Luis Seco de Lucena
Artícuo de opinión
Hay países donde la bandera cuelga de un balcón con la misma naturalidad con la que se riegan las macetas. Nadie pregunta por qué está ahí. Nadie interpreta un gesto cotidiano como una declaración de guerra ideológica. Simplemente forma parte del paisaje. España, en cambio, ha sido durante demasiado tiempo un lugar donde hasta los colores podían levantar sospechas.
Durante décadas, expresar el sentimiento hacia la propia patria exigía casi pedir disculpas de antemano. Bastaba una bandera española en una ventana, una pulsera con sus colores o una palabra de orgullo por el país para que no faltara quien arqueara la ceja y colocara, con la rapidez de un notario de las apariencias, la correspondiente etiqueta política despectiva. Como si el amor a la tierra donde uno ha nacido necesitara pasar por un filtro ideológico antes de ser aceptado.
Resultaba curioso, incluso absurdo. Uno podía pasear envuelto en la bandera de cualquier nación del mundo y aquello se interpretaba como una simpática muestra de afecto. Si, en cambio, la bandera era la española, comenzaban los interrogatorios silenciosos. La mirada cambiaba. El prejuicio ocupaba el lugar de la conversación. Era como si algunos hubieran decidido que determinados símbolos pertenecían en exclusiva a unos pocos, robándoselos al resto de los ciudadanos.
Las banderas dejaron de ser un puente para convertirse en trincheras. Y cuando un símbolo acaba encerrado en una trinchera, pierde parte de su verdadero significado. Porque una bandera no debería dividir a quienes viven bajo ella. Debería parecerse más a un viejo árbol que da sombra a todos, sin preguntar de dónde vienen ni qué piensan.
Sin embargo, el fútbol tiene esa extraña capacidad de derribar, aunque sea durante unas semanas, muros que parecían construidos con cemento armado. Llegan los campeonatos internacionales y el país entero cambia de piel. Los balcones florecen con banderas rojigualdas como si una primavera inesperada hubiera decidido instalarse en las fachadas. Los coches las llevan en las ventanillas, las plazas se llenan de camisetas, los niños pintan sus mejillas y hasta quienes nunca habían mostrado un símbolo nacional lo hacen con absoluta naturalidad.
Entonces ocurre algo revelador. Nadie pregunta al vecino que vota antes de abrazarlo por un gol. Nadie sospecha del aficionado que tatararea el himno con la mano en el pecho. Durante noventa minutos desaparecen las etiquetas y emerge una identidad compartida que había permanecido escondida bajo una gruesa capa de recelos.
Quizá el balón haya conseguido lo que la política nunca supo hacer: recordarnos que un país también puede ser una emoción colectiva. Que sentirse español no consiste en mirar por encima del hombro a nadie, sino en reconocer un patrimonio común hecho de paisajes, lenguas, acentos, historias familiares, derrotas compartidas y victorias celebradas en la misma plaza.
Por fortuna, algo está cambiando. Cada vez son más quienes entienden que querer a España no obliga a renunciar al espíritu crítico. Se puede denunciar lo que funciona mal y, al mismo tiempo, sentirse orgulloso de pertenecer a esta nación plural, contradictoria y extraordinariamente rica. Amar un país no significa pensar que es perfecto. Significa desear que sea mejor.
Los complejos, como las nieblas persistentes, acaban disipándose cuando el sol encuentra un resquicio por donde entrar. Y quizá ese resquicio haya llegado gracias a una sociedad más madura, menos dispuesta a aceptar que los símbolos tengan dueño o que el patriotismo sea patrimonio exclusivo de una determinada corriente política.
Hoy resulta reconfortante comprobar que cada vez más personas pueden decir, sin bajar la voz ni mirar alrededor para comprobar quién escucha: «Soy español». No como una consigna, ni como un desafío, ni como una declaración partidista. Simplemente como quien afirma un hecho que nace del corazón y pertenece, sin excepción, a todos los españoles.

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