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martes, 3 de marzo de 2026

Guerra en Irán

 

Julio González, marino mercante
¿Y AHORA QUE?


Por: Julio C. Glez. Padrón

Artículo de opinión

Vaya por delante y para que no quede un ápice de dudas al respecto, que soy un “Humanista” convencido; por lo tanto, hablo y escribo con “la libertad de los condenados” y por lo tanto aseguro que estoy absolutamente en contra de a cualquier tipo de dictadura política o dictador, sean de signo que sean y esta del ayatola iraní, más todavía, por su falta absoluta de respeto por los Derechos Humanos y esa represión sistemática contra las mujeres.

 Pero, mi misma condición “Humanista”, me hace ver qué,  cuando el poder se ejerce sin complejos y la fuerza se presenta como argumento suficiente, como se ha acostumbrado a practicar  “el rubio pistolero típico aldea en el salvaje oeste americano”, como lo es sin ninguna duda, Donal Trump, cuya ética y legalidad moral, no conoce otros limites que los de su propia conciencia a todas luces  “paranoica”, y que nos recuerda en parte a la un Adof Hillert actualizado,  el sistema internacional entra en zona de riesgo. 

La figura de Donald Trump ha simbolizado, para muchos, un giro hacia el unilateralismo descarnado y egoísta. No hace falta más que examinar su máxima de vida” America first” que aplica a su la política exterior entendida como extensión del carácter personal del clásico “líder supremo”, donde la voluntad sustituye al consenso y la presión reemplaza a la diplomacia.

El que una potencia que se supones pertenece al mundo civilizado como es los Estados Unidos, decidiera invadir a un país soberano con el argumento de frenar su ”hipotético” programa nuclear, o simplemente por la cuestión de pretender un desarrollo   militar, sería ante todo, un desafío frontal al orden jurídico internacional construido tras 1945 em mismo Orden que aunque imperfecto, selectivo en su aplicación y muchas veces instrumentalizado, se sostiene sobre un principio básico: “ningún Estado puede imponer por la fuerza su visión del mundo sin consecuencias legales y políticas”.

La figura de Donald Trump, al que yo llamo “clásico pistolero de aldea del salvaje oeste americano”, de los que están convencido de que en  la aldea no hay sitio más que para él  y su colt 45 largo,  ha estado marcada, desde su irrupción en la política estadounidense, por un estilo confrontaciones y una retórica que desafía abiertamente las normas tradicionales de la diplomacia y que dudo mucho que sea el pensamiento generalizado de ese noble pueblo llano americano, amante de la paz y de la democracia.                           

Su manera de entender el poder, directa, personalista y poco inclinada al multilaterales, ha generado apoyos fervientes al mismo tiempo y en la misma medida que rechazos igualmente intensos. Pero cuando esa retórica se traslada al terreno de las relaciones internacionales, la pregunta inevitable es: ¿Cuáles son sus límites?

En el escenario actual de una invasión a un país soberano como Irán que es una feroz y despreciables dictaduras, que no entiende de Derechos Humanos y hacerlo bajo el argumento de frenar un hipotético programa nuclear, enfocado a poder crear en un futuro próximo una bomba atómica, con el fin de hacer desaparecer de la Tierra al Estado de Israel, deja de ser un debate ideológico para convertirse en estructural. 

Cabe recordar, por la importancia histórica que acarreó el hecho, que el 11 de marzo del 2018, de forma unilateral y sin muchas justificaciones, el “pistolero rubio americano Donal Trump”, fiel a su estilo de matón de aldea del lejano y salvaje oeste, decidió abandonar el acuerdo que el propio Estados Unidos, en Viena,  más los cinco miembros del Consejo de Seguridad, firmaron el  14 de julio de 2015, bajo las siglas en ingles , PAIC (Joint comprehensive Plan of Action), donde se dejaba claro que el programa nuclear de Irán seria exclusivamente para fines pacíficos)

 Pero nuestro  “pistolero” , posiblemente “espueleado por el primer ministro israelí Benjamín Netalyahu, que de siempre ha sentido “el bao en su cogote”, procedente  de sus eternos enemigos iranís,  no se ha enterado aun o lo que es peor , no quiere enterarse, que estamos en el siglo XXI , no en la segunda mitad del siglo XIX y muy especialmente entre 1860 y 1890 ,años que otros “rubios yanques”, animados por la fiebre del oro, llevaron a cabo una migración masiva hacia el oeste americano,  provocando al mismo tiempo el mayor exterminio y posterior desplazamiento de los  auténticos nativos  propietarios legítimos de sus tierras, y decide actuar por su cuenta desenfundando , sin dudarlo, ni pensárselo dos veces “su colt 45 largo y darle gusto al gatillo contra Iran. Sin verificar previamente si su migo judío el “figura” del Benjamín Netanyahu tiene razón y está en lo cierto o no. 

