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| Luis Seco de Lucena |
Poema
La casa está ahí, como quien espera sin saber ya a quién.
Ni ruina del todo, ni recuerdo limpio.
Se sostiene por costumbre, por una terquedad vieja
que ni el tiempo ha querido discutirle.
En medio, la puerta.
Marrón.
De un marrón cansado, como de tierra mojada hace años.
Cerrada. Siempre cerrada.
No de golpe, no con violencia,
sino como quien se cierra por dentro
y se olvida de volver a abrir.
Yo paso a veces por esa calle
—estrecha, con piedras que han oído demasiado—
y no sé qué me ocurre,
pero me quedo mirándola
como si fuera a decir algo.
Porque esa madera…
esa madera guarda más que polvo.
Se le nota.
En las vetas hay algo torcido, algo que no encaja,
como una frase interrumpida
que nadie se atrevió a terminar.
Allí dentro hubo vida, claro.
Se oye todavía, si uno afina el silencio:
unos pasos apresurados,
una risa que se corta de repente,
una voz que quiso quedarse
y no supo cómo.
Y luego… nada.
O eso dicen.
Pero al caer la tarde
—cuando el pueblo se recoge y la luz se vuelve incierta—
la puerta parece respirar.
Muy leve.
Como si alguien, al otro lado,
apoyara la frente contra la madera
y esperara.
No golpes. No.
Algo peor.
Una presencia que insiste sin ruido,
que no se marcha,
que no sabe irse.
Yo no me acerco demasiado.
Uno aprende a respetar ciertas cosas
aunque no las entienda.
Porque hay casas que no se vacían nunca,
aunque las barran los años.
Y hay puertas…
puertas que no se abren
no por miedo,
sino porque han visto lo suficiente
como para no querer contar nada más.
no guarda lo que fue,
sino lo que sigue ahí,
respirando despacio,
como si el tiempo, por una vez,
se hubiera equivocado de lugar.

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