Julio
Luis Seco de Lucena Moreno
El calor empieza a subir desde la tierra
mucho antes de que el sol alcance lo más alto.
Las piedras guardan el fuego de la víspera,
las persianas permanecen medio cerradas
y las calles parecen quedarse dormidas
durante unas horas.
Solo las cigarras
se empeñan en recordar
que el verano está vivo.
Su canto llena los campos,
acompaña los caminos polvorientos
y se mezcla con el perfume sereno
de la albahaca que crece junto a las ventanas.
En los sembrados,
los girasoles levantan la cabeza
siguiendo el viaje lento de la luz.
Siempre me ha conmovido esa fidelidad.
Nadie les enseñó a buscar el sol,
pero cada día vuelven a encontrarlo,
como si la esperanza
fuera también una forma de orientarse.
Hay tardes en que el tiempo se dilata.
La sombra de una higuera
vale más que cualquier prisa,
y una jarra de agua fresca sobre la mesa
convierte lo cotidiano
en un pequeño milagro.
Quizá la felicidad
se parezca mucho a eso
y nosotros la compliquemos demasiado.
Cuando el calor afloja,
las plazas recuperan las conversaciones,
los niños vuelven a correr,
las puertas permanecen abiertas
y el barrio entero parece respirar al mismo ritmo.
Las noches de julio
tienen esa costumbre de reunir a la gente
sin necesidad de hacer invitaciones.
También el amor cambia de paso.
No necesita esconderse.
Camina despacio,
acompañado por la brisa
que llega cuando el sol se retira.
Unas manos que se buscan,
una risa compartida,
el silencio cómodo de dos personas
que ya no necesitan decirlo todo.
Después aparece la luna,
redonda y tranquila,
como una vieja amiga
que conoce cada rincón del verano.
Su luz cae sobre los jardines,
sobre las terrazas,
sobre los caminos que aún conservan el calor del día,
y todo adquiere una serenidad difícil de explicar.
Entonces comprendo
que julio no es solamente un mes de sol.
Es el tiempo en que aprendemos
a vivir más despacio,
a escuchar mejor,
a agradecer el agua,
la sombra,
la conversación que se alarga
y la compañía de quienes hacen más llevadero el camino.
Quizá por eso,
cuando el verano avance
y el calendario siga pasando sus hojas,
volveré a recordar estas tardes interminables,
el perfume de la albahaca,
la mirada luminosa de los girasoles
y esa certeza humilde
de que la vida,
igual que el sol,
alcanza a veces su plenitud
sin hacer ruido.

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