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viernes, 6 de marzo de 2026

No a la guerra. Bueno un poco sí Cuando la guerra se disfraza de palabras


Buen artículo


Luis Seco de Lucena

06/03/2026

Artículo de opinión


En los últimos días, dirigentes políticos han repetido con notable cuidado una fórmula lingüística que pretende tranquilizar o más bien movilizar a la opinión pública: “no a la guerra”. Sin embargo, mientras se pronuncia esa frase, se ordena el despliegue de un buque de guerra, sistemas de defensa aérea, logística y seguramente dispositivos de inteligencia hacia una región donde se combate abiertamente. La contradicción es evidente.

Conviene empezar por una constatación elemental: enviar un buque de guerra, con todos sus sistemas de armas operativos, a una zona de guerra es ir a la guerra. Puede hacerse con mayor o menor intensidad, con mayor o menor exposición al combate directo, pero forma parte del mismo fenómeno. La guerra no comienza únicamente cuando se dispara el primer cañón propio; comienza cuando un Estado decide involucrar sus medios militares en un escenario bélico.

Durante décadas, los manuales militares han explicado algo que la política contemporánea parece haber olvidado, o quizá pretende que olvidemos: la guerra no es sólo el combate. La defensa es parte de la guerra. Proteger un espacio aéreo, escoltar convoyes, interceptar amenazas o desplegar escudos antimisiles no constituye una actividad neutral. Es una función militar dentro de un conflicto armado.

Lo mismo ocurre con la logística. Los ejércitos no combaten si alguien no les suministra combustible, munición, inteligencia, comunicaciones y apoyo técnico. La logística es parte de la guerra. Quien sostiene la cadena de suministro sostiene la capacidad de combate. Negar ese hecho equivale a ignorar siglos de historia militar.

Tampoco puede olvidarse otra dimensión, menos visible pero igualmente decisiva: la desinformación. La desinformación es parte de la guerra. Lo ha sido siempre. En el pasado se llamaba propaganda; hoy adopta formas más sofisticadas, pero persigue el mismo objetivo: moldear la percepción pública para hacer aceptables determinadas decisiones estratégicas.

En este contexto, el debate público se ha desplazado hacia un terreno peculiar: el de la semántica. No se discute tanto qué se está haciendo como cómo se denomina aquello que se está haciendo. Se envían medios militares, pero no se habla de participación. Se despliegan sistemas de defensa, pero se insiste en que no hay implicación bélica. Se sostienen operaciones logísticas, pero se presentan como gestos de prudente vigilancia.

Sin embargo, cambiar las palabras no cambia la naturaleza de los hechos.

Cuando un Estado moviliza medios militares hacia un teatro de operaciones activo, participa —en mayor o menor grado— en ese conflicto. Negarlo no lo transforma en otra cosa; simplemente lo oculta bajo un barniz lingüístico.

Cualquier otra explicación es pura semántica y retorcer el lenguaje por interés político o, si somos muy inocentes, por paternalismo simplista.

Y en las democracias maduras, los ciudadanos merecen algo más que eufemismos. Merecen que las cosas se llamen por su nombre. Porque cuando la guerra necesita esconderse detrás de las palabras, lo que realmente está en juego no es sólo la estrategia militar, sino la honestidad del discurso público.


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