, más consciente de sus límites y de sus responsabilidades. Una democracia que no confunda la fuerza con la razón, ni la norma con la justicia. Una democracia que, cuando los conceptos chocan, tenga el valor de elegir el camino más difícil y más noble; el del “sentido común”.
Después de acabar este artículo, caben dos posibilidades; que me hayas entendido, apruebes y compartas lo expuesto y la otra, que, tu corto intelecto fascista/comunista (son iguales) no te permita ver mas allá de tus narices. Si así fuera…, no te preocupes Cristian, que como decía el torero sevillano Rafael Gómez Ortega, más conocido como “el Gallo” …, “hay gente pá tóo”, al enterarse que D. José Ortega y Gasset, su trabajo consistía simplemente en pensar (filosofar) Y es qué compadre, se lo aseguro yo, que como viejo lobo de mar me he recorrido un par de veces el mundo y conocido mucha gente y de todas las razas, credos, religiones y colores… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!
Fdo:
Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor

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