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| Julio, contando la verdad que otros no quieren escuchar |
Por Julio C. Glez. Padrón
Durante los años más duros de la pandemia, el turismo en
Canarias sufrió un golpe sin
precedentes. Aeropuertos prácticamente vacíos, hoteles
cerrados, miles de trabajadores
en ERTE y una economía que, de la noche a la mañana, quedó
paralizada. Aquella etapa
dejó al descubierto hasta qué punto el Archipiélago depende
de una sola actividad
económica. Fueron meses de incertidumbre, de miedo y de
reflexión sobre el modelo
económico que sostiene a las islas.
Sin embargo, tras aquella profunda caída llegó una
recuperación que pocos se atrevían a
pronosticar con tanta rapidez. Entre 2023 y 2025 el turismo
extranjero volvió con
fuerza, hasta el punto de rozar cifras históricas. Los
aeropuertos volvieron a llenarse, los
hoteles alcanzaron altos niveles de ocupación y el gasto
medio por visitante aumentó de
forma notable. En términos puramente estadísticos, el sector
no solo se recuperó; sino
que, en muchos aspectos superó incluso los niveles anteriores a la pandemia.
A ello se sumó un incremento generalizado de los precios en
el sector turístico. Las
estancias hoteleras, la restauración, el alquiler vacacional
y otros servicios vinculados al
turismo experimentaron subidas significativas. Los ingresos
globales del sector
aumentaron y el turismo volvió a presentarse como el gran
motor económico de
Canarias.
En un principio, muchos analistas preveían que tras esa
intensa recuperación podría
producirse un pequeño retroceso natural, algo habitual
después de periodos de fuerte
crecimiento. Pero la realidad internacional ha vuelto a
alterar las previsiones. La
reciente crisis derivada de la guerra en Oriente Medio está
afectando directamente a
algunos destinos turísticos tradicionales del Mediterráneo y
del norte de África, que
compiten con Canarias por el mismo tipo de visitante
europeo.
Como ha ocurrido en otras ocasiones en la historia reciente,
cuando la inestabilidad
aparece en destinos competidores, Canarias se convierte
automáticamente en un refugio
turístico percibido como seguro. Todo indica que esta
situación puede provocar un
nuevo incremento de visitantes durante este año,
probablemente acompañado de otro
aumento en los ingresos del sector.
Desde un punto de vista empresarial, las perspectivas son
excelentes. Desde el punto de
vista macroeconómico, las cifras serán seguramente
celebradas como un nuevo éxito del
turismo canario. Pero existe una pregunta incómoda que cada
vez más ciudadanos se
hacen … ¿Quién se beneficia realmente de este éxito?
Porque la experiencia reciente invita al escepticismo. A
pesar de los récords turísticos
alcanzados en los últimos años, la sensación general entre
gran parte de la población
trabajadora de las islas, es que esa prosperidad no termina
de llegar a sus hogares. Los
salarios en muchos sectores vinculados al turismo siguen
siendo relativamente bajos en
comparación con el enorme volumen de riqueza que genera la
actividad.
Mientras tanto, el coste de la vida en Canarias ha aumentado
de manera significativa. El
precio de la vivienda, especialmente en las zonas más
turísticas, se ha disparado. Los
alquileres se han vuelto cada vez más inaccesibles para
muchos trabajadores locales, en
parte por la presión del alquiler vacacional y por la propia
dinámica de un mercado muy
tensionado.
A ello se suma el encarecimiento general de productos y
servicios en áreas turísticas,
donde los precios se ajustan más al poder adquisitivo del
visitante extranjero que al del
residente local. El resultado es una paradoja difícil de
ignorar: regiones que generan
millones gracias al turismo, pero donde muchos trabajadores
tienen cada vez más
dificultades para llegar a fin de mes.
