Luis Seco de Lucena
Artículo de opinión
Hay palabras, que ya por si solas tienen un significado trágico, pero hay situaciones en las que aumenta su dramatismo si se utilizan mal. “Accidente” es una de ellas. Se repite con una ligereza casi obscena cada vez que un agente cae en acto de servicio, en ese tablero caliente que va del Estrecho a las costas andaluzas, donde el narcotráfico ya no es una sombra sino una presencia organizada, desafiante y cada vez más violenta. Pero no, no son accidentes. Llamarlo así es una forma de anestesia colectiva. Una coartada lingüística para no mirar de frente lo que está pasando.
Porque lo que ocurre allí no es casual. Es la consecuencia directa de años de permisividad, de ese buenismo ingenuo que confunde prudencia con debilidad, y humanidad con dejación. Mientras discutimos desde la distancia cómoda de los despachos o las tertulias, hay agentes que salen a patrullar sabiendo que enfrente no hay delincuentes improvisados, sino estructuras bien financiadas, con medios, logística y una impunidad que resultar muy peligrosa.
Se ha instalado una especie de resignación tibia, como si esto fuera el precio inevitable de vivir en una frontera caliente. Y no lo es. No debería serlo. Lo que sí es inevitable, si no se actúa, es que la balanza siga inclinándose del lado de quienes no dudan en embestir con una narcolancha o en desafiar a la autoridad a plena luz del día.
En ese contexto, recuperar unidades como OCON-SUR no es una cuestión de nostalgia operativa, sino de sentido común. Aquella estructura demostró que, con inteligencia, coordinación y medios, se podía incomodar de verdad a las redes del narcotráfico. Desmantelar parte de ese esfuerzo fue, como poco, precipitado. Reactivarla con más personal, mejor equipada y con respaldo político claro no es una opción ideológica: es una necesidad estratégica.
Pero no basta con poner más botas sobre el terreno si esas botas van atadas por normas pensadas para otro tipo de escenarios. Las reglas de enfrentamiento necesitan una revisión serena, sí, pero también valiente. No se trata de abrir la puerta al abuso, como algunos temen con reflejo automático, sino de permitir que quien se juega la vida tenga herramientas reales para defenderla. Porque ahora mismo, en demasiadas ocasiones, el agente duda. Y cuando el agente duda, el narco avanza.
Aquí es donde el discurso del “buenismo” se vuelve especialmente cruel. No porque la empatía o el garantismo sean defectos —todo lo contrario—, sino porque aplicados sin contexto acaban desprotegiendo precisamente a quienes sostienen el Estado de derecho en primera línea. Es un humanismo mal entendido, casi autodestructivo, que exige contención a quien cumple la ley mientras observa con una mezcla de incomodidad y silencio cómo otros la aplastan con armas de guerra y motores de alta potencia.
El sur no necesita más declaraciones solemnes ni minutos de indignación efímera. Necesita decisiones. Claras, firmes y sostenidas en el tiempo. Necesita que dejemos de llamar accidente a lo que es consecuencia. Y, sobre todo, necesita que alguien asuma que proteger a quienes nos protegen no es una consigna, sino una obligación elemental.
Lo demás, por mucho que lo adornemos, no deja de ser literatura. Y de la mala.

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