  No se ha enterado digo, que el “Orden internacional contemporáneo” no se basa únicamente en la fuerza, sino en un entramado de normas, tratados e instituciones diseñadas para evitar precisamente que la voluntad unilateral de un Estado o de un bélico medio chiflado como él, prevalezca sobre el derecho colectivo como también ha hecho el otro “rubio oxigenado” del sanguinario del Vladimir Putin, actualmente   con Ucrania.

Organismos como la Organización de las Naciones Unidas fueron creados tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, precisamente con el propósito de impedir que el mundo regresara a la lógica del “más fuerte impone su ley”.                                  

El principio de soberanía nacional y la prohibición del uso de la fuerza, salvo en legítima defensa o con autorización del Consejo de Seguridad, son pilares del derecho internacional contemporáneo.

Sin embargo, la historia reciente nos muestra qué, las grandes potencias han tensado esos límites. La invasión de Irak en 2003 por parte de Estados Unidos, bajo la administración de George W. Bush, dejó una huella profunda en la credibilidad del sistema internacional, escudándose en aquel momento en el argumento de posible posesión de Irak de  armas de destrucción masiva, que por cierto, que nunca fueron halladas; lo que erosionó la confianza en las justificaciones preventivas para el uso de la fuerza.

En un mundo globalizado, las consecuencias de una acción militar unilateral ya no se limitan al campo de batalla. Las cadenas de suministro, los mercados energéticos, las finanzas internacionales y la estabilidad regional están interconectados. Un conflicto de gran escala puede provocar crisis económicas, desplazamientos masivos de población, radicalización política y un reacomodo de alianzas geopolíticas. La globalización no solo conecta economías; conecta riesgos.

Además, el precedente importa. Si una potencia o como es el caso que nos ocupa, un paranoica como Donal Trump, decide que su “conciencia” es la define los límites del derecho internacional, ¿Qué impide que otras hagan lo mismo? La erosión del marco legal global podría dar paso a una era de mayor inestabilidad, donde el equilibrio se base más en la disuasión y el temor que en la cooperación y el consenso.

Pero también existe otra dimensión: la política interna. En democracias consolidadas, las decisiones de guerra no son —o no deberían ser— patrimonio exclusivo de un líder, aunque esté chifado como este rubio americano.                                                                                                  

El Congreso, la opinión pública, los medios de comunicación y el propio aparato institucional actúan como contrapesos. La fortaleza de las instituciones determina, en gran medida, hasta dónde puede llegar la voluntad pe También hay que mirar hacia dentro. En una democracia, el uso de la fuerza debería estar sometido a controles institucionales: parlamentos, tribunales, opinión pública, prensa libre. Cuando esos contrapesos se debilitan o son descalificados sistemáticamente, la política exterior se vuelve menos deliberativa y más impulsiva. Y la impulsividad en asuntos de guerra rara vez conduce a estabilidad.

El problema no es únicamente un nombre propio. Es la tentación recurrente de las grandes potencias de situarse por encima de las normas que exigen a otros cumplir. La selectividad en la aplicación del derecho internacional mina su legitimidad. ¿Con qué autoridad moral se condena la invasión de un país si previamente se ha actuado de modo similar? La coherencia es un capital político que, una vez perdido, cuesta décadas recuperar.


¿Y ahora qué?... Nos preguntaremos 

La respuesta no es sencilla. Si el sistema internacional enfrenta un acto de fuerza unilateral, el desafío será doble: contener la escalada inmediata y, al mismo tiempo, reforzar los mecanismos multilaterales que eviten futuras rupturas. Las sanciones económicas, la presión diplomática, la mediación internacional y la activación de foros multilaterales serían herramientas clave para impedir que la crisis derive en un conflicto de mayor alcance, si tener en cuenta el peligro de internacionalizar el conflicto, como puede ocurrir ahora después de que Irán haya lanzado un misil sobre Creta, que al ser parte integral de Gracia pertenece a la OTAN y este país puede solicitar que se active el articulo 5 de cuando un solo país  es atacado por un tercero, toda la OTAN se siente atacada y en consecuencia , pude actuar al unísono, como respuesta inmediata a la agresión de uno de sus miembros.

