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| Julio González |
(REFLEXIÓN PERSONAL)
Por Julio César González Padrón
Artículo de opinión
Existe una delgada línea entre la obediencia y la conciencia. Hay principios que no se eligen; se heredan. Algunos llegan como un consejo amable, otros como un mandato moral que se incrusta en la identidad. “Mi honor me prohíbe realizar acciones que la ley, las normas o mi religión permiten”, es uno de esos principios que no se reclaman; se viven. Y vivirlos tiene un precio.
Quien ha trabajado como ha sido mi caso, en entornos jerárquicos —la mar, la empresa, la administración— conoce bien la tensión entre obedecer y pensar, entre cumplir órdenes y cumplir con uno mismo. No es una tensión teórica; es una grieta que se abre en la vida real, en decisiones concretas, en momentos en los que uno debe elegir entre la comodidad de la obediencia o la incomodidad de la integridad moral.
La vida profesional está llena de zonas grises. Hay órdenes que no son ilegales, pero tampoco éticas. Hay prácticas que “todo el mundo hace”, aunque uno sabe que no están bien. Y hay momentos en los que la organización espera que uno mire hacia otro lado, porque “así funciona esto”.
En esos momentos, la persona que se rige por un código propio —y más aún si ese código es firme, heredado (como en mi caso) y casi biológico— se convierte en un elemento incómodo. No porque busque conflictos, sino porque su mera presencia recuerda a los demás que existe otra forma de actuar.
La integridad, paradójicamente, suele generar problemas. No porque sea incorrecta, sino porque es rara. Lo que la convierte en un coste invisible de mantenerse en pie.
Sostener “unos principios” tiene consecuencias. A veces son pequeñas, como un mal gesto, un comentario, una oportunidad perdida. Otras veces son grandes; desencuentros, presiones, aislamiento profesional. Y en ocasiones, como ocurre en las historias más duras, la integridad puede poner en riesgo, incluso a quienes uno más quiere.
Ahí aparece la pregunta que duele: ¿Tengo derecho a poner en peligro el bienestar de mi familia por mantener un principio que forma parte de mí?
No es una pregunta sencilla. No admite respuestas rápidas ni morales prefabricadas. Es una pregunta que solo se formula quien ha vivido de verdad el conflicto entre el deber y la conciencia, como tantas veces me ha ocurrido a mí.
Llegado a este extremo de la vida cabe preguntarse… ¿Es el honor un lujo o una obligación?
Hay quien dirá que el honor es un lujo; que la vida moderna exige pragmatismo, que la ética es negociable. Pero quienes han vivido (como yo) bajo un código ético y moral inquebrantable, sabemos que no es tan simple. El honor no es un adorno; es una brújula. Y cuando uno renuncia a su brújula, se pierde totalmente como ser humano.
Sin embargo, también es cierto que el honor no puede convertirse en una espada que hiere a los inocentes. La responsabilidad hacia la familia no es menor que la responsabilidad hacia uno mismo. Ambas conviven, a veces en armonía, otras veces en conflicto.
La verdadera madurez moral consiste en navegar entre esos dos faros sin dejar que ninguno apague al otro.
Quien actúa con integridad no lo hace para ser admirado. Lo hace porque no sabe hacerlo de otra manera. Porque fue educado así. Porque su padre le enseñó que hay líneas que no se cruzan. Porque traicionarse a uno mismo, es peor que cualquier sanción externa.
Pero también es cierto que la vida obliga a preguntarse si ese “código” debe adaptarse, evolucionar, abrir espacio a la prudencia. No para renunciar a él, sino para evitar que se convierta en una carga insoportable para quienes dependen de nosotros.
La respuesta que nunca es definitiva, seria… ¿Tenía derecho a poner en peligro a mi familia por mantener mi máxima? Quizá la pregunta no sea esa. Quizá la pregunta sea: ¿Qué habría quedado de mí, si hubieras actuado en contra de ella?
La integridad tiene un coste, sí. Pero la falta de integridad también lo tiene. Y ese coste, aunque invisible, suele ser más profundo y más permanente.
Siempre he creído que traicionarme a mí mismo sería peor que cualquier consecuencia externa. Pero también he aprendido, a que la familia no es un accesorio más de mi vida; es mi propio centro de gravedad
¿Cómo se equilibra eso? ¿Cómo se sostiene un principio sin que se convierta en una carga para quienes dependen de ti?
Confieso que no tengo una respuesta absoluta. Lo único que sé, es que, si hubiera actuado en contra de mi conciencia, algo dentro de mí habría quedado roto. Y un padre roto, un marido roto, tampoco protege a nadie.
Al final, cada persona debe encontrar su propio equilibrio entre el deber hacia uno mismo y el deber hacia los demás. Lo importante es que la decisión —sea cual fuere— no nazca del miedo, la cobardía, ni de la presión, sino de la reflexión y la responsabilidad.
Con los años he comprendido que el honor no es una postura rígida, sino una forma de caminar en la vida, si se pretende, como es mi caso, llevar siempre la frente erguida. No se trata de desafiar al mundo, sino de no desafiarse a uno mismo.
Quizá mis hijas no hereden mis decisiones, ni mis conflictos, ni mis batallas. Pero sí espero que hereden algo más valioso; la certeza de que su padre actuó siempre con honradez y rectitud, según lo que creía correcto, incluso cuando le costó caro en su salud, como sin duda ellas recordaran.
Porque al final, lo que uno deja no son medallas, ni ascensos. Lo que uno deja es un ejemplo de rectitud y honradez en la vida.
Si, amigos, tengo ya 74 años de vida y a veces me pongo a pensar y a juzgarme a mí mismo antes que con “justa romana”, lo haga el Todo Poderoso, cuando decida llamarme a su paraíso prometido, donde solo podré alegar en mi defensa… “Señor, sabes bien que siempre lo intenté, y créeme que siento el no haber podido haberlo hecho mejor”
Porque cada vida se define por las decisiones que uno se atreve a sostener cuando nadie mira. Yo elegí mantenerme fiel a mi conciencia, aun cuando esa fidelidad me costó incomodidades, conflictos y algún riesgo que jamás habría querido para mi familia. Pero también sé que, si hubiera cedido, si hubiera traicionado ese principio que heredé de mis padres y que me sostiene, habría perdido algo mucho más difícil de recuperar: “el respeto por mí mismo”.
Porque la verdad es simple, y aunque duela, “la integridad no garantiza una vida fácil, pero sí garantiza una vida digna”. Y cuando llegue el momento de rendir cuentas con los demás, con mis hijas, o conmigo mismo y con el Todopoderoso— prefiero poder decir que caminé recto, incluso cuando el camino se torcía. Ese es, y seguirá siendo, el único legado que quiero dejar.
Y para despedirme como siempre lo hago con un poco de socarronería isleña les diré que… ¡Compadre! no es que la cosa se haya puesto fea de ahora para después, pero no le engaño si le digo que, a mi edad, cada día que va pasando, es un día menos que me va faltando para ocupar el “huacal”, aunque para mis adentros también pienso, que eso de irse para las plataneras, siempre podrá esperar. Porque ¿A que vienen estas prisas ahora, ¡Cristiano! ¿Siga usted el surco y al golpito, compadre que, de aquí nadie le juléa? Ya saben que de siempre riego con dos dulas y me sobra agua. Que… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!
Fdo:
Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor
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