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viernes, 3 de julio de 2026

España y la política del… “¡Y tú más!”

La democracia se tambalea
 


Crónica de una decadencia anunciada


Por Julio César González Padrón

Artículo de opinión

Hay países que afrontan la corrupción con reformas profundas, auditorías implacables y una regeneración institucional seria. Y luego está España, donde la respuesta oficial a la corrupción parece haberse reducido a una única fórmula mágica, universal y transversal: el famoso y tan recurrido… “¡Y tú más!”. Una especie de conjuro político que, al parecer, sirve para absolver cualquier pecado, desde el enchufe más cutre hasta el escándalo más monumental. Basta con pronunciarlo y, como por arte de magia, la culpa se evapora y pasa a ser patrimonio exclusivo del adversario.

La corrupción institucional en España y especialmente al amparo de este gobierno social comunista que preside Pedro Sánchez, se ha convertido en un fenómeno tan cotidiano que ya casi no indigna; aburre. Y eso es, precisamente, lo más grave. Porque cuando la corrupción deja de escandalizar, empieza a formar parte del sistema. Y cuando el sistema la acepta, la democracia se degrada. Pero nuestros políticos —de derechas y de izquierdas, sin excepción— parecen haber decidido que la mediocridad es una forma de vida, una especie de tradición nacional que hay que preservar como si fuera patrimonio cultural.

La derecha, siempre presta a indignarse cuando la izquierda mete la mano donde no debe, se transforma en un coro de monjes, santos benedictinos, cuando el escándalo es propio. Entonces todo es “un caso aislado”. “Una interpretación errónea”. “Un error administrativo”. Y, por supuesto, el comodín que todo lo arregla del… “¡Y tú más!”. La izquierda, por su parte, que se autoproclama “guardiana de la ética pública”, se convierte en experta en relativizar lo que antes denunciaba con fervor moralista. (Zapatero) Cuando el problema es suyo, la culpa es del “contexto”, de “la facha derecha judicial”, de “la herencia recibida” o de cualquier otro ente abstracto que sirva para no asumir responsabilidades.

Y así, entre excusas, acusaciones cruzadas y un infantilismo político que roza lo grotesco, los ciudadanos asistimos a este espectáculo con una mezcla de cansancio y tristeza. Porque estamos cansados de las derechas que prometen regeneración y acaban atrapadas en sus propias redes clientelares. Y estamos cansados de las izquierdas que hablan de transparencia mientras practican la opacidad con una soltura digna de un ilusionista profesional. Cansados de discursos vacíos, de escándalos semanales, de explicaciones que no explican nada y de políticos que parecen más preocupados por sobrevivir que por servir, como Pedro Sánchez.

La ironía es que todos ellos hablan de España como si fuera una abstracción grandiosa, una especie de altar sagrado al que juran lealtad en cada campaña. Pero cuando llega la hora de la verdad, España se reduce a un escenario donde representar sus pequeñas guerras, sus pequeñas venganzas y sus pequeños intereses. Mientras tanto, el país real —el que madruga, el que trabaja, el que paga impuestos, el que sostiene la estructura que ellos administran— observa cómo la clase política se hunde en un lodazal del que no parece querer salir.

Lo más triste es que esta decadencia no es accidental. Es el resultado de años de irresponsabilidad, de falta de principios éticos y morales, y de una cultura política que ha sustituido la meritocracia por la obediencia, la competencia por la propaganda y la honestidad por la supervivencia. Y así, mientras ellos siguen señalándose unos a otros, España sigue esperando a que, algún día, aparezca una clase política que entienda que la regeneración no empieza acusando al adversario, sino mirándose al espejo.

Pero claro, mirarse al espejo exige valentía. Y la valentía, en la política española, parece ser un recurso escaso, cuando no inexistente. Mucho más escaso que los escándalos, que brotan con la regularidad de las estaciones. Quizá por eso el “¡Y tú más!” se ha convertido en la respuesta oficial del sistema. es cómodo, es rápido y, sobre todo, evita tener que asumir responsabilidades. Es el equivalente político de barrer la suciedad debajo de la alfombra y fingir que la casa está limpia.

Mientras tanto, los ciudadanos seguimos esperando algo distinto. No esperamos milagros, ni héroes, ni salvadores. Solo esperamos políticos que estén a la altura. Políticos que entiendan que la corrupción no se combate con excusas, sino con principios. Que la democracia no se defiende con propaganda, sino con hechos. Que el futuro de España no se construye señalando al adversario, sino trabajando por el país.

Y, sin embargo, aquí seguimos: atrapados en un bucle donde la corrupción se repite, las excusas se reciclan y el “¡Y tú más!” se ha convertido en la banda sonora oficial de la política nacional. Una banda sonora triste, mediocre y profundamente reveladora.

Y como decimos los mauros de Telde como yo… A estos mequetrefes de políticos actuales, tanto de derechas como de izquierdas, temprano se les vio la cara o se limpiaron los ojos; así que, quítamelos di´lantre cristiano que, para una cabra partida, prefiero un macho “colcovado” o jorobado, como diría un ““pininsular” de pá fuera”. Que… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

Fdo:

Julio César González Padrón

Marino Mercante y escritor


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