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| Julio en una firma del libro el Valbanera |
Por: Julio César González Padrón
A lo largo de mis 74 años en este mundo, la Semana Santa ha sido una presencia constante en mi vida, aunque no siempre de la misma manera.
Como cristiano católico practicante, la he vivido desde la fe; como marino mercante, muchas veces desde la distancia, y como español; con el orgullo de pertenecer a una tierra donde esta celebración tiene una fuerza especial.
Hoy, al mirar atrás, no puedo evitar verla como una mezcla de recuerdos pot los que ya no están, emoción, nostalgia, vivencias y también cambios.
Cuando era niño, la Semana Santa, recuerdo que se vivía de otra forma. Había, por ejemplo, un respeto que lo envolvía todo. No era solo cuestión de religión, sino de ambiente. Las calles, las casas, incluso el comportamiento de la gente cambiaba.
El silencio del Viernes Santo impresionaba. Las procesiones no eran un espectáculo, eran casi una oración en movimiento. Se participaba con recogimiento, con seriedad, con una sensación muy clara de estar viviendo algo realmente importante.
Yo personalmente con algunos amigos Boy Scout de Telde, participábamos de forma activa, empujando los pesados tronos. (Pasos)
Pero con los años me hice marino mercante y mi vida me llevó a la mar; allí, la Semana Santa adquirió otro sentido para mí.
No siempre era posible “celebrarla” como tal. El trabajo seguía, los horarios de guardias en el puente de mi barco, no cambiaban y muchas veces ni siquiera había posibilidad de asistir a una misa, aunque fuera escuchándola por la radio que me acompañaba, pues no siempre se podía escuchar, debido a la distancia que de la costa estuviéramos en esos momentos. Pero eso no significaba que pasara desapercibida…1 ¡En absoluto!
Recuerdo días muy concretos, sobre todo los Viernes Santos, en los que encontraba mi propio momento de retiro espiritual. A veces bastaba con apartarme un poco, mirar a través del portillo u Ojo de buey de mi camarote a la mar y pensar. En esos instantes, lejos de todos, me elevaba espiritualmente y la fe se volvía más personal, menos apoyada en lo exterior.
También hubo ocasiones en las que coincidíamos varios creyentes a bordo y compartíamos una oración sencilla. Sin grandes medios, pero con una devoción y sinceridad que ponía los pelos de punta.
La mar también me permitió conocer cómo se vivía la Semana Santa en otros países.
En algunos lugares de América, me llamó la atención la intensidad con la que se vivía estas fechas. La participación era masiva, y se notaba que formaba parte de la vida cotidiana de la gente.
En otros países, en cambio, la celebración era más discreta, más interior. Sin procesiones ni grandes manifestaciones externas, pero también con un profundo sentido religioso.
Eso me hizo entender algo importante, que la forma puede cambiar, pero el fondo es el mismo.
El Volver a España durante estas fechas, siempre tenía algo especial. Aquí la Semana Santa tenía una riqueza, muy difícil de explicar a quien no la ha vivido.
Sin embargo, también he sido testigo de su evolución a través de los años.
En mi niñez y juventud, era casi impensable no vivirla intensamente. Formaba parte de la vida de todos. Con el paso del tiempo, esa obligación ha ido desapareciendo. La sociedad cambia, y con ella también la manera de entender estas fechas.
Hoy en día, veo una realidad distinta; por un lado, sigue habiendo fe y devoción y por otro, hay un interés más cultural o turístico.
No lo juzgo, simplemente lo observo como parte de los tiempos que vivimos.
Pero a pesar de todos los cambios, hay algo que permanece: la Semana Santa sigue siendo, para quien la vive desde la fe, un tiempo de reflexión. Un momento para detenerse, pensar y recordar el sentido profundo de lo que se celebra.
No importa si uno está en una procesión, en una iglesia o en mitad del mar. Lo importante es cómo se vive por dentro.
Con los años, uno aprende a quedarse con lo esencial. Ya no es tanto la forma como “el significado en sí”.
He vivido Semanas Santas muy distintas; algunas rodeado de gente, otras en soledad; unas llenas de tradición, y otras más sencillas. Pero todas, de alguna manera, me han dejado huella.
Hoy a mi madurez, tirando para vejez, las vivo con más calma y serenidad; quizá con más profundidad y reflexiva también. Y si algo tengo claro es que, más allá de los cambios, la Semana Santa sigue siendo un momento especial para mí como creyente.
Un tiempo que me invita a hacer una pausa en mi vida; a recordar, a agradecer, a amar mejor, a crecer por dentro y sobre a seguir creyendo y por supuesto a no olvidar de que…. el Viernes Santo toca Sancocho de Cherne salado con su batata, papitas sancochadas “tudate o del ojo rosado”, pero siempre del país, amén de la pellita de gofio amasado, mojo rojo picón, elaborado con pimienta de la puta la madre, un cuenco con cebollas blancas o coloradas en agua con aceite y vinagre, y todo ello con una caja de “Agua de San Roque”, a mano que, lo mismo te quita la sed que, te ayuda a hacer la digestión” … ¿De postre dices?... ¡Por Dios! .... Ni dudarlo, las torrijas de toda la vida de Mamá Consuelo y si después del emboste, sobrara algo de pescado; cosa que dudo, sobre todo si acuden el rancho de hermanos, con sus respectivas parejas, más algún que otro allegado, que siempre aparece y se apunta, pues al día siguiente se hace “un encebollado”, que también está tan rico. Jajajaja.
¡Pero qué suerte tiene uno de vivir en Canarias cristiano!
¡Qué cosas!
Fdo: Julio César González Padrón
Marino Mercante y Escritor

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