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| Mascaritas años 70, imagen de Google |
Artículo de María Almenara
Con esta frase se saludaban a las máscaras al encontrarnos con alguna de ellas por las calles.
Después de muchas restricciones, las mascaras pudieron salir a la calle allá por los años cincuenta y, de aquellas a las que vemos hoy existe una enorme diferencia, tanto en la vestimenta como en la manera de buscar la diversión.
En el carnaval que viví en mi juventud y a adolescencia, hombres y mujeres cambiaban por unas horas su verdadera identidad, la mujer se vestía de hombre y viceversa. A la hora de elegir el disfraz se recurría a los roperos de la familia más cercana, allá cogían pantalones, vestidos de las abuelas y el sombrero viejo del abuelo.
De esta guisa salían a la calle tocando en las puertas a la vez que pedían tortillas o huevos.
La cara la cubrían con una talega o pañuelo recortando el lugar de los ojos y la boca. Algunos hombres se atrevían a pintarse los ojos y los labios para simular con más rotundidad de que eran mujeres.
A mi hermano le gustaba mucho los carnavales y, por supuesto salir disfrazado, en cierta ocasión mi hermana y una amiga se encargaron de ese trabajo, le colocaron un sujetador, le pintaron labios y ojos y hasta le pusieron dos trenzas. Iba tan femenino que al cabo de unas horas de estar en la sociedad buscó a mi hermana para que le ayudara a quitarse de encima a un “moscardón” que se encaprichó con él.
Otra cosa muy típica de la época eran las comidas que las madres cocinaban para que los hijos comieran al regresar de los bailes y para el resto de la familia. Se hacía; arroz con leche, tortillas y frangollo, para éste último se usaban los restos de millo que salían cuando el molinero limpiaba la piedra de moler.
Se guisaba con agua y a la hora de comerlo se le ponía leche caliente.
Este frangollo hoy se vende en bolsitas y se elabora como postre, añadiéndole al guisarlo, huevos, pasas, almendras, cascara de limón y ramita de canela todo ello cocinado con leche.
Mary Almenara.

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