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| Señales tiradas y olvidadas |
Joaquín Santana
Artículo de opinión
Hay lugares que se convierten en el reflejo exacto de la gestión de una administración. No hace falta rebuscar en complejos balances financieros ni en auditorías internas; a veces, basta con mirar debajo de un puente. Concretamente, bajo el puente de la salida a la GC-1 desde el Centro Comercial Las Terrazas, justo donde se encuentra el rocódromo del Barranco Real de Telde.
Allí, a la sombra de las presas de escalada, se esconde un peculiar "cementerio de elefantes". Pero no de esos majestuosos animales que buscan un lugar apartado para expirar sus últimos días, sino de señales de tráfico. Señales de limitación de velocidad, postes metálicos y paneles informativos tirados en tierra batida, amontonados entre la maleza y los escombros.
La lógica que impera parece sacada de un mal chiste: señal que se rompe, señal que se arranca y se deja allí para que se pudra. Fuera de la vista, fuera de la mente.
Lo que parece olvidar quien haya decidido que ese barranco es el vertedero oficial de la concejalía de vías y obras es que esas señales no brotan de la tierra. Cada disco de "40", cada poste de hierro y cada señalización vial tiene un coste económico notable. Un coste que no sale del bolsillo de los gobernantes, sino del esfuerzo diario de los ciudadanos a través de sus impuestos. Ver ese mobiliario urbano vandalizado o retirado y abandonado a su suerte es, literalmente, ver nuestro dinero tirado en el suelo.
¿Tanto cuesta retirar el material sustituido y llevarlo a un punto limpio o a un almacén municipal para su correcto reciclaje? ¿Es aceptable que un espacio público y deportivo como este rocódromo conviva con la dejadez más absoluta?
Este "cementerio de señales" es el monumento definitivo a la desidia institucional. Una muestra de que, a menudo, la gestión pública se limita a tapar el bache visible mientras se esconde la basura debajo de la alfombra —o debajo del puente—. Va siendo hora de que alguien asuma la responsabilidad, limpie el barranco y recuerde que el dinero público es sagrado, incluso cuando se convierte en chatarra.
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