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miércoles, 4 de marzo de 2026

El silencio también mata y la hipocresía retrata

 

Buen artículo 


Luis Seco de Lucena

03/03/2026

Artículo de opinión

Resulta cómodo indignarse cuando estallan los misiles. Las imágenes de edificios derruidos, columnas de humo y sirenas activan de inmediato el repertorio moral de sectores sociales y políticos: llamamientos a la contención, apelaciones solemnes al derecho internacional, declaraciones de profunda preocupación. Todo suena correcto. Todo parece civilizado. Y, sin embargo, hay algo obscenamente incompleto en esa escena.

Porque durante años, mientras en Irán miles de hombres y mujeres salían a las calles para protestar contra el régimen de los ayatolas, el mundo observaba con una mezcla de cautela y cálculo. Jóvenes golpeados, encarcelados, ejecutados; mujeres castigadas por reclamar libertades elementales; familias enteras marcadas por el miedo. Entonces no hubo urgencia. Entonces la indignación fue tibia. Entonces el silencio resultó más cómodo o incluso interesado que la denuncia contundente.

Hoy muchos condenan la operación armada con una severidad que habría sido admirable si se hubiese mostrado cuando el propio régimen reprimía a su pueblo. Se habla de legalidad internacional con una devoción casi litúrgica. Pero, desgraciadamente, apelar al derecho internacional es decidir no hacer nada cuando no existe voluntad real de hacerlo cumplir. Las normas, por sí solas, no protegen a nadie. No interponen el cuerpo entre el verdugo y la víctima.

Para imponer el derecho es imperativo disponer de la fuerza necesaria para imponerlo y Europa no la tiene. Ni la tiene ni parece decidida a asumir el coste político y moral de adquirirla. La posición dividida, otra vez, de la Unión Europea es previsible, risible e inútil. Declaraciones contradictorias, equilibrios imposibles, matices infinitos. Mucho verbo y poca sustancia. Mucha cautela y escasa coherencia.

Mientras tanto, la inutilidad de las Naciones Unidas queda una vez más demostrada. Se reúne el