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| La leyenda negra, por Luis Seco |
Luis Seco de Lucena
22/03/2026
Artículo de opinión
Hay países que estudian su historia y países que la usan como un acto de penitencia. España, desde hace demasiado tiempo, parece empeñada en lo segundo. Basta una referencia a la conquista de América, basta que Felipe VI comente que hubo abusos –como si alguien sensato pudiera negar la violencia inherente a toda empresa imperial del siglo XVI–, para que se active la vieja maquinaria del arrepentimiento obligatorio: el coro del perdón, la letanía del genocidio y la costumbre, ya casi burocrática, de sentar a España en el banquillo de los acusados como culpable de la historia.
Porque ese es el fondo del asunto. No se trata de analizar el pasado, sino de explotar su rentabilidad moral en el presente. No se trata de comprender lo que fue la conquista de América, con toda su complejidad, sus luces, sus sombras y sus contradicciones, sino reducirla a una pieza propagandística de fácil consumo: españoles crueles, indígenas inocentes, culpa eterna y penitencia hereditaria. Una historia convertida en catecismo. Una caricatura elevada a dogma.
Y, sin embargo, la pregunta incómoda sigue ahí: ¿por qué solo España? ¿Por qué el único imperio al que se le exige perdón con regularidad casi litúrgica es el español? ¿Dónde está esa misma insistencia con otros imperios que colonizaron, esclavizaron, arrasaron y expoliaron medio mundo? La respuesta no es histórica, sino ideológica: España sigue siendo un blanco rentable. Sobre ella puede descargarse toda la sentimentalidad retrospectiva de una época encantada de juzgar el pasado para no tener que entenderlo.
Conviene dejar una cosa clara desde el principio: hubo abusos. Por supuesto que los hubo; solo un fanático o un ignorante podría negarlo. Hubo violencia, explotación, codicia, arbitrariedad y brutalidad, como las hubo en cualquier expansión imperial de la época. Pero una cosa es reconocer los abusos y otra muy distinta aceptar la falsificación sistemática que presenta la presencia española en América como un genocidio planificado, casi como una industria de exterminio con respaldo moral, político y jurídico de la Corona. Eso no es historia. Eso es un panfleto con pretensiones académicas.
La llamada leyenda negra no consiste en afirmar que hubo sombras. Sombras hubo y abundantes. La leyenda negra consiste en afirmar que solo hubo sombras; en convertir a España en una excepción monstruosa dentro de un mundo que, por lo visto, debía de repartir flores, tratados de igualdad y diplomas de derechos humanos en pleno siglo XVI. La leyenda negra consiste en borrar todo lo que incomoda al relato: el mestizaje, la fundación de ciudades, universidades y hospitales, la creación de estructuras administrativas, la legislación protectora de los indígenas impulsada por la propia Corona.
Ese punto resulta particularmente irritante para quienes necesitan un verdugo químicamente puro. Los reyes de España dictaron leyes en defensa de los nativos. Hubo un cuerpo normativo específico en las Indias. Hubo discusión moral y teológica. Hubo incluso mecanismos de protección legal y figuras destinadas a la defensa de los indígenas. Pero sí desmonta la simpleza del relato genocida repetido hoy con fervor escolástico por quienes, porque confunden complejidad histórica con debilidad argumental,
En esa tarea de desbrozar mitos ha insistido el historiador mejicano Juan Miguel Zunzunegui, cuyas tesis resultan incómodas porque obligan a abandonar el dibujo infantil de buenos y malos. La conquista no fue una guerra de españoles contra indios, como si América hubiera constituido una unidad política, cultural y militar homogénea. Fue también una suma de alianzas entre pueblos indígenas y españoles contra otros poderes indígenas. Fue una realidad mestiza, conflictiva, fragmentaria. Pero eso estropea la consigna, y la consigna, en nuestros días, tiene más prestigio que la verdad.
También se calla, o se maquilla, otra evidencia fundamental: buena parte del colapso demográfico indígena obedeció a enfermedades llegadas desde Europa, no a un plan sistemático de exterminio. Pero las epidemias no sirven bien al discurso de la culpa hereditaria. Un virus no se arrodilla, no pide perdón y no puede ser usado como instrumento de agitación política. España, en cambio, sí.
El problema ya no es historiográfico, sino moralmente teatral. Se ha instado la idea de que el presente posee una superioridad suficiente para juzgar sin apelación a sociedades de hace quinientos años. Y así, desde la comodidad del sillón democrático, se citan sentencias contra hombres que vivieron en un mundo radicalmente distinto, bajo otras categorías jurídicas, religiosas, bélicas y culturales. Es una forma de narcisismo histórico: no se trata de estudiar el pasado para comprenderlo, sino para usarlo como espejo donde admirar la propia pureza moral.
No se trata de absolver nada. Se trata de no falsearlo todo. Se trata de negarse a participar en esa ceremonia ridícula según la cual España debe comparecer eternamente ante el tribunal de los ofendidos selectivos, mientras otros imperios pasan de puntillas por el juicio de la historia. Se trata, en suma, de defender algo tan elemental como el rigor frente a la consigna.
Porque una nación adulta no se dedica a blasfemar de su pasado para satisfacer a los inquisidores del presente. Lo estudia, lo discute, lo asume y lo contextualiza. Y sobre todo evita esa trampa presuntamente intelectual, tan cómoda como vulgar, de aplicar la mentalidad occidental actual a hechos ocurridos hace cinco siglos.
Eso no es justicia histórica. Eso es vanidad moral con ínfulas de sentencia.
Y conviene dejarlo escrito con toda claridad: quienes juzgan el siglo XVI como si hubiera ocurrido anteayer no están haciendo historia; están haciendo propaganda contra España con fecha retroactiva.

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