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jueves, 30 de julio de 2026

Navegar entre la realidad y lo políticamente correcto

 

Así lo pienza, así lo cuenta

Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Hubo un tiempo en el que opinar era un ejercicio de riesgo, pero también de libertad. Hoy el riesgo permanece, aunque ha cambiado de uniforme. Ya no hace falta levantar la voz para sentirse señalado. Basta con apartarse unos centímetros del carril por el que todos parecen obligados a circular. No importa que uno hable con respeto, que argumente con serenidad o que admita la posibilidad de estar equivocado. Lo verdaderamente imperdonable es desviarse del mapa que otros han dibujado.

Nos han convencido de que existe una forma correcta de pensar y, sobre todo, una única forma aceptable de decir lo que pensamos. Las palabras han dejado de ser puentes para convertirse en un campo minado. Antes de pronunciar una frase, muchos hacen un recorrido mental por un catálogo invisible de prohibiciones, temiendo que cualquier expresión pueda convertirse en la prueba definitiva de una culpa que nunca supieron que tenían.

Es curioso. Vivimos en la época en la que más se habla de diversidad y, sin embargo, cada vez parece haber menos espacio para la diversidad de opiniones. Se celebra la diferencia mientras sea la diferencia autorizada. Todo lo que escape de ese estrecho margen acaba etiquetado con una rapidez admirable. Porque las etiquetas son el recurso favorito de quienes prefieren clasificar a las personas antes que debatir con ellas. Resulta más cómodo pegar un cartel sobre la frente del discrepante que responder a sus argumentos.

La conversación pública se parece cada vez más a esos jardines perfectamente recortados donde ninguna rama puede crecer por donde le corresponde. Todo está podado con esmero para que nada sobresalga. La espontaneidad molesta. El matiz incomoda. La duda irrita. Y así terminamos caminando entre setos idénticos, convencidos de que ese paisaje artificial representa la naturaleza.

No deja de ser paradójico que, en nombre de la tolerancia, se practique una intolerancia exquisitamente educada. Nadie prohíbe hablar. Simplemente se fabrica el clima necesario para que muchos prefieran callar. Es una censura silenciosa, mucho más sofisticada que las de otros tiempos. No necesita policías ni tribunales. Le basta con el miedo al linchamiento social, con la amenaza de perder prestigio, amistades o reconocimiento. La mordaza ya no aprieta la boca; se instala directamente en la conciencia.

Así va naciendo algo todavía más preocupante: el abandono del criterio propio. Hay quien piensa una cosa en privado y otra muy distinta en público. No porque haya cambiado de opinión, sino porque ha aprendido que ciertas ideas salen demasiado caras. Y cuando una sociedad empuja a sus ciudadanos a esconder lo que piensan, el problema deja de ser individual para convertirse en colectivo. La sinceridad se transforma en un lujo que pocos están dispuestos a permitirse.

Quien no repite la versión considerada oficial queda inmediatamente bajo sospecha. Da igual que formule preguntas, que reclame datos o que simplemente exprese una duda razonable. En pocos minutos aparecerán las etiquetas de siempre, esas que funcionan como piedras lanzadas desde la comodidad de la multitud. Una vez colocado el sambenito, ya no importa lo que uno diga. La condena precede al juicio y el prejuicio sustituye al razonamiento.

Las redes sociales han acelerado este mecanismo hasta convertirlo en un deporte de masas. Allí la complejidad apenas tiene sitio. Todo debe resolverse en un titular, en un eslogan o en un insulto ingenioso. El pensamiento pausado pierde siempre frente al veredicto instantáneo. Se premia la consigna y se castiga la reflexión. Es como navegar en un mar donde las boyas no indican el camino seguro, sino el recorrido obligatorio. Quien intenta explorar otras aguas descubre enseguida que la tormenta no nace del viento, sino de quienes vigilan desde la costa.

Ninguna sociedad madura debería temer a las opiniones discrepantes. Las democracias no se fortalecen cuando todos piensan igual, sino cuando quienes piensan distinto pueden expresarse sin miedo. La libertad de expresión nunca fue concebida para proteger las ideas cómodas, sino precisamente aquellas que incomodan, que cuestionan y que obligan a revisar nuestras propias certezas.

No se trata de reivindicar el insulto ni de convertir la mala educación en una bandera. El respeto sigue siendo una obligación moral. Pero el respeto no exige obediencia intelectual. Escuchar no significa asentir. Discrepar no equivale a odiar. Pensar por cuenta propia jamás debería convertirse en un acto de valentía.

Quizá ha llegado el momento de recuperar una costumbre que parece olvidada: la de discutir ideas sin necesidad de destruir a quien las sostiene. Porque cuando el miedo sustituye a la conversación, cuando las etiquetas reemplazan a los argumentos y cuando el silencio se convierte en refugio de quienes discrepan, conviene preguntarse si todavía navegamos en aguas de libertad o si, sin apenas darnos cuenta, hemos aceptado la brújula de otros.

Hay dictaduras que llegan con botas y otras que se presentan envueltas en buenos modales. Las primeras despiertan rechazo inmediato. Las segundas avanzan despacio, casi sin hacer ruido, hasta convencer a muchos de que pensar por sí mismos resulta demasiado incómodo.

Y esa, precisamente esa, es la dictadura de lo políticamente correcto.


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