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| Una Canario con familia Cubana, Julio González Padrón |
Por: Julio César González Padrón
Artículo de opinión
Desde hace tiempo, y con una inquietud que no deja de crecer, me hago una pregunta que considero imprescindible plantear públicamente: ¿Puede Occidente confiar en Donald Trump como aliado estratégico y como garante de los valores democráticos que, durante décadas, han sustentado el orden internacional?
No se trata de una reflexión barata propia de un viejo “lobo de mar”, que por edad acumula ya mucho salitre en su cuerpo y que ha visto demasiado mundo como para no estar en posesión de poder presumir de que carece ideología política o partidista, si exceptuarnos la “Humanística”, renacida en Europa, tras la cruel la Segunda guerra Mundial. Es más bien, una preocupación ética y moral que me nace de observar con atención la forma en que el presidente estadounidense concibe el poder, las relaciones entre estados y el papel de Estados Unidos en el mundo.
Durante buena parte del último siglo, USA —con todos sus errores y contradicciones— ha sido percibido como uno de los pilares fundamentales del sistema internacional surgido tras esa nombrada Segunda Guerra Mundial; Un sistema imperfecto sin duda, pero basado en reglas, acuerdos multilaterales, alianzas estratégicas y organismos internacionales qué, en mayor o menor medida, han servido para evitar que el planeta vuelva a caer en el caos de los grandes conflictos globales.
Ese sistema no surgió por casualidad. Fue construido precisamente bajo el liderazgo estadounidense y con el compromiso de defender ciertos principios y valores universales; tales como: cooperación entre aliados, respeto a tratados internacionales, estabilidad económica y defensa —al menos en teoría— de los valores democráticos.
Sin embargo, el estilo político de Donald Trump parece situarse en una lógica radicalmente distinta.
Con frecuencia me refiero a él, de forma deliberadamente provocadora, como “el rubio pistolero del lejano y salvaje oeste americano que desenfunda con rapidez su Colt 45 largo y lo acompaña, con esa frase chulesca de…” En este pueblo no hay sitio para los dos, forastero” …, para a continuación no dudar en disparar y matar a su oponente”.
No es un simple recurso literario. Es una metáfora que describe con bastante precisión su forma de ejercer el poder: impulsiva, personalista, basada en la confrontación y en la lógica del más fuerte, más propia de un duelo en una calle polvorienta del oeste americano, que de la compleja diplomacia que exige el siglo XXI.
Trump no parece creer en el multilateralismo. Lo desprecia abiertamente. Ha criticado organismos internacionales fundamentales como la ONU, ha cuestionado alianzas históricas como la CE o la misma OTAN y ha tratado a socios tradicionales como si fueran competidores desleales o incluso enemigos potenciales.
Su consigna política más repetida, “America First”, no es simplemente un lema electoral. Es una concepción del mundo. Bajo ese principio, los compromisos internacionales se convierten en meros instrumentos temporales que pueden romperse o ignorarse en cuanto dejan de servir a los intereses inmediatos de Estados Unidos o los de él mismo y sus amigachos multimillonarios republicanos que le ríen la gracia.
El problema no es que un país defienda sus intereses nacionales. Eso lo hacen todos los estados. El problema aparece cuando esa defensa se convierte en unilateralismo agresivo como es su caso, en desprecio por las reglas compartidas y en una política exterior basada más en la amenaza que en la cooperación.
En los últimos años hemos visto cómo Trump se ha saltado acuerdos internacionales cuando le ha parecido oportuno, ha presionado a aliados mediante amenazas comerciales, ha utilizado los aranceles como arma política y ha sembrado dudas sobre la solidez de alianzas que durante décadas han sido la base de la seguridad occidental.
Europa tampoco ha escapado a su retórica. La Unión Europea ha sido tratada en numerosas ocasiones más como un rival económico que como un socio estratégico. Esa visión rompe con décadas de cooperación transatlántica que fueron fundamentales para construir estabilidad política, económica y militar en ambos lados del Atlántico.
Pero quizás lo más preocupante no sea únicamente su política exterior, sino el marco ideológico que la sustenta.
Trump ha contribuido a normalizar un tipo de liderazgo político basado en el desprecio a las instituciones, en la simplificación extrema de los problemas internacionales y en una retórica populista propia de los ultra nacionalistas de derechas, reduce la política global a una especie de mercado salvaje, donde cada país debe imponerse sobre los demás dejando claro de que USA es el macho Alfa, al que todos deben obediencia y pleitesía ciega.
Ese planteamiento no solo erosiona la confianza entre aliados. También debilita los fundamentos mismos del orden democrático liberal que Estados Unidos decía representar.
Las democracias no se sostienen únicamente con elecciones. Se sostienen con respeto a las normas, con instituciones fuertes, con equilibrio de poderes y con una cultura política que reconoce que el poder debe tener límites, pues cuando un líder político desprecia esos límites, trivializa las instituciones o gobierna guiado más por impulsos personales que por estrategias de largo plazo, el riesgo para la estabilidad democrática se vuelve evidente.
En el caso de Trump este autoritarismo que desprende un cierto tufillo hitleriano, deja al descubierto una tendencia que se ha manifestado tanto en su política interna como en su política internacional.
A ello se suma una visión profundamente utilitarista de la geopolítica, donde las relaciones entre países parecen depender más de afinidades personales entre líderes que de compromisos institucionales duraderos.
En ese escenario, las alianzas dejan de ser estructuras estables y se convierten en relaciones volátiles, sujetas al humor, al cálculo político inmediato o incluso a intereses económicos concretos y esto, para un mundo ya de por sí inestable, resulta inquietante.
Cuando el principal poder militar y económico del planeta (USA), actúa con lógica unilateral, el equilibrio internacional se resiente. Los aliados dudan, los adversarios se fortalecen y el sistema de reglas que ha permitido cierta estabilidad global comienza a agrietarse.
Por eso la cuestión inicial no es una provocación retórica. Es una pregunta legítima que merece ser planteada con claridad. ¿Puede Occidente confiar su estabilidad a un liderazgo que parece cuestionar las propias bases del sistema internacional que Estados Unidos ayudó a construir?
Quizá la reflexión más importante no sea únicamente sobre Donald Trump como figura política. Tal vez el verdadero debate sea si estamos entrando en una “nueva era” en la que el liderazgo global abandona la cooperación y regresa a la vieja lógica de las potencias que actúan sin reglas, sin compromisos y sin instituciones capaces de moderar sus decisiones.
Si ese es el camino, no solo estará en juego el papel de Estados Unidos en el mundo entero; estará en juego algo mucho más profundo: la supervivencia misma del modelo democrático occidental que durante décadas ha servido —con todas sus imperfecciones— como referencia política para buena parte del planeta.
Porque la historia ha demostrado una y otra vez que las democracias no suelen derrumbarse de un día para otro. Se erosionan lentamente, cuando la desconfianza sustituye al respeto institucional, cuando el liderazgo se confunde con el personalismo y cuando el poder comienza a actuar al margen de las reglas que él mismo ayudó a crear.
Y si algún día el mundo llega a descubrir que el viejo faro (USA), de la democracia occidental ha decidido apagar su propia luz para iluminar únicamente su propio interés, entonces el problema ya no será Donald Trump; el problema será que habremos entrado, casi sin darnos cuenta, en una era mucho más oscura e incierta para todos y utilizando algo que tanto me gusta como son las expresiones del sabio hombre del campo canario … ¡Cristiano!, esto se parece cada día más, a un potaje de verjilla y no me venga ahora Mariquita, a decirme eso de…¡Por Dios!, pero qué es exagerado es este maúro de Terde del Julito González el de Don Luis , que usted sabe cómo yo qué….¡Caso sean dado!
¡Qué cosas!
Fdo: Julio César González Padrón
Marino Mercante y Escritor

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