| Don julio Canario y Cubano |
Por: Julio César González Padrón
Artículo de opinión
La comparación entre los conflictos actuales en Oriente Medio y la experiencia de la tristemente recordada Guerra de Vietnam, surge con frecuencia en el debate público y muy especialmente cuando se habla de una posible escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán.
A primera vista, existen ciertas similitudes que invitan a reflexionar, pero también diferencias clave que hacen que la comparación no sea tan directa.
Por un lado, uno de los paralelismos más citados es el riesgo de una guerra prolongada contra un adversario altamente ideologizado. En Vietnam, Estados Unidos se enfrentó a un enemigo que combinaba nacionalismo, ideología y una gran capacidad de resistencia. En el caso de Irán y sus aliados regionales, existe también un fuerte componente ideológico y religioso que puede reforzar la disposición al sacrificio, algo que complica cualquier estrategia puramente militar y sobre todo cuando están convencido que, si mueren, será un sacrificio, que su Dios lo tendrá en cuenta y les tendrá preparado 70 vírgenes. Que, a todas estas, yo me pregunto… ¿De dónde coño sacará su Dios tantas vírgenes? Jajajaja. Vaya por delante, que esto es una de mis inocentes bromas; que yo soy muy respetuoso con todas las creencias religiosas, aunque hay que reconocer que a alguna haya que darles de comer a parte.
Volviendo a pretendida seriedad del artículo, es importante matizar ciertas ideas: la noción de que los combatientes “buscan la muerte” como recompensa religiosa suele simplificar en exceso realidades complejas. Aunque el factor religioso influye, los conflictos en Oriente Medio también están profundamente ligados a intereses geopolíticos, rivalidades regionales y cuestiones históricas. Reducirlos únicamente a “fanatismos religiosos”, puede llevar a errores de análisis, como ocurrió en parte durante la guerra de Vietnam, donde se subestimó la dimensión nacionalista del adversario de ojos rasgados.
Otro punto de similitud es el riesgo de una intervención terrestre. La historia demuestra que las guerras asimétricas —donde una potencia militar superior se enfrenta a fuerzas más pequeñas pero flexibles— pueden convertirse en conflictos largos, costosos y políticamente desgastantes. Las tristes imágenes de aviones regresando con soldados caídos, que marcó profundamente a la sociedad estadounidense durante la guerra de Vietnam, sigue siendo un recordatorio poderoso del coste humano que acarrea este tipo de intervenciones.
No obstante, también hay diferencias fundamentales: En Vietnam, Estados Unidos actuaba en un contexto de Guerra Fría, tratando de contener la expansión del comunismo. Hoy el escenario es multipolar, con actores regionales y globales mucho más diversos. Además, Israel no es una potencia externa como lo era Estados Unidos en Vietnam, sino un actor directamente implicado en su entorno geográfico inmediato, lo que cambia la naturaleza del conflicto.
Asimismo, la tecnología militar actual —drones, ciberataques, inteligencia avanzada etc.— permite formas de confrontación que no existían en los años 60 y 70. Esto podría evitar, al menos en parte, una guerra terrestre a gran escala, aunque no elimina el riesgo de escalada.
¿Y Europa? ¿Qué papel debería jugar?
Si el conflicto se prolonga más allá de lo previsto, la posición de Unión Europea será clave, no tanto por su poder militar —más limitado y fragmentado— como por su peso diplomático, económico y político.
En primer lugar, Europa debería apostar por una estrategia clara de contención y desescalada. A diferencia de Estados Unidos, cuya implicación puede ser más directa, la Unión Europea tiene mayor margen para actuar como mediador, manteniendo canales abiertos tanto con Israel como con actores indirectamente vinculados a Irán. La diplomacia, aunque lenta y a menudo frustrante, puede ser el único camino viable en conflictos de larga duración.
En segundo lugar, Europa debería prepararse para las consecuencias económicas y sociales de una guerra prolongada. Oriente Medio sigue siendo una región clave para el suministro energético, y cualquier escalada puede traducirse en inestabilidad de precios, inflación y tensiones internas. Además, no se puede descartar un aumento de los flujos migratorios, lo que exigiría una respuesta coordinada y solidaria entre los países europeos.
Otro aspecto fundamental es evitar una alineación automática y acrítica. La experiencia de conflictos pasados ha demostrado que seguir estrategias ajenas sin una evaluación propia puede arrastrar a Europa a escenarios que no controla. Mantener una posición autónoma —aunque compleja— permitiría a la Unión Europea preservar su credibilidad como actor internacional.
Por último, Europa debería reforzar su papel en el ámbito humanitario. En guerras prolongadas, la población civil suele ser la principal víctima. Incrementar la ayuda, apoyar a organismos internacionales y promover el respeto al derecho internacional puede no resolver el conflicto, pero sí mitigar sus consecuencias más devastadoras y todo ello, con hechos reales y tangibles y no con frases bonitas y fáciles como la clásica Sanchita de … “no a la Guerra” “Pero que guapo, bueno buenísimo y progre que soy”. No señor Sánchez, así no es la cosa…” A Dios rogando y con el mazo dando”.
Como conclusión final diremos que, aunque existen paralelismos inquietantes con la Guerra de Vietnam —como el riesgo de empantanamiento, el coste humano y la dificultad de derrotar a un enemigo motivado—, afirmar que se está repitiendo otro Vietnam puede ser una simplificación en la que no quiero caer, pero como diría un maúro de Telde como yo… “Cristiano, no le engaño si le digo qué… ¡Casos se han dado!
La historia no se repite de forma idéntica, pero sí ofrece lecciones. Para Estados Unidos e Israel, el reto será evitar una escalada sin salida clara. Para Europa, la clave estará en no limitarse a observar o seguir, con la payasada dialéctica progre de: “NO A LA GUERRA”, sino en actuar con una estrategia propia basada en la diplomacia, la prudencia y la defensa de la estabilidad internacional.
La gran incógnita sigue siendo si los líderes actuales sabrán aprender de esas lecciones o si, una vez más, la historia servirá más como advertencia ignorada que como guía.
Porque como todos estos “figuras” europeos me salgan como los alumnos de la LOGSE socialista y española; progres sí, pero burros también hasta decir basta…. ¡Apaga y vámonos cristiano! ...Y que corra la zapatilla.
¡Qué cosas!
Fdo: Julio César González Padrón
Marino Mercante y Escritor
Estamos lejos de la guerra, pero esto no pinta nada bien
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