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jueves, 21 de mayo de 2026

Zapatero: sonrisas suaves, heridas profundas

Luis Seco, analista político y escritor

Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


José Luis Rodríguez Zapatero pasará a la historia como ese vecino aparentemente amable que sonríe en el ascensor mientras deja abierta la llave del gas en el edificio. Durante años cultivó una imagen de hombre tranquilo, casi zen, como si la política fuese una sesión de yoga con corbata floja y sonrisa blanda. Pero bajo aquella apariencia de profesor despistado empezó a incubarse una forma nueva de hacer política en España: sentimental, divisiva y peligrosamente irresponsable.

Porque fue él quien volvió a desenterrar las trincheras de la Guerra Civil cuando este país, con todos sus defectos y miserias, había conseguido algo casi milagroso: convivir sin mirarse continuamente el pasado por el retrovisor. Zapatero no quiso administrar una nación. Quiso reescribir emocionalmente España. Y cuando un político decide jugar con los huesos de los muertos para ganar votos entre los vivos, el resultado suele ser un lodazal moral.

Decía que le convenía que hubiera tensión. Lo dijo él mismo. No es una interpretación maliciosa ni una exageración de tertuliano con hipertensión. Lo verbalizó con esa calma suya, tan peligrosa como una anestesia mal puesta. Y vaya si la hubo. La política española dejó de ser una discusión áspera para convertirse en un combate tribal donde el adversario ya no era alguien equivocado, sino un enemigo moral. Ahí empezó gran parte de la crispación que hoy nos asfixia. Las redes sociales, los insultos, el sectarismo convertido en identidad… Zapatero plantó la semilla y otros la regaron con gasolina.

Luego llegó la crisis económica. Mientras medio país veía acercarse el iceberg, él seguía tocando el violín desde el puente del Titanic con esa sonrisa de optimismo antropológico que parecía diseñada por un coach venezolano. Negó la realidad hasta que la realidad le estampó una silla en la cara. Y cuando ya no pudo esconder el desastre, hizo exactamente lo contrario de lo que había prometido: bajó sueldos, congeló pensiones y ejecutó recortes que habrían provocado manifestaciones apocalípticas si los hubiese firmado otro partido.

Aquello fue especialmente cruel porque muchos de quienes le votaron lo hicieron creyendo en una izquierda protectora, sensible con los trabajadores y con los jubilados. Descubrieron demasiado tarde que el progresismo de pancarta suele evaporarse cuando Bruselas llama por teléfono y los mercados enseñan los dientes. El obrero acabó pagando la fiesta ideológica mientras los ministros seguían hablando en un dialecto de optimismo institucional que sonaba a megafonía soviética.

Y ahora aparece la sombra de la corrupción. Otra más. Porque la política española se ha convertido en una ciénaga donde los discursos sobre ética duran menos que un helado en Maspalomas en agosto. Resulta casi simbólico que Zapatero haya terminado orbitando ambientes donde el perfume democrático se mezcla con el olor dulzón del chavismo. Su fascinación por la Venezuela bolivariana siempre tuvo algo de turista ideológico: admirar la revolución desde un hotel con aire acondicionado mientras el pueblo hace cola para comprar harina.

El chavismo fue para ciertos sectores de la izquierda europea una especie de parque temático revolucionario. Les fascinaba aquella estética de uniformes, consignas y épica caribeña, sin querer mirar demasiado las cárceles, la miseria o los opositores silenciados. Y Zapatero, con sus mediaciones ambiguas y sus silencios selectivos, terminó pareciendo más un notario complaciente del régimen que un defensor claro de la democracia liberal.

Aun así, sería injusto negar que hizo algo importante y positivo: la creación de la Unidad Militar de Emergencias. La UME ha demostrado ser una de las instituciones más eficaces, queridas y útiles del Estado. En incendios, inundaciones o catástrofes, mientras los políticos discuten frente a las cámaras, ellos aparecen cubiertos de barro haciendo el trabajo real. Paradójicamente, quizá el mayor acierto de Zapatero fue precisamente reforzar una institución basada en disciplina, servicio y sentido del deber. Tres conceptos que la política actual parece haber enviado al desguace.

Zapatero quiso pasar a la historia como un hombre de concordia y modernidad. Pero deja detrás un país más enfadado, más fragmentado y más desconfiado. Un país donde la política ya no busca convencer, sino incendiar emocionalmente al contrario. Y eso, aunque muchos prefieran olvidarlo, empezó bastante antes de Twitter. Empezó cuando algunos descubrieron que dividir España daba más rendimiento electoral que intentar unirla.

Una vieja táctica latinoamericana. Muy útil para conservar el poder. Muy destructiva para conservar un país.

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