¡¡¡CAMPEONES!!!
Luis Seco de Lucena
Hay noches en las que un país entero deja de respirar durante unos segundos. No importa la edad, la profesión ni el lugar donde uno esté. El reloj se detiene, el corazón se acelera y hasta el vecino más serio termina abrazando a un desconocido. Así comenzó la final. Con los nervios instalados en el estómago y con esa incertidumbre que solo el deporte es capaz de fabricar. Y así terminó: con una explosión de júbilo que recorrió España de punta a punta como un vendaval de alegría.
Porque esta selección no solo ha ganado un Mundial. Ha conquistado el respeto de quienes aman el fútbol.
España fue muy superior. Superior con el balón, con la cabeza y, sobre todo, con el corazón. No necesitó recurrir a provocaciones, pérdidas de tiempo ni teatrillos. Su mejor argumento fue el fútbol. Ese idioma universal que no necesita traducción cuando el balón circula con inteligencia, cuando cada pase tiene sentido y cuando el talento individual se pone al servicio de un objetivo colectivo.
Frente a ella apareció una Argentina construida alrededor de un único jugador. Un grupo de buenos futbolistas orbitando alrededor de Messi, buscando constantemente que el genio resolviera lo que el conjunto no era capaz de construir. Es el riesgo de depender tanto de una estrella: cuando la galaxia gira sobre un solo eje, basta con que ese eje encuentre resistencia para que todo el universo empiece a tambalearse.
España eligió el camino contrario. Aquí nadie jugó para una figura. Las figuras jugaron para el equipo.
Y ahí estuvo la diferencia. En un fútbol donde demasiadas veces los egos ocupan más espacio que el césped, la selección española recordó que un vestuario unido puede levantar montañas. Cada recuperación era un acto de solidaridad. Cada carrera sin balón, un gesto de generosidad. Cada compañero celebraba el éxito ajeno como si fuera propio. Era un reloj suizo vestido de rojo, donde ninguna pieza pretendía eclipsar a las demás porque todas entendían que el tiempo solo avanza cuando cada engranaje cumple su función.
Eso también explica el triunfo. Se gana con calidad, sí. Pero los campeonatos inmortales se construyen con humildad.
Mientras otros discutían con el árbitro, España seguía jugando. Mientras algunos buscaban culpables, los españoles buscaban espacios. Mientras crecían los gestos de desesperación, nuestros jugadores respondían con fútbol. Es imposible exigir mayor ejemplo para quienes llenan cada fin de semana los campos de tierra, las escuelas deportivas y las plazas donde comienza el sueño de cualquier niño.
Este equipo ha demostrado que competir no significa renunciar al respeto. Que la intensidad no está reñida con la deportividad. Que el fair play no es un eslogan para las campañas publicitarias, sino una forma de entender el deporte y, en buena medida, la vida.
Las imágenes de la celebración quedarán grabadas durante muchos años. Banderas ondeando desde los balcones, plazas abarrotadas, familias enteras abrazándose, lágrimas que llevaban demasiado tiempo esperando salir y una generación de jóvenes descubriendo que la felicidad colectiva existe, aunque solo dure una noche. Y qué noche.
Hay victorias que llenan una vitrina. Y hay victorias que llenan el alma de un país. Esta pertenece a las segundas.
Ahora bien, el verdadero carácter también aparece cuando el marcador deja de sonreír. Ganar tiene mérito, pero perder con dignidad lo tiene tanto o más. La derrota forma parte inseparable del deporte. Se puede aceptar con grandeza, reconociendo la superioridad del rival, o dejar que la frustración se transforme en ira. Desgraciadamente, la reacción de la selección argentina no ha estado a la altura de la grandeza que exige una final de un Mundial. Cuando el enfado sustituye al respeto y la violencia ocupa el lugar de la deportividad, ya no pierde solo un equipo: pierde el fútbol.
España, en cambio, ha levantado la Copa del Mundo con la serenidad de los campeones de verdad. Los que entienden que el éxito no consiste únicamente en vencer, sino en hacerlo sin dejar atrás los valores que justifican la victoria.
Y eso, al final, es lo que convierte un título en una leyenda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario