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martes, 24 de marzo de 2026

¿Hemos olvidado ya la guerra de Ucrania?

 

Julio recordando otra guerrra

Por: Julio César González Padrón

Artículo de opinión

Hay guerras que ocupan portadas… Y guerras que, sin haber terminado, desaparecen del foco de nuestra conciencia. No porque hayan cesado las bombas, ni porque el sufrimiento haya disminuido, sino porque nuestra atención —voluble, saturada, a veces cómoda— se ha desplazado hacia otros conflictos, otras urgencias, otras narrativas. Pero la realidad no entiende de ciclos informativos. Y en Ucrania no podemos, ni debemos olvidar de que la puta guerra, producida por los sueños imperialistas de un loco ex agente ruso de la KGB, con aspiraciones en convertirse en un Zar del siglo XXI, no ha acabado. 

Cada día que pasa sin que hablemos de ella es un día más en el que hombres, ancianos, mujeres y niños siguen despertando con el sonido de las sirenas, con la incertidumbre como rutina y con la resistencia como única opción. No es una guerra lejana ni ajena: es una herida abierta en el corazón de nuestra vieja Europa. Una herida que no debería permitirnos dormir tranquilos.

Ucrania no lucha solo por su territorio. Lucha por algo mucho más profundo: el derecho de un pueblo a decidir su futuro, a preservar su identidad, a vivir sin imposiciones externa; en definitiva, a defender su identidad como pueblo soberano. Lucha por principios que durante décadas hemos considerado pilares inquebrantables de nuestra convivencia: la soberanía, la libertad, la dignidad humana. Y, sin embargo, mientras ese pueblo resiste, el resto del mundo parece acostumbrarse: desgraciadamente nos estamos acostumbrando a que así sea.

Nos acostumbramos a ver ciudades destruidas como si fueran paisajes lejanos. Nos acostumbramos a cifras de víctimas que ya no nos conmueven como antes. Nos acostumbramos, incluso, a la idea de que esta guerra es “una más”. Y ese es el mayor peligro: la normalización de lo inaceptable.

Porque no hay nada normal en que una nación sea invadida. No hay nada aceptable en que la fuerza bruta pretenda imponerse sobre el derecho. No hay nada justificable en el sufrimiento sistemático de una población que no ha elegido la guerra, pero que se ha visto obligada a resistirla.

Europa, ni los europeos podemos permitirnos el lujo del olvido, como tampoco intentar justificar nuestra conciencia con eslóganes facilongos de “progres buenos buenísimos” como el que lanza Pedro Sánchez, de “NO A LA GUERRA”. Europa entera No puede hacerlo porque su propia historia está escrita con las consecuencias de mirar hacia otro lado. No puede hacerlo porque los valores que proclama —libertad, democracia, justicia, en definitiva “humanismo”— pierden sentido si no se defienden cuando son atacados. Y no puede hacerlo porque Ucrania no es solo “otro país”: es un reflejo de lo que está en juego para todos.

Olvidar Ucrania sería, en cierto modo, renunciar a nosotros mismos.

No se trata únicamente de gobiernos, de sanciones o de estrategias militares. Se trata también de la conciencia colectiva. De no dejar que el cansancio nos convierta en indiferentes. De exigir información, de hablar del tema, de mantener viva la memoria de lo que está ocurriendo. Porque mientras haya ojos mirando, hay presión; y mientras haya presión, hay esperanza.

El pueblo ucraniano ha demostrado una resiliencia extraordinaria. Ha resistido no solo con armas, sino con determinación, con identidad, con una voluntad inquebrantable de no someterse. Pero ninguna resistencia debería ser solitaria. Ningún pueblo debería sentir que el mundo se ha cansado de su sufrimiento.

Hoy más que nunca, es necesario recordar. Recordar que la guerra sigue. Recordar que la injusticia persiste. Recordar que hay personas reales, con nombres y vidas, pagando el precio más alto, y sobre todo, actuar en consecuencia.

No con gestos vacíos, sino con compromiso. No con palabras efímeras de “progres trasnochados y fumados tipo Podemos y compañía”, sino con una voluntad sostenida de no apartar la mirada. Porque la libertad, cuando no se defiende, se erosiona. Y la indiferencia, cuando se instala, se convierte en cómplice.

Ucrania no necesita nuestra lástima. Necesita nuestra atención, nuestra memoria y nuestra firmeza moral, y que no se apague su voz entre el ruido del mundo. Que no se diluya su lucha en el olvido, porque mientras ellos resisten, nosotros no tenemos derecho a olvidar.

No amigo y me dirijo expresamente a ti “bueno buenísimo de izquierdas”, no progre de izquierda, tu aceptable forma de plantear las soluciones no se mantiene en pie. No es comprensible; y desde luego no es justificable, que mientras Ucrania sangra, el llamado mundo libre bostece y tú te dedique a salir gritando en manifestaciones, que no conducen a nada practico. “A Dios rogando y con el mazo dando, aunque tu “izquierdoso” seas normalmente ateo, más por ignorancia manifiesta, que no por razonamiento”

 La única triste verdad es que han pasado los años desde que comenzó la invasión y, con ellos, se ha ido desvaneciendo algo aún más el peligro al miedo y a la indignación.                                          

Lo que al principio era una sacudida moral —un rechazo claro, firme, casi unánime— se ha ido diluyendo en discursos tibios, prioridades cambiantes y una comodidad que roza la complicidad; porque sí, hay una palabra incómoda que debemos atrevernos a pronunciar: complicidad que no es más que… “Cobardía”.

 Pero a pesar de ello, puedo admitir que, hasta cierto grado no sea necesario empuñar un arma para ser cómplice. Basta con mirar hacia otro lado. Basta con normalizar lo intolerable. Basta con dejar que una guerra injusta se convierta en ruido de fondo mientras seguimos con nuestras vidas, como si nada esencial estuviera en juego, pero la realidad es que lo está y punto.

Porque en Ucrania, la Rusia de Putin, no solo se bombardean ciudades.  Bombardea la idea misma de que el Derecho Internacional sirve para algo, aunque esta verdad, tampoco guste mucho al otro “rubio pistolero americano a al loco bélico judío del Benjamín Netanyahu”, que con el rollo de que pertenece al pueblo de Dios, se permitió el lujo de cargarse en su día, hasta al propio Jesucristo y solo por ser judío palestino y hablaba con la “libertad de los condenados”.                                                                 Hoy se bombardea con la creencia de que las fronteras no se cambian por la fuerza. Se bombardea la noción de que las democracias, cuando son puestas a prueba, están a la altura de sus propios principios.

Y, sin embargo, ¿Qué está haciendo el mundo?

Declaraciones. Cumbres. Promesas, y “leche “machanga” como decimos en canarias, amén de   titulares que duran lo que tarda en llegar la siguiente crisis. Y mientras tanto, los ucranianos siguen enterrando a sus muertos, defendiendo sus casas, resistiendo una maquinaria militar que no se detiene, porque nosotros estemos cansados; Ellos no tienen el privilegio del cansancio; nosotros sí, y lo estamos usando como un acobarde excusa.

Europa, que tanto presume de memoria histórica, parece haber olvidado demasiado deprisa. Olvidado lo que ocurre cuando se tolera la expansión de la fuerza sobre el derecho. Olvidado lo que significa abandonar a quienes están en primera línea de defensa de los valores que decimos compartir. Olvidado que la paz no se mantiene sola: se protege, se defiende, se sostiene con hechos, y el resto del mundo libre no está mejor.

Se mide cada decisión en términos de coste político, de impacto económico, de conveniencia estratégica. Se calcula. Se dosifica. Se retrasa. Como si la libertad de un pueblo pudiera ponerse en una balanza. Como si la dignidad tuviera precio. Como si el tiempo no jugara en contra de quienes están siendo atacados.

¡Es una auténtica vergüenza! No hay otra palabra más honesta.

Vergüenza que una agresión tan clara haya encontrado tantas zonas grises en las respuestas. Vergüenza que el apoyo, aunque existente, sea tantas veces insuficiente, tardío o condicionado. Vergüenza que la atención mediática haya migrado, como si el sufrimiento tuviera fecha de caducidad.

¿De verdad creemos que esto no nos concierne? ¿De verdad pensamos que podemos permitirnos el lujo de la indiferencia sin consecuencias?

Cada concesión a la fatiga moral es una victoria para quien impone la fuerza. Cada silencio es un espacio que ocupa la impunidad. Cada día en el que Ucrania resiste casi sola, es un recordatorio de que el “mundo libre no siempre está a la altura de su propio nombre”; y eso queridos paisanos, debería incomodarnos profundamente.

No basta con no estar de acuerdo con la guerra. No basta con condenarla en abstracto como hacen alguno. No basta con sentir una vaga simpatía por quienes la sufren. Si los principios no se defienden cuando son incómodos, entonces no son principios: son adornos de mierda sujetos en un palo a modo de pinchitos morunos.

Ucrania está pagando el precio de defender algo que muchos dan por sentado, y triste, muy triste es que lo está pagando con sangre.

La pregunta no es qué está pasando allí. La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer nosotros aquí. Si vamos a seguir refugiándonos en la distancia, en la fatiga, en la excusa de que “ya es demasiado complejo”, o si vamos a recuperar algo tan básico como la coherencia moral, porque al final, esto no va solo de Ucrania.

Va de hasta qué punto estamos dispuestos a tolerar la injusticia cuando no nos golpea directamente. Va de si los valores que repetimos en discursos tienen algún significado real. Va de si el mundo libre es, de verdad, libre… ¿O solo lo es mientras no tenga que demostrarlo? Ahora mismo, la respuesta no deja en buen lugar a nadie, excepto a quienes, bajo las bombas, siguen resistiendo.

Ellos no han fallado…Nosotros, sí.

Y no me vengas ahora a decirme que por hablar así, soy “un facha”, porque desde que tengo uso de razón lo vengo haciendo “con la libertad de los condenados” y por mucho eslogan barato, fumado , trasnochado y hortera que me muestres como el  de: “no a la guerra y  haz el amor y no la guerra”; Yo que ya tengo 74 años y acumulo mucho salitre en los ojos  de tanto mar navegado durante toda mi vida, me paso tus “baratos eslóganes” por “la gatera de la popa de mi barco, que posiblemente no conozcas, ni de que se trata . “y que tu corta progre mente de   bueno buenísimo de izquierdas”, no ha visto en su vida, porque eso de trabajar en la mar, es muy duro para especímenes como tú, que prefieres perder el tiempo vociferando en los mítines callejeros y fumarte un porrito, para olvidar, de vez en cuando” 

Así que, te desde ya te advierto y como lo hacemos los maúros , viejos lobos de mar y de “Terde” como yo …” “¡Cristiano!..., déjese de manchagadas y amarre las cabras, que tengo al macho suelto”;  mire que… ¡Casos se han dado!


¡Qué cosas!,


Fdo. Julio César González Padrón

Marino Mercante y Escritor


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