Pero más allá de nombres propios, la cuestión de fondo es si el mundo avanza hacia una etapa de fragmentación geopolítica o si, por el contrario, las tensiones actuales servirán para revitalizar el compromiso con el Derecho Internacional. La historia demuestra que los sistemas globales suelen reformarse tras grandes crisis. El riesgo es el costo humano y económico que esas crisis implican.

En definitiva, la pregunta “¿Y AHORA QUÉ?” no interpela solo a un líder o a una nación, sino al conjunto de la comunidad internacional y como ejemplo, vamos a ver como responde la OTAN ante ese ataque con misil a Creta El equilibrio entre poder y legalidad, entre soberanía y cooperación, definirá el tipo de mundo que emerja de esta encrucijada.

A nadie se les escapa a estas alturas, salvo que seas un alumno progre sí, pero también burro de la LOGSE qué, un conflicto abierto entre Irán, por un lado, y Estados Unidos, más OTAN, junto a Israel, tendría consecuencias económicas y sociales de gran alcance y no solo regionales sino globales.

Consecuencias económicas como:

Crisis energética inmediata:

Irán es un actor clave en el mercado petrolero y controla, junto a otros países del Golfo, el estratégico Estrecho de Ormuz. Una guerra podría interrumpir el tránsito de crudo, disparando los precios del petróleo y el gas. El resultado sería inflación global, encarecimiento del transporte y aumento del costo de vida, especialmente en economías dependientes de la energía importada.

Inestabilidad financiera:

Los mercados reaccionarían con volatilidad extrema: caída de bolsas, fuga hacia activos refugio (oro, dólar), debilitamiento de monedas emergentes y encarecimiento del crédito. Países con economías frágiles podrían entrar en recesión.

Alteración de cadenas de suministro:

En un mundo interconectado, cualquier conflicto en Medio Oriente afecta rutas comerciales, seguros marítimos y costos logísticos. Sectores como la industria automotriz, la tecnología o la agricultura podrían sufrir interrupciones indirectas.

Aumento del gasto militar:

Una escalada regional arrastraría a otros actores y provocaría incrementos en presupuestos de defensa, desplazando recursos de inversión social hacia gasto militar.

Y consecuencias sociales tales como:

Crisis humanitaria:

Bombardeos e inestabilidad generarían desplazamientos masivos de población dentro de Irán y hacia países vecinos. Esto tensaría sistemas de acogida y podría provocar nuevas crisis de refugiados.


Radicalización y polarización: 

Los conflictos prolongados suelen alimentar discursos extremistas, tanto en la región como en Occidente. El aumento del nacionalismo y la retórica de confrontación podría profundizar divisiones internas en múltiples sociedades.


Impacto en la población civil:

Más allá de objetivos estratégicos, las guerras modernas afectan infraestructuras básicas: hospitales, redes eléctricas, suministro de agua. El deterioro de servicios esenciales genera pobreza acelerada y fractura social.

Efecto generacional:

Las guerras no solo destruyen en el presente; condicionan el futuro. Una generación marcada por la violencia y la precariedad tiende a heredar traumas colectivos y desconfianza estructural.

En síntesis, una invasión de Irán no será por desgracia un conflicto localizado, sino un detonante de inestabilidad económica global y de profundas consecuencias sociales.                            En un mundo interdependiente, las guerras regionales ya no se quedan en la región: se traducen en inflación, incertidumbre y fracturas sociales a escala planetaria.


Y para no perder la buena costumbre de acabar mis artículos de opinión con alguna expresión “sabia” canaria, te añado que…. “Como la cosa siga por aquí así de jeringada, compadre, a final de mes me voy ya de arrancada para la costa, porque para la leche que da la cabra, mejor que se la beba el baifo; así qué…, Así mismo le digo y no me llore ahora, cristiano. Qué… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas! 


Fdo. Julio César González Padrón

Marino Mercante y Escritor


2 comentarios:

  1. Saludos Julio y sigamos adelante proponiendo siempre el diálogo, el respeto a los Derechos Humanos y proponiendo actos de Noviolencia en todos los lugares del mundo, comenzando por nuestros barrios, donde construimos la solidaridad y el buen trato cada día.
    Abrazos de bienestar para todxs, con nuestra paz, fuerza y alegría en detener el Genocidio en Palestina y los demás y llevar a la justicia a sus responsables de gobiernos y militares. Necesitamos los pasos diarios que sigan la dirección de humanizar la tierra.
    Abrazos para todxs 🎤📻🥰🤗🌎🌏🌍

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  2. Tino Prieto, esto no pinta nada bien, y Canarias siempre en el punto de mira, cada vez hay menos solidaridad y respeto por los demás, el gobierno es un patrón para los gamberros de turno.
    Gracias por seguirnos.

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