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sábado, 28 de marzo de 2026

¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR EL RESPETO POR LA DIGNIDAD DEL SER HUMANO?

Don Julio, Marino Mercante

Por: Julio César González Padrón

Artículo de opinión

Debo reconocer que, para una persona que se autodeclara cristiana católica, creyente y practicante como yo, que a lo mejor por haber tuteado, por profesión ,  tantas veces en la mar con la propia muerte, me acostumbré a tratarla de “tu” , “sin complejos” y  a escribir  y hablar sobre ella  con, “la libertad de los condenados”, el elaborar este artículo, que en todo momento he pretendido que sea justo, riguroso, imparcial y sobre todo respetuoso con todas las personas, sus creencias y credos, me ha supuesto una verdadera catarsis a mis ya 74 años de vida.

La reciente muerte por eutanasia de la joven Noelia Castillo ha reabierto, con especial intensidad, uno de los debates más delicados de las sociedades contemporáneas.

El modo en que entendemos, protegemos y acompañamos la dignidad humana en el tramo final de la vida. No se trata únicamente de una cuestión legal o médica, sino de un asunto profundamente humano, en el que confluyen valores, convicciones y experiencias difíciles de armonizar.

Antes de adentrarme en el análisis propiamente dicho, conviene señalar una cautela esencial: en muchos casos como este, la información pública disponible sobre las circunstancias personales, clínicas y emocionales de la persona afectada es necesariamente limitada o parcial. Por respeto a su intimidad y a la de su entorno, cualquier aproximación debe evitar la especulación y centrarse en los elementos que contribuyen a una reflexión serena y fundamentada, que es lo que pretendo

Dicho esto, lo que sí suele caracterizar las solicitudes de eutanasia dentro de los marcos legales vigentes es la concurrencia de situaciones de sufrimiento grave, persistente y percibido como insoportable por quien lo padece.  

 Este sufrimiento no es exclusivamente físico. En muchos casos, incluye dimensiones psicológicas, emocionales y existenciales: la pérdida progresiva de autonomía, la dependencia total de terceros, la imposibilidad de desarrollar un proyecto vital reconocible o la vivencia de una vida que ha dejado de ser, para esa persona concreta, digna de ser vivida.

En este contexto, la decisión de solicitar la eutanasia no suele ser impulsiva ni aislada. Los procedimientos establecidos exigen, precisamente, lo contrario: reiteración en la petición, evaluación de la capacidad de decisión, información completa sobre alternativas (como los cuidados paliativos) y la intervención de varios profesionales sanitarios. Se trata, en teoría, de garantizar que la decisión sea libre, consciente y sostenida en el tiempo.

Desde una perspectiva que enfatiza la autonomía personal, el caso de Noelia Castillo puede interpretarse como la expresión de un “derecho fundamental”: el de decidir sobre el propio cuerpo y el propio final cuando las condiciones de vida son percibidas como incompatibles con la dignidad individual.

 Aquí, la dignidad se vincula estrechamente con la capacidad de autodeterminación. No se trataría solo de vivir, sino de vivir de una manera que tenga sentido para quien vive.

Sin embargo, esta visión no es universalmente compartida. Para otros sectores de la sociedad, la dignidad humana no depende de las circunstancias ni de la percepción subjetiva del sufrimiento. Es un valor inherente, que no se pierde ni siquiera en situaciones de extrema fragilidad. 

Desde este punto de vista, la respuesta ética y social debería centrarse en reforzar el acompañamiento, mejorar los cuidados paliativos y asegurar que ninguna persona desee morir por sentirse sola, desatendida o una carga.

Este enfoque introduce una preocupación relevante, como que, la posibilidad de que factores externos influyan, de forma directa o indirecta, en decisiones tan trascendentales. La presión económica, la falta de recursos asistenciales, el agotamiento de las familias o la insuficiencia de apoyos sociales pueden generar contextos en los que la libertad de elección se vea comprometida; por ello, algunos críticos de la eutanasia subrayan que garantizar la dignidad implica, ante todo, garantizar condiciones de vida y de cuidado adecuadas.

En el punto de encuentro entre ambas posturas aparece una cuestión clave, que es el concepto de sufrimiento. ¿Quién determina cuándo es “insoportable”? ¿Puede medirse objetivamente o pertenece al ámbito irreductible de la experiencia personal? La medicina puede describir síntomas, pronósticos y tratamientos, pero no siempre puede captar la totalidad de lo que una persona siente. Esta brecha entre lo clínico y lo vivido es uno de los núcleos más complejos del debate.

El papel de los profesionales sanitarios, en este escenario, es particularmente exigente. No solo deben aplicar protocolos, sino también ejercer un juicio ético continuo. Se enfrentan a la tensión entre el principio de no maleficencia (no causar daño), el de beneficencia (actuar en beneficio del paciente) y el respeto a la autonomía. En los sistemas donde la eutanasia es legal, estos principios deben equilibrarse con rigor, transparencia y sensibilidad.

Por otro lado, el impacto de estas decisiones se extiende más allá de la persona que las toma. Las familias, los amigos y los propios profesionales viven procesos complejos de duelo, comprensión y, en ocasiones, conflicto interno. El acompañamiento en estos casos requiere recursos no solo médicos, sino también psicológicos y sociales, que permitan elaborar la experiencia sin simplificaciones.

El caso de Noelia Castillo, como otros similares, también interpela al conjunto de la sociedad, pues obliga a preguntarse si se están ofreciendo alternativas suficientes antes de llegar a una decisión irreversible. Los cuidados paliativos, por ejemplo, han avanzado notablemente en el control del dolor físico, pero su acceso no es homogéneo. Asimismo, el abordaje del sufrimiento emocional y existencial sigue siendo un reto pendiente en muchos sistemas sanitarios.

Otro elemento relevante es el lenguaje. Las palabras que utilizamos —“muerte digna”, “ayuda a morir”, “fin de la vida”— no son neutrales. Reflejan marcos conceptuales distintos y pueden influir en la percepción social del fenómeno; por ello, resulta especialmente importante mantener un discurso prudente, que no banalice la gravedad de estas decisiones ni las reduzca a consignas simplificadoras.

En última instancia, la pregunta que planteo en  este artículo sigue abierta: ¿hasta dónde puede —o debe— llegar el respeto por la dignidad del ser humano?                         

 Tal vez la respuesta no resida en una única posición, sino en la capacidad de sostener la complejidad, la de reconocer que hay sufrimientos que no podemos medir desde fuera, pero también que la sociedad tiene la responsabilidad de ofrecer alternativas reales antes de aceptar la muerte como única solución.

El desafío consiste en encontrar un equilibrio que evite tanto la imposición de una visión única de la dignidad como la desprotección de quienes se encuentran en situaciones de especial vulnerabilidad. Ese equilibrio no es estático; evoluciona con el conocimiento médico, los cambios sociales y las experiencias individuales.

Mientras tanto, casos como el de Noelia Castillo nos recuerdan que detrás de cada debate hay una historia personal, irrepetible y profundamente humana. Y que, ante ella, la única actitud verdaderamente adecuada es la que combina respeto, prudencia y una voluntad sincera de comprender, incluso cuando no se comparten las conclusiones.

Porque en el terreno de “la dignidad”, más que certezas absolutas, lo que se requiere es una ética del cuidado, del diálogo y de la responsabilidad compartida.

Dicho lo anterior, te animo a que, con el corazón en la mano, te preguntes como lo he hecho yo ¿Qué derecho como ser humano imperfecto, tengo para decidir lo que es justo o no?

Normalmente acabo mis artículos con alguna exclamación típica canaria, pero puedes creerme amigo que, en esta ocasión, ni eso me atrevo a hacer.

¡Qué cosas!


Fdo. Julio César González Padrón

Marino Mercante y Escritor


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