Domingo Rigüela Padrón
Pequeños refugios climáticos o las plazas canarias de toda la vida.
No voy a enredarme en debatir sobre el cambio climático ni a ponerme tiquismiquis con las palabras. Tampoco quiero parecer un cursi por creer en lo que mis vecinos y mi familia me llevan diciendo desde niño. Solo quiero hablar de recetas sencillas y antiguas, de esas que hoy se camuflan bajo términos técnicos y grandilocuentes.
Es un hecho que el calor aprieta cada vez más y que las olas de calor son más largas y seguidas. La realidad es que la mayoría de los hogares canarios no tienen jardín, y muchos tampoco se pueden permitir un aire acondicionado para sobrellevar estos días asfixiantes.
Cuando yo era niño, allá por los años ochenta, me sentaba junto a mi madre en la casa de Conchita Benítez. Allí escuchaba con atención a nuestros mayores. Recuerdo a Jeromito, un pozo de sabiduría de más de ochenta años, contando cómo en su juventud el barranco de Telde corría durante más de seis meses al año. Nos explicaba cómo los vecinos de El Alcaravanal tocaban los bucios para avisar a los de La Majadilla de que el agua bajaba con fuerza y no se podía cruzar. En esas charlas también descubrí cómo, con toda la lógica del mundo, plantaron los árboles de la plaza de San Antonio para proteger del sol a los vecinos.
Hoy en día, a plazas como las de San Antonio, San Juan, San Gregorio, Franchy Roca o Lomo Magullo las llamamos "refugios climáticos". Parece un invento moderno, pero no es más que la misma herramienta que usaban nuestros abuelos hace un siglo para protegernos del tiempo.
Son recetas asombrosamente simples que, por desgracia, el diseño de la jardinería pública ha ido abandonando en las últimas décadas. Hace poco, paseando por Vecindario, me fijé en el jardín de un centro sociosanitario: había un banco a la sombra de un flamboyán, justo al lado de un pequeño estanque con vegetación que refrescaba el ambiente al evaporarse el agua. Me llamó mucho la atención la sencillez y la economía de ese rincón. Un verdadero refugio donde los mayores pasaban la tarde, sanando el espíritu gracias al simple contacto con la naturaleza.
Es una pena que algunos "artistas" de los jardines públicos prefieran talar cardones —que ya estaban allí mucho antes que ellos— para sustituirlos por hormigón, bloques y picón, decorados con plantas de temporada que no duran nada y cuesta un dineral mantener. No son capaces de ver lo que nuestros mayores ya sabían: que las soluciones más económicas y sencillas para protegernos del clima están en volver a las raíces.

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