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lunes, 25 de mayo de 2026

Esas lapas de sofá



Luis Seco de Lucena

25/05/2026


Hay una especie particularmente abundante en estos tiempos de ruido y pancarta virtual. No gritan demasiado. Tampoco discuten. Nunca se manchan. Se limitan a observar el incendio desde la comodidad de su sofá, con la dignidad encogida como una manta vieja sobre las rodillas. Son los que callan. Los que apartan la vista. Los que se indignan en voz baja, no vaya a ser que la conciencia les obligue a levantarse. Y mientras el mundo se llena de abusos, miserias y corrupción, ellos siguen allí pegados, inmóviles, como lapas adheridas a la roca tibia de su propio bienestar. Porque hay quienes luchan por algo. Y luego están estos otros: los especialistas en sobrevivir sin comprometerse jamás con nada que pueda incomodarles.

No son necesariamente malas personas. Ahí reside el problema. El canalla clásico al menos tenía la honestidad estética de enseñar los colmillos. Estos no. Estos sonríen, asienten, incluso llegan a compartir alguna frase indignada en la sobremesa o en las redes sociales, que para muchos se han convertido en la nueva misa dominical de las buenas intenciones. Protestan lo justo para no sentirse del todo miserables y callan lo suficiente para conservar intacta su pequeña parcela de comodidad. Son equilibristas del miedo. Acróbatas de la neutralidad. Gente entrenada para no mojarse ni aunque el agua les llegue al cuello.

Los reconocerán enseguida. Son los que siempre tienen una excusa razonable para no dar un paso al frente. “No sirve de nada”. “Todos son iguales”. “Yo paso de política”. “Mientras no me toque...”. Esa frase. Siempre esa frase. El himno nacional de los egoístas tranquilos. Mientras no me toque. Como si la injusticia funcionara con cita previa. Como si el deterioro moral de una sociedad pudiera detenerse en la puerta de su casa por respeto al felpudo.

Y así avanzan los abusos. No por la fuerza de los miserables, sino por la blandura infinita de quienes contemplan todo desde la barrera. Hay una cobardía particularmente moderna que consiste en delegar siempre el valor en otros. Esperar que sea otro quien denuncie. Otro quien proteste. Otro quien se enfrente. Otro quien pierda el trabajo, la reputación o los amigos. Ellos observan desde el sofá con una mezcla de miedo y alivio, igual que quien mira a través de la ventana cómo se llevan detenido al vecino y piensa: menos mal que no me ha tocado a mí.

La historia está llena de desastres construidos con silencios pequeños. Nunca hacen falta demasiados monstruos para pudrir una época. Basta con una multitud de espectadores dóciles. De ciudadanos anestesiados. De gente que se adapta a todo porque confunde prudencia con cobardía y convivencia con sumisión. Y entretanto van tragando. Tragan mentiras, abusos, humillaciones, corrupciones y mediocridades mientras lo suyo permanezca en pie. Mientras siga llegando el sueldo. Mientras no peligre el ascenso. Mientras la cena esté caliente y el televisor funcione.

Las lapas de sofá son el yeso emocional de cualquier decadencia. Sujetan con su pasividad los techos agrietados de este tiempo extraño donde casi nadie quiere complicarse la vida por principios. Y quizá por eso producen una tristeza especial. Porque muchos saben perfectamente lo que ocurre. Lo ven. Lo comentan en privado. Se indignan en la intimidad como revolucionarios clandestinos del cuarto de estar. Pero después bajan la voz, cambian de tema y vuelven a su rincón acolchado de excusas.

Resulta curioso. Vivimos la época más obsesionada con exhibir opinión sobre cualquier asunto y, sin embargo, cada vez hay menos gente dispuesta a asumir el precio de defenderla de verdad. Mucha consigna y poca columna vertebral. Mucha indignación portátil y muy poco coraje cuando llega la hora de quedarse solo.

Tal vez porque el sofá no solo es un mueble. Es una forma de vida. Un escondite moral. El lugar exacto donde algunos entierran la conciencia para que no les moleste mientras contemplan el derrumbe del mundo con una cerveza en la mano y la cobardía cuidadosamente tapada con una manta.


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