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miércoles, 8 de julio de 2026

El pasaporte de “la Presidenta”

 

ASÍ LO PIENSO, Y ASÍ LO DIGO

Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión

Hay asuntos que mantienen a un país entero pendiente del reloj. La inflación, la vivienda, el precio de la compra… y luego está España, conteniendo la respiración mientras espera la decisión del juez Peinado sobre si Begoña Gómez podrá recuperar temporalmente su pasaporte. Porque, al parecer, el destino de Occidente, la seguridad atlántica y el equilibrio geopolítico podrían depender de que la esposa del presidente esté o no esté en una fotografía oficial.

Resulta que la cumbre de la OTAN amenaza con convertirse en un asunto de protocolo doméstico. Y uno, desde su humilde desconocimiento de los grandes secretos de la diplomacia, se hace una pregunta tan vulgar como inevitable: ¿qué papel desempeña exactamente la señora Gómez en esa reunión? Porque, si la memoria no me falla, en anteriores cumbres el presidente viajó sin ella y la Alianza Atlántica sobrevivió. Los misiles siguieron apuntando donde apuntaban, los generales continuaron planificando y los mapas no tuvieron que redibujarse por una ausencia en el palco. Las organizaciones internacionales suelen ser bastante resistentes a este tipo de tragedias.

Otra cosa muy distinta es la graduación de una hija. Ahí cambia por completo el paisaje. Hay momentos familiares que no admiten repetición. Una ceremonia así ocurre una sola vez y ningún padre o ninguna madre debería perderla si existe una vía legal para evitarlo. La Justicia también puede mirar a las personas sin dejar de mirar al expediente. Sería difícil no comprender ese deseo.

Pero precisamente ahí aparece el verdadero nudo del asunto.

Porque cuando el caso lleva el apellido del poder, cualquier decisión deja de ser únicamente jurídica para convertirse en un examen público de igualdad. Si finalmente se concede esa autorización temporal, la pregunta no será si la resolución está bien fundamentada. La pregunta será otra, mucho más incómoda: ¿habría recibido el mismo trato cualquier ciudadano anónimo? Ese electricista de Madrid, esa dependienta de Galicia o ese camarero de Canarias cuyo apellido no abre informativos ni ocupa las portadas. Es ahí donde la balanza deja de pesar documentos para empezar a pesar apellidos.

El poder tiene una curiosa capacidad para deformar la perspectiva. Funciona como esos espejos de feria donde unos salen altísimos y otros diminutos. Desde lejos todos parecen iguales; cuando uno se acerca descubre que algunos reflejos vienen con privilegios incorporados.

Quizá por eso tantos españoles observan este episodio con una mezcla de ironía y resignación. No discuten únicamente un pasaporte. Discuten algo mucho más profundo: la sospecha permanente de que existen dos velocidades para recorrer el mismo camino judicial. Una para quienes esperan en la cola y otra para quienes conocen la puerta lateral.

Mientras tanto, el país sigue pendiente de una decisión que, paradójicamente, jamás debería haberse convertido en un espectáculo nacional. Un permiso temporal para viajar no tendría que monopolizar conversaciones de café ni tertulias de radio. Pero aquí estamos, elevando un documento de bolsillo a la categoría de símbolo político, como si el pasaporte fuese la llave de un castillo donde las reglas cambian según quién llame a la puerta.

Y quizá esa sea la verdadera noticia: no la cumbre de la OTAN, ni el viaje, ni siquiera la graduación.

La noticia es que seguimos repitiendo, con la solemnidad de quien recita un viejo catecismo democrático, que todos los españoles somos iguales ante la ley. Un hermoso principio. Tan hermoso, a veces, como esos horizontes pintados sobre un decorado de teatro: desde la última fila parecen reales; cuando uno se acerca descubre que no dejan de ser un lienzo cuidadosamente iluminado.


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