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domingo, 23 de febrero de 2014

En la costa norte de Omán un equipo de jóvenes escaladores se mide contra unos acantilados afilados como cuchillos.


Les importa si curioseo un poco?», pregunta Alex a los vecinos del pueblo.
Estamos con un grupo de pescadores frente a una pequeña mezquita en el norte de Omán. Una fila de casas encaladas bordea la playa de guijarros. Detrás del pueblo se yergue un acantilado de 900 metros de altura cuya pared vertical centellea bajo el abrasador sol del mediodía.
«Curiosee cuanto quiera», responde Taha Ab­­dullah Saif Althouri en nombre del grupo.
No hay calles en el pueblo, situado en la cabecera de una profunda ensenada similar a un fiordo en la remota península de Masandam. La única vía de acceso a este lugar es por barco, y así hemos llegado nosotros.
La península, que se adentra en el canal de na­­vegación de petroleros más transitado del mundo, solo dista unos 40 kilómetros de Irán y es uno de los puestos militares más estratégicos del planeta, lo que no obsta para que durante siglos haya sido un territorio inaccesible, casi desconocido y muy poco visitado por extranjeros.
Cuando Alex se aleja, explicamos a los pesca­dores que somos escaladores profesionales en visita de exploración. Los hombres asienten en silencio entre vaharadas de humo de pipa. La montañosa península en la que viven es un in­­­trincado laberinto de bahías y fiordos, llamados khawr (o también khor). Pocos escaladores han tocado sus verticales paredes de caliza. Nosotros supimos de ellas gracias a unos escaladores británicos que visitaron la zona en 2005.
Nuestro equipo consta de seis personas, entre ellas, dos de los mejores escaladores jóvenes del mundo: Alex Honnold, californiano de 28 años que saltó a la fama en 2008 cuando escaló sin cuerda los 600 metros de la cara noroeste del Half Dome de Yosemite, y Hazel Findlay, galesa de 24 años que en 2011 se convirtió en la prime­ra británica que escalaba en libre los 900 metros de pared de El Capitan, también en Yosemite.
Taha nos cuenta que en este pueblo, llamado Sibi, residen unas doce familias que comparten el apellido de Althouri. Viven de la pesca y de pastorear cabras.
De pronto uno de los hombres se detiene en seco, señala hacia el imponente acantilado y empieza a gritar. Alex está escalando el muro de roca 300 metros por encima de nosotros, como una hormiga. Los Althouri están fuera de sí.
«¿Qué dicen?», pregunto a nuestro intérprete.
«Es difícil de explicar –responde–, pero en esencia creen que Alex es un brujo.»
Y no me extraña. Incluso a mí me cuesta creer lo que veo hacer a Alex. Pero también este paisaje es inverosímil: en 28 años de escalada jamás había visto unas formaciones rocosas tan mágicas. Aquí y allá, picos verticales de tierra traspasan el océano como cuchillos.
Por su proximidad al mar estos acantilados son perfectos para practicar el psicobloc, una modalidad de escalada muy especializada que consiste en ascender por una pared hasta el límite de lo posible y a continuación dejarse caer al agua. En teoría parece inofensivo, pero una caída descontrolada puede causar lesiones muy graves e incluso la muerte.
Hemos alquilado un catamarán de 13,50 metros de eslora que nos servirá de campo base móvil. Además de Alex y Hazel, en nuestro equipo están el fotógrafo Jimmy Chin, el cineasta Renan Oz­­turk y el técnico de material de escalada Mikey Schaefer. Uno de los lugares que nos ha parecido perfecto para visitar en barco es As-Salamah, una isla deshabitada del estrecho de Ormuz.
«Está demasiado cerca de Irán», dice nuestro guía, Abdullah Said al-Busaidi, un veterano policía de Mascate, la capital de Omán. A través de la espesa niebla vislumbramos los imponentes perfiles de los petroleros que surcan el estrecho. A su alrededor, decenas de lanchas motoras abarrotadas de contenedores cruzan coma flechas.
«Contrabandistas», dice Abdullah.
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