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domingo, 22 de marzo de 2026

La construcción mediática de los conflictos armados contemporáneos: percepción, poder y duración

 

 Por: Julio César González Padrón

Artículo de opinión

En el contexto de las sociedades contemporáneas, caracterizadas por la sobreabundancia informativa, la comprensión de los conflictos armados se encuentra profundamente mediada por los sistemas de comunicación.

 Lejos de constituir un acceso directo a la realidad, las noticias que circulan en torno a escenarios bélicos —como los conflictos en Oriente Medio o la guerra en Ucrania— responden a procesos de selección, interpretación y encuadre que condicionan la percepción pública. En ese sentido diversos estudios en comunicación política y sociología de los medios han señalado que la información en contextos de guerra no es neutral, sino que se encuentra atravesada por intereses estratégicos y narrativos.

Con este articulo pretendo denunciar cómo la construcción mediática de la guerra influye en la percepción social del conflicto, plantear interrogantes sobre la identificación de “ganadores” y perdedores” en el plano informativo, y reflexionar sobre la duración de los conflictos contemporáneos, con especial atención al caso de Ucrania bajo el liderazgo del rubito ruso con sueños imperialista de Zar, Vladimir Putin.

La guerra moderna no puede entenderse exclusivamente en términos militares, pues como han señalado autores clásicos de la teoría social, todo conflicto armado implica también una dimensión simbólica en la que se disputan significados, legitimidades y percepciones. En este sentido, los medios de comunicación actúan como intermediarios fundamentales en la construcción de la realidad bélica.

El proceso informativo se articula mediante lo que la teoría del “agenda-setting” describe como la capacidad de los medios para determinar no tanto qué pensar, sino sobre qué pensar. En el contexto de la guerra, esta función adquiere una relevancia crítica, ya que la selección de acontecimientos, imágenes y testimonios configura el marco dentro del cual el público interpreta el conflicto.

A ello se suma el fenómeno del llamado “framing” o encuadre, mediante el cual los hechos son presentados desde determinadas perspectivas que orientan su interpretación. Así, una misma acción militar puede ser descrita como “operación defensiva” o “agresión injustificada”, dependiendo del emisor del mensaje. Esta dualidad evidencia que la información bélica no es meramente descriptiva, sino profundamente interpretativa.

La relación entre medios de comunicación y poder político en contextos de guerra ha sido ampliamente documentada. El modelo de propaganda desarrollado por Chomsky y Herman (1988) sostiene que los medios, especialmente en contextos de conflicto, tienden a reproducir los intereses de las élites políticas y económicas. Esto se traduce en una cobertura que, lejos de ser imparcial, refuerza determinadas narrativas hegemónicas.

En el ámbito internacional, cada actor implicado en un conflicto despliega estrategias comunicativas destinadas a influir en la opinión pública global. Así, la difusión de imágenes, la gestión de los tiempos informativos y la selección de fuentes, forman parte de una arquitectura comunicativa orientada a legitimar posiciones propias y deslegitimar al adversario.

Como consecuencia, el receptor de la información se enfrenta a un escenario caracterizado por la fragmentación y la ambigüedad. La pregunta sobre quién “va ganando la guerra”, pierde sentido en términos absolutos y se transforma en una cuestión relativa al relato dominante en cada contexto mediático. En otras palabras y hablando en el “cristiano de toda la vida”, la percepción de victoria o derrota no depende únicamente de la evolución del conflicto, sino de su representación simbólica.

Uno de los efectos más significativos de la mediación informativa es la creciente distancia entre la realidad del conflicto y su percepción pública. La repetición de imágenes impactantes, la simplificación de los acontecimientos y la lógica de la inmediatez contribuyen a generar una experiencia fragmentaria del conflicto.

Además, la clásica saturación informativa puede derivar en fenómenos de “fatiga mediática”, en los que el público reduce progresivamente su atención hacia el conflicto, a pesar de su continuidad. Este proceso favorece la invisibilización de guerras prolongadas y contribuye a la normalización de la violencia en determinados contextos.

En este sentido, la guerra que “nos llega” a través de los medios no es equivalente a la guerra que efectivamente tiene lugar. Se trata más bien, de una construcción mediada, parcial y, en ocasiones instrumentalizada.

La evolución reciente de los conflictos armados sugiere una tendencia hacia su prolongación en el tiempo. Lejos de las guerras convencionales de corta duración, los enfrentamientos actuales suelen caracterizarse por su complejidad, la multiplicidad de actores implicados y la interdependencia de factores políticos, económicos y geoestratégicos.

La guerra en Ucrania constituye un ejemplo paradigmático de esta dinámica. Lo que inicialmente pudo interpretarse como una operación de rápida resolución se ha transformado en un conflicto prolongado, con implicaciones regionales y globales. La estrategia desarrollada por el gobierno ruso bajo el rubito hijo de la antigua KGB soviética Vladimir Putin, ha contribuido a consolidar un escenario de confrontación sostenida, en el que la resolución inmediata parece improbable.

De manera similar, los conflictos en Oriente Medio presentan una persistencia estructural derivada de factores históricos, identitarios y geopolíticos. 

La intervención de potencias externas, la fragmentación interna de los actores y la ausencia de consensos duraderos dificultan la consecución de soluciones estables.

La idea de una “ver una luz al final del túnel” en los conflictos contemporáneos debe ser abordada con cautela. Si bien existen esfuerzos diplomáticos y mecanismos internacionales orientados a la resolución de disputas, su eficacia se ve limitada por la complejidad de los intereses en juego.

En este contexto, el análisis de la guerra requiere una aproximación crítica que tenga en cuenta no solo los acontecimientos militares, sino también los procesos de construcción mediática que los acompañan. La comprensión de los conflictos armados pasa, necesariamente por el reconocimiento de que la información disponible está mediada por estructuras de poder y por estrategias comunicativas específicas.

En conclusión, la guerra contemporánea debe entenderse como un fenómeno multidimensional en el que confluyen la violencia material y la producción simbólica. La percepción pública del conflicto, lejos de ser un reflejo transparente de la realidad, constituye un espacio de disputa en sí mismo.

 Solo a través de una lectura crítica de los medios es posible aproximarse a una interpretación más rigurosa y compleja de los conflictos actuales.

Aquello de que los americanos eran siempre los buenos y los indios los malos, ya no se lo creen más que los alumnos progres de la LOGSE socialista, que como he dicho cientos de veces, destacan por ser “progres, sí”, pero burros hasta la saciedad y sin capacidad de análisis individual.

Y para acabar con una frase propia de un maúro de “Terde” mi pueblo, les diré, que …” Pá mi corto entender y menos largo conocimiento, estos del “parte de hoy en la tele”, nos han vuelto acoger la camella con la venta de los plátanos. Nos metieron una porrada de batatas y se quedaron tan panchos; cosa qué, por otra parte, no me extraña nada, porque…Ahí más allá… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!


Fdo. Julio César González Padrón

Marino Mercante y Escritor


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