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miércoles, 18 de marzo de 2026

Irán no se rinde: la guerra que USA e Israel pensaron ganar en días que puede cambiar el equilibrio del mundo

 

Don Julio escritor

La inesperada resistencia de Teherán está transformando un conflicto que parecía breve en una crisis estratégica global


Por Julio César González Padrón

Artículo de opinión

La guerra que tanto “el rubio pistolero americano del Donal Trump” como “el bélico judío del Netanyahu”, pensaban de breve duración en el tiempo, está demostrando ser mucho más compleja.                                                                                                                    Lejos de derrumbarse tras los primeros ataques, Irán ha respondido con una estrategia diseñada durante décadas que, es la de resistir, ampliar el conflicto y trasladar la presión al corazón de la economía global.

La amenaza sobre el estratégico estrecho de Ormuz ha convertido un enfrentamiento regional en un problema mundial. Mientras tanto, el presidente estadounidense Donald Trump presiona a sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para que colaboren en mantener abierta la principal arteria energética del planeta.

Pero lo que está en juego, ya no es únicamente una guerra en Oriente Medio; lo que empieza a cuestionarse es algo más profundo; tal así, como la capacidad de USA e Israel para imponer su superioridad estratégica en un conflicto que no está siguiendo el guion previsto.

La ofensiva lanzada por Estados Unidos e Israel partía de una premisa ampliamente compartida en muchos círculos estratégicos; la supuesta superioridad militar permitiría en principio quebrar rápidamente la estructura política y militar del régimen iraní.

Sin embargo, la historia de las guerras está llena de previsiones que se desmoronan cuando comienza el combate real.

 Lo cierto es que, al día de hoy, Irán no ha colapsado institucionalmente, ni ha mostrado señales claras de descomposición interna; muy al contrario, ha reaccionado con rapidez, coordinando su respuesta militar y política mientras amplía el alcance del conflicto.

Lo que se pensaba que podía convertirse en una operación militar rápida empieza a parecerse cada vez más a un enfrentamiento prolongado como le ha ocurrido con Ucrania al otro malvado rubio ruso con complejo de viejo Zar que es el Vladimir Putin.


Durante décadas, la doctrina militar iraní se ha basado en un principio muy simple; a saber, asumir que sus adversarios serán tecnológicamente superiores y, en consecuencia, diseñar una estrategia que evite el enfrentamiento directo en términos convencionales.

En lugar de competir con Estados Unidos o Israel en aviación avanzada o poder naval, Irán ha apostado por otros instrumentos como misiles, drones, guerra asimétrica y la capacidad de activar múltiples focos de tensión en la región.

Este modelo tiene un objetivo muy claro qué, no es otro que el de transformar una guerra rápida en una guerra larga. En un conflicto prolongado, pues saben que los factores políticos, económicos y energéticos pueden llegar a ser tan determinantes como las capacidades militares.

Más allá del campo de batalla, la mayor capacidad de presión de Teherán se encuentra en la geografía pura y dura.

El control de la costa norte del estrecho de Ormuz otorga a Irán una posición estratégica privilegiada sobre una de las rutas marítimas más importantes del planeta. Por este corredor circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo; por lo tanto, no es necesario bloquear completamente el paso para generar un impacto global. Basta con introducir incertidumbre mediante amenazas, incidentes navales o ataques selectivos para que los mercados energéticos reaccionen de inmediato. De esta manera, el conflicto deja de ser un problema regional y se convierte en una cuestión que afecta directamente a la economía mundial.

 Y, en consecuencia, con el aumento de la tensión en el Golfo, Washington ha comenzado a solicitar una mayor implicación internacional.

El presidente Donald Trump ha pedido a los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que colaboren militarmente para garantizar la seguridad del tráfico marítimo y mantener abierto el paso por el estrecho y de camino o lo que es lo mismo, a que le ayudemos a “salvarle su americano culo blanco del tremendo fregado que junto al judío se han metido”.

El mensaje estadounidense es claro: si el comercio energético mundial depende de esa ruta, los países que se benefician de ella deberían contribuir también a su protección.

Sin embargo, la respuesta de algunos aliados europeos ha sido más prudente de lo esperado, lo que revela que el conflicto no sólo se libra en el Golfo Pérsico, sino también en el terreno político dentro del propio bloque occidental y ya parece que le están contestando que … “Con la cuchara que elegiste comes”

Las primeras semanas de guerra están dejando una enseñanza incómoda para muchas capitales occidentales: Irán no era un adversario tan frágil como algunos habían supuesto.

Durante años, el país ha construido una arquitectura estratégica basada en la resistencia, la dispersión del conflicto y la capacidad de infligir costes económicos al sistema internacional.

Ese modelo no está diseñado para ganar guerras rápidas. Está diseñado para sobrevivir a ellas, y en geopolítica, sobrevivir puede convertirse en una forma de victoria.

Si el conflicto se prolonga, el verdadero desafío para Estados Unidos y su aliado Israel, no será únicamente derrotar militarmente a Irán. Será sostener el coste político, económico y energético de una guerra cada vez más amplia.

 Los estrategas militares, deberían tener meridianamente claro que, las guerras modernas rara vez se deciden en los primeros bombardeos. Se deciden en la capacidad de resistir cuando las previsiones fallan y los costes empiezan a acumularse.

 Por ello, con un sabio conocimiento persa, Irán lleva décadas preparando su estrategia precisamente para ese escenario como es el de sobrevivir al primer golpe, dispersar el conflicto y convertir su posición geográfica en un instrumento de presión global.

Si el enfrentamiento continúa escalando, el desafío para Occidente no será sólo militar. Será también político, económico y estratégico.

Porque en política internacional existe una regla tan antigua como incómoda: las guerras que se consideran fáciles suelen ser las que terminan complicándose más.

Y quizá dentro de algunos años los historiadores no discutan quién ganó esta guerra y el mejor ejemplo en el tiempo lo tenemos en la segunda Guerra Mundial, para Alemania; Vietnan para USA o Afganistán para USA y Rusia

Tal vez la verdadera pregunta sea otra: ¿Quién decidió empezarla sin comprender realmente sus consecuencias? O a ver si va a resultar verdad aquel dicho que nos decía… “Entre todos lo mataron y él se murió solo”. No olvides rubito pistolero Trump que esos “moros” son gente antigua y de teneres; así que lo mejor es que trinques ya la caja de turrones, apagues la luz del farol de carburo y te mandes a mudar para otra fiesta que, oiga cristiano” ... ¡Casos peores se han dado!

¡Qué cosas!


Fdo: Julio César González Padrón

Marino Mercante y Escritor


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