Luis Seco de Lucena
12/07/2026
OpiniónCada verano parece llegar con la misma promesa y la misma amenaza. Esperamos las vacaciones, las playas llenas y las noches largas. Pero, casi sin darnos cuenta, también asoma ese otro calendario que nadie desea abrir: el de los incendios forestales. Basta con que el termómetro se dispare, el viento cambie de humor y los montes lleven meses sedientos para que el paisaje se convierta en una inmensa mecha.
La tragedia de las llamas se ha ensañado con Almería. Allí donde hace apenas unos días antes se extendían laderas de un verde humilde y resistente, hoy se levantan columnas de humo que oscurecen el cielo y encogen el corazón. El fuego nunca distingue entre árboles, animales, recuerdos o proyectos de vida. Todo lo iguala bajo un manto de ceniza.
Cada vez que ocurre una tragedia semejante, aparecen las mismas preguntas y las mismas promesas. Se habla de prevención, de vigilancia, de campañas de concienciación y de endurecer las sanciones para quienes juegan con el monte como si fuera un solar cualquiera. Todo eso es necesario. Nadie sensato puede discutirlo. La prevención sigue siendo la herramienta más eficaz contra un enemigo que, una vez desatado, apenas concede oportunidades.
Pero sería ingenuo creer que todo empieza con una cerilla o con una chispa. Los incendios llevan años preparándose. Lo hacen en silencio, mientras el campo pierde habitantes, mientras desaparecen los pastores, los agricultores y quienes limpiaban barrancos, senderos y montes casi sin darse importancia. Donde antes había manos trabajando la tierra, ahora crece el matorral sin control. El abandono del medio rural también alimenta las llamas. Quizá no provoque el incendio, pero le prepara el banquete.
A esa realidad se suma un clima cada vez más extremo. Las olas de calor ya no son una excepción. Se suceden con una frecuencia que inquieta, alargan los veranos, secan la vegetación y convierten cualquier descuido en una catástrofe. El monte pierde humedad y gana combustible. Entonces basta un instante para que el fuego avance con una velocidad que desafía cualquier previsión.
Lo más doloroso llega cuando las cifras dejan de ser únicamente hectáreas calcinadas. Detrás de cada incendio hay personas que lo pierden todo. Familias desalojadas, vecinos que contemplan impotentes cómo desaparece el paisaje donde crecieron y, en los peores casos, vidas humanas truncadas. Ningún bosque vale más que una persona, pero cada persona que muere intentando escapar o combatiendo las llamas nos recuerda que el precio de estos desastres resulta insoportable.
Conviene reconocer el trabajo extraordinario de quienes se enfrentan al fuego. Bomberos, brigadas forestales, miembros de las Fuerzas Armadas, Guardia Civil, voluntarios y tantos profesionales que trabajan durante horas, exhaustos, respirando humo y jugándose la vida para proteger la de los demás. Ellos representan la mejor cara de un país que sabe responder cuando la tragedia golpea.
Pero el reconocimiento no basta. La gratitud no sustituye a la planificación. Tampoco apaga incendios.
Y aquí aparece la pregunta incómoda que deberíamos hacernos sin buscar excusas fáciles. Si sabemos que cada verano llegarán las altas temperaturas; si conocemos las zonas de mayor riesgo; si llevamos años comprobando que los incendios son más intensos y devastadores… ¿estamos poniendo realmente todos los medios necesarios para impedir que vuelvan a repetirse?
Porque quizá el problema no sea únicamente cómo apagar el fuego cuando ya ha comenzado. Tal vez la cuestión decisiva consista en evitar que encuentre un monte abandonado, seco y desprotegido. Ahí empieza la verdadera batalla.
La provincia de Almería vuelve a sufrir el drama de las llamas. Ojalá no nos limitemos, una vez más, a contar hectáreas quemadas y a lamentar las víctimas. Sería una derrota demasiado conocida.
Queda, por tanto, una última reflexión. Y merece una respuesta sincera, lejos de los titulares y de las ruedas de prensa: ¿dispone realmente España de los medios suficientes para hacer frente a incendios cada vez más frecuentes, más violentos y más imprevisibles, o seguimos llegando un paso por detrás del fuego?

No hay comentarios:
Publicar un comentario