Esta realidad alimenta una percepción creciente de
desequilibrio. Para una parte
importante de la sociedad canaria, el gran negocio turístico
parece beneficiar
principalmente a las grandes cadenas hoteleras, a los
grandes operadores internacionales
y a determinados grupos empresariales, mientras que el
impacto positivo sobre el
bienestar de la población local resulta mucho más limitado
de lo que cabría esperar.
No se trata de demonizar al turismo. Sería absurdo hacerlo.
El turismo es, sin duda, la
columna vertebral de la economía canaria y ha permitido
durante décadas sostener miles
de empleos y desarrollar infraestructuras que de otro modo
habrían sido impensables.
Negar su importancia sería ignorar la realidad.
Pero reconocer su importancia no significa renunciar al
debate sobre su distribución de
beneficios. De hecho, precisamente porque el turismo es tan
importante para Canarias,
resulta imprescindible preguntarse si el modelo actual es el
más justo y el más
sostenible a largo plazo.
¿Puede un territorio que recibe millones de visitantes cada
año seguir teniendo salarios
bajos en gran parte de su economía?
¿Es razonable que la prosperidad turística conviva con
crecientes dificultades de
acceso a la vivienda para la población local?
¿Hasta qué punto el modelo turístico está contribuyendo
realmente al bienestar
colectivo de quienes viven permanentemente en las islas?
Son preguntas legítimas que no deberían interpretarse como
un ataque al sector, sino
como una invitación a reflexionar sobre cómo mejorar el
reparto de los beneficios que
genera.
Porque el verdadero éxito del turismo no debería medirse
únicamente en número de
visitantes, en récords de ocupación hotelera o en
facturación global del sector. El éxito
real debería reflejarse también en la calidad de vida de la
población local, en salarios
dignos, en acceso a vivienda asequible y en oportunidades
reales para las nuevas
generaciones.
Canarias tiene hoy la oportunidad de plantear este debate
con serenidad, sin caer en
extremos ni simplificaciones. La previsión de una nueva ola
de crecimiento turístico
puede ser una excelente noticia para la economía. Pero
también debería ser una
oportunidad para preguntarse cómo lograr que esa bonanza económica
llegue de forma
más equitativa a toda la sociedad.
Porque si algo demuestra la historia reciente es que los
récords turísticos, por sí solos,
no garantizan justicia económica.
Y quizá ha llegado el momento de que esa sea la verdadera
meta del futuro turístico de
Canarias, el no solo atraer cada vez más visitantes, sino
asegurar que la riqueza que
generan se quede, de verdad, en la tierra que los recibe.
Porque no nos engañemos “cristiano”, Canarias no puede
seguir conformándose con
ser únicamente un destino turístico de éxito.
Debe aspirar también a ser un lugar donde quienes sostienen
ese éxito con su trabajo,
puedan vivir con dignidad, estabilidad y oportunidades
reales.
De lo contrario, corremos el riesgo de seguir batiendo
récords de visitantes mientras una
parte creciente de la sociedad canaria continúa
preguntándose, año tras año…, ¿Dónde
está realmente la prosperidad de la que tanto se habla? O
para decirlo con una
expresión típicamente canaria… ¿Dónde fue cristiano, que se
le apagó el farol?
Porque para la leche que ha dado la “cabra calzona”, mejor
que se la “jinque toita”
el cabrito.
Porque hasta un alumno de esos “progres pero burros”
producto de la LOGSE,
entendería que, un destino turístico puede presumir de
cifras, de ocupaciones récord y
de ingresos millonarios, pero una sociedad como la nuestra
solo podrá presumir de
éxito, cuando la prosperidad que genera alcanza también a su
gente y esa es, quizá, la
gran asignatura pendiente del modelo turístico canario.
Porque volviendo a nuestras sabias expresiones canarias…” No
se me haga ahora el
inglés, pues en Canarias todos sabemos que, para una cabra
partida, es preferible
un macho “colcovado”
Fdo. Julio César González Padrón
Marino Mercante y Escritor

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