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viernes, 10 de julio de 2026

La OTAN y la necesidad de poder defenderse.

 


Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Paz, es una de esas palabras que pronunciamos con la misma despreocupación con la que encendemos la luz al llegar a casa, convencidos de que siempre estará ahí. Nos hemos acostumbrado a vivir bajo un cielo tranquilo y hemos acabado creyendo que la tranquilidad forma parte del paisaje, como si hubiera nacido con nosotros y nadie tuviera que sostenerla.

Mientras los dirigentes de la OTAN se reúnen en Ankara para discutir el futuro de la seguridad colectiva, en España el debate sobre la defensa sigue despertando una mezcla de indiferencia y desconfianza. Como si hablar de ejércitos fuera una extravagancia del pasado; como si las guerras fueran documentales en blanco y negro o vídeos lejanos que desaparecen al cambiar de canal.

Esa es, quizá, nuestra mayor debilidad: no la escasez de medios, sino la ausencia de conciencia.

En España vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tanta información y, sin embargo, nunca había resultado tan sencillo ignorar la realidad. Basta mirar hacia otro lado para convencerse de que las amenazas afectan siempre a otros. La invasión de Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio, la presión híbrida sobre las democracias occidentales, los ataques contra infraestructuras críticas o la guerra cibernética parecen asuntos reservados para analistas y militares, cuando en realidad terminan afectando al ciudadano que paga su hipoteca, llena el depósito del coche o enciende el ordenador para trabajar.

La seguridad ya no se limita a una frontera dibujada sobre un mapa. Hoy también se juega en los cables submarinos, en los satélites, en las redes eléctricas y en los servidores donde se almacena la información de millones de personas. El campo de batalla ha dejado de tener trincheras visibles. Precisamente por eso resulta más peligroso.

Durante décadas, Europa ha vivido bajo un paraguas cuya tela tejían, en buena medida, otros. Era una comodidad comprensible después del siglo XX. Mientras crecían el Estado del bienestar, las universidades, la sanidad pública o las infraestructuras, la defensa fue relegada a un segundo plano. Parecía razonable. Nadie desea gastar en aquello que espera no utilizar jamás.

Pero hay seguros que solo parecen caros hasta el día en que hacen falta.

Incrementar el gasto en defensa no significa apostar por la guerra. Significa apostar por evitarla. La historia demuestra que las democracias sólidas no son las que desean combatir, sino aquellas cuya fortaleza disuade a quien pretende hacerlo. La paz no suele protegerse únicamente con buenos deseos. También necesita credibilidad. Y la credibilidad exige capacidades.

Resulta llamativo que aceptemos sin discusión invertir miles de millones para proteger nuestra salud, combatir incendios, prevenir inundaciones o reforzar la seguridad vial, y que, sin embargo, algunos sigan considerando la defensa como un lujo prescindible. No lo es. Constituye un servicio público en el sentido más profundo del término, porque garantiza que todos los demás servicios puedan seguir existiendo.

Una nación incapaz de protegerse acaba dependiendo de la voluntad ajena. Y la dependencia nunca ha sido un buen lugar desde el que defender la libertad.

Europa se encuentra ante una encrucijada histórica. No basta con confiar indefinidamente en aliados que también afrontan sus propios desafíos estratégicos. La autonomía estratégica europea ya no es una aspiración retórica; empieza a convertirse en una obligación política y moral. Tener capacidad para defenderse no significa levantar muros contra el mundo, sino demostrar que el mundo democrático posee la determinación necesaria para preservar aquello que ha construido durante generaciones.

Porque la libertad es como una catedral antigua. Admiramos sus vidrieras, paseamos bajo sus bóvedas y damos por sentado que permanecerá siempre en pie. Olvidamos que cada piedra necesita mantenimiento y que basta una grieta ignorada para que el edificio entero empiece a ceder.

La defensa cumple esa función silenciosa. No ocupa titulares cuando funciona. Solo se convierte en protagonista cuando ha llegado demasiado tarde.

Quizá España deba empezar a mirar la seguridad con menos ingenuidad y más sentido de la realidad. No desde el miedo, sino desde la responsabilidad. Ningún ciudadano desea que sus hijos conozcan una guerra, precisamente por eso conviene que el país disponga de los recursos necesarios para evitarla.

Porque puede llegar el día en que nos veamos obligados a defender aquello que hoy consideramos normal: nuestras libertades, nuestro modelo democrático y el bienestar social del que disfrutamos. Y cuando ese momento llegue, las buenas intenciones no bastarán. Será imprescindible contar con las capacidades necesarias para hacerlo con garantías de éxito.


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