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| Julio aportando números |
Por: Julio César González Padrón
Artículo de opinión
La indignación generalizada entre los consumidores no solo es legítima, es inevitable cuando se ponen cifras concretas sobre la mesa. Porque detrás del discurso abstracto sobre que, “son las consecuencias del mercado, tensiones internacionales y mentiras día si y día no de un Donal Trump”, que para modificar los precios a su antojo y de sus amigachos, suelta un nuevo aviso de que “esto se acaba pronto” y las bolsas mundiales suben y bajan a la velocidad del rayo; pero lo cierto es que hay una realidad “numérica” que resulta difícil de justificar desde cualquier punto de vista social.
Mientras millones de ciudadanos de a pie ven cómo llenar el depósito o pagar la calefacción se convierte en un problema cotidiano, las grandes energéticas, brókeres con buena información y listillos de turno, continúan acumulando beneficios multimillonarios.
En España, por ejemplo, las principales compañías del sector llegaron a sumar cerca de 10.500 millones de euros de beneficios en un solo año, incluso después de una ligera caída respecto al récord histórico anterior; es decir, incluso en un contexto de supuesta “normalización”, siguen ganando cifras descomunales.
El caso de Repsol es especialmente revelador y sangrante. La compañía cerró 2025 con 1.899 millones de euros de beneficio neto, lo que supone un aumento del 8,1% respecto al año anterior. Pero más significativo aún es el contexto: estos resultados se producen en medio de una enorme volatilidad energética, con tensiones geopolíticas que han disparado los precios del petróleo y, por tanto, el coste que asumen directamente los consumidores.
Además, los márgenes del negocio clave —el refino— aumentaron casi un 20% en 2025, alcanzando cerca de 7,9 dólares por barril. Esto significa que no solo se vende caro; también se gana más por cada unidad procesada. En paralelo, la compañía mantiene políticas de fuerte remuneración al accionista, con miles de millones destina sino dos a dividendos y recompras de acciones.
Y aquí es donde la indignación ciudadana se convierte en algo más que una percepción: se convierte en una cuestión estructural.
Porque mientras el ciudadano paga más, el Estado intenta amortiguar el golpe con medidas como rebajas fiscales —por ejemplo, la reducción del IVA—, renunciando a ingresos públicos. Sin embargo, esas medidas no siempre se traducen en un alivio real para el consumidor, ya que parte de ese “respiro” acaba diluyéndose en la cadena de precios y, en última instancia, en los márgenes empresariales.
Cuando el gobierno, con buen criterio, decidió el pasado domingo a las 00.00 horas bajar el IVA impositivo de un 21% al 10%, con el objeto de paliar la subida, la realidad fue muy distinta; pues los surtidores a las tres horas, solo habían bajado el precio del combustible una media un 15% y que sepamos no hubo ninguna sanción a nadie por la “tomadura de pelo” generalizada. No podemos olvidar que esta medida repercute en los ingresos del Estado y se mantendrá hasta el 30 de junio
Pero, el problema es aún más grave cuando el propio sistema reconoce sus límites. Y es que en un mercado como el español donde operan apenas unas pocas grandes petroleras (5 en total) demostrar un acuerdo explícito entre ellas de precios es extremadamente difícil desde el punto de vista legal. Por ello la realidad resultante es que los beneficios empresariales evolucionan de forma sorprendentemente paralela, generando una sensación de competencia ficticia.
Y lo más preocupante es que, el propio poder político parece asumir de forma implícita, su incapacidad para intervenir con eficacia. Cuando las únicas herramientas visibles son rebajas fiscales que terminan beneficiando indirectamente a las mismas empresas que generan el problema, el mensaje que se transmite es demoledor: “el Estado no controla la situación”.
En otras palabras, asistimos a una paradoja profundamente inquietante. En plena crisis energética:
Los ciudadanos pierden poder adquisitivo.
El Estado recauda menos para intentar protegerlos.
Y las grandes petroleras siguen obteniendo beneficios millonarios e incluso crecientes.
No se trata solo de economía. Se trata de justicia. Porque un sistema que permite que, en medio de una crisis global, los costes se socialicen mientras los beneficios se concentran, no es un sistema equilibrado; es un sistema que está fallando a la mayoría.
Y cuanto más tiempo se tolere esta dinámica, más difícil será convencer a la ciudadanía de que el mercado, tal y como funciona hoy, juega limpio.
Y que no me vengan a hora que es la ley del mercado, la famosa “oferta y demanda” y por lo tanto hay que tragar si o si, porque cuando el hambre comienza a apretar los estómagos, no quedará otro remedio, que “romper la baraja y tirar para el monte”, aunque la situación social llegue a la anarquía, porque seremos solo pueblo llano, pero la esclavitud ya hace mucho tiempo que la superamos y la revolución francesa, nos enseño que nadie es mejor que nadie.
Como decimos los múros de “Terde” donde me incluyo …”Este negocio de las petroleras, ya me está cogiendo la camella y oliendo a trapo quemado” … Y no sé por qué me da que, los de siempre están haciendo su particular agosto a costa de tomarnos el pelo a todos, como si fuéramos pardillos, o lo que es peor, alumnos de la LOGSE socialista, de los que se lo tragan todo, simplemente porque lo dice el líder, pues ahí más a allá … ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas
Fdo: Julio César González Padrón
Marino Mercante y Escritor

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