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miércoles, 1 de julio de 2026

EL eco de las olas y la presencia de los antiguos marineros , un viaje a la playa de Melenara,de antaño.

 

PLAYA DE MELENARA

Joaquin Santana Rodriguez

​Hay imágenes que no solo capturan un lugar, sino que atrapan el espíritu de toda una época. Al detener la mirada en las fotografías nos sumergimos de lleno en una Playa de Melenara que muchos teldenses y visitantes guardan en el rincón más tierno de su memoria: 

la transición entre los años 70 y principios de los 80.
​Aquella Melenara era un canto a la autenticidad, un escenario donde la modernidad costera empezaba a asomar la cabeza sin devorar del todo el encanto de lo rústico y lo espontáneo.

Playa Melenara 


​Un paisaje de contrastes: El cemento y la arena
​La estampa que nos regala es un mapa perfecto del desarrollo de la época. En la parte superior, los primeros grandes edificios de viviendas de los marinos y bloques residenciales se alzaban sobre la loma, mirando al Atlántico con orgullo
 arquitectónico de estreno. Abajo, sin embargo, la vida latía a ras de suelo con una fisonomía radicalmente distinta:

​Las míticas casetas y construcciones bajas: Antes de la llegada de las grandes avenidas marítimas uniformes, la costa estaba salpicada de pequeñas casas de planta baja y cuartos de aperos o viviendas de pescadores. 

Esas edificaciones modestas, de fachadas encaladas y techos sencillos, le daban a Melenara ese aire de pueblo marinero indómito.
​Un aparcamiento de pura nostalgia: La gran explanada de tierra batida y arena compactada que daba la bienvenida a la playa se convertía los fines de semana en un improvisado museo del motor del siglo pasado.

 Perfectamente alineados en la parte inferior de la imagen, podemos distinguir las siluetas inconfundibles de los Seat 127, los Renault 5, los incombustibles "Escarabajos" (Volkswagen Beetle) y las furgonetas familiares.
​La vida en blanco y negro (pero llena de color)
​Ir a Melenara en la época de la foto  era un ritual familiar ineludible. No hacían faltas paseos marítimos de diseño ni terrazas minimalistas.

 La felicidad se medía en la cantidad de neveras de corcho repletas de refrescos, los bocadillos de mortadela o filete empanado, y las sombrillas de colores estridentes clavadas con esfuerzo en la arena oscura.

​El rumor del mar se mezclaba con el sonido de los transistores sintonizando los partidos de fútbol o la música del momento, mientras los niños correteaban entre la explanada de coches y la orilla sin más preocupación que exprimir el día hasta que el sol se ocultara tras la cumbre. 

Al fondo a la derecha de la imagen, se intuye el bullicio de la cala, el muelle cercano y la silueta de los primeros bañistas disfrutando de la marea.
​Un legado que permanece.
​Hoy, la Playa de Melenara cuenta con su imponente escultura de Neptuno, una avenida moderna, restaurantes de primer nivel y bandera azul permanente. Ha ganado en comodidad, accesibilidad y servicios, pero fotografías como  nos recuerdan de dónde venimos.
​Nos transportan a esa infancia o juventud de pies descalzos sobre la tierra, de coches sin aire acondicionado y de una playa que, aunque cambie de piel con las décadas, sigue manteniendo el mismo magnetismo y el mismo olor a salitre que enamoró a las generaciones de antaño.

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