| Mientras caen guardias civiles, sobran excusas |
Luis Seco de Lucena
11/05/2026
Hay palabras que ya llegan sucias a la conversación. Droga es una de ellas. No por su sonido, sino por lo que arrastra: hogares quebrados, padres que envejecen de golpe, hijos que se desdibujan hasta no reconocerse. La droga no es una anécdota de ocio ni una travesura de fin de semana. Es una grieta que se abre en silencio y termina partiéndolo todo. Familias, barrios, generaciones enteras. Y mientras algunos juegan a relativizarlo desde la comodidad de un despacho, otros se dejan la vida intentando contener ese veneno.
Y esta semana, otra vez, la noticia que ya no debería ser costumbre: dos guardias civiles muertos en acto de servicio. Dos vidas truncadas en una persecución contra traficantes de droga. Dos nombres que pasarán a una lista que crece con una facilidad que debería avergonzarnos a todos. Porque no estamos hablando de cifras. Estamos hablando de personas que salieron de casa para proteger a los demás y no volvieron.
Y entonces llega la explicación oficial. “Un accidente”. Así, sin rubor. Como si la violencia del narcotráfico fuera un fenómeno meteorológico, inevitable, caprichoso, casi natural. Un accidente. Qué palabra tan cómoda cuando uno quiere quitarle hierro a lo que duele. Qué forma tan eficaz de anestesiar la indignación.
Mientras tanto, el funeral. Las familias rotas, los compañeros firmes, el silencio pesado de quien sabe que mañana puede tocarle a él. Y el ministro del Interior, ausente. En Canarias, con los brazos cruzados, supervisando la evacuación del crucero de lujo Hondius. Una imagen que, por sí sola, ya dice demasiado. Como si no hubiera prioridades. Como si no hubiera jerarquía en el dolor. Como si el país pudiera permitirse ese tipo de ausencias. Más aún cuando el Gobierno ya estaba representado allí por la ministra de Sanidad.
No se trata de un gesto protocolario. Se trata de respeto. De estar donde hay que estar cuando hay que estar. De entender que hay momentos que no admiten excusas ni agendas paralelas. Porque cuando dos guardias civiles mueren en acto de servicio, no es solo una tragedia para sus familias. Es un golpe a todos.
Y en medio de todo esto, la pregunta que nadie quiere responder con claridad: ¿están nuestras fuerzas de seguridad suficientemente equipadas para enfrentarse a estas bandas? Porque los narcos no van en precario. No improvisan. Tienen medios, logística, dinero y una impunidad que empieza a ser insultante. Frente a eso, no basta con el valor. El valor, por sí solo, no detiene lanchas ni neutraliza organizaciones criminales.
Es imperativo —y no es una palabra exagerada— dotar a las fuerzas de seguridad del Estado de los medios necesarios para actuar con garantías. Embarcaciones adecuadas, tecnología, refuerzos humanos, respaldo político real. No discursos. No minutos de silencio que se olvidan al día siguiente. Medios. Protección. Respeto efectivo.
Porque la realidad es tozuda. Y la comparación, inevitable. En otros países, la lucha contra el narcotráfico se libra con contundencia. Allí caen los narcos. Aquí, demasiado a menudo, caen los guardias civiles. Y eso no es una fatalidad. Es una elección. Una consecuencia directa de cómo se decide actuar… o de cómo se decide mirar hacia otro lado.
Y ya va siendo hora de dejar de llamar accidente a lo que, en el fondo, es abandono.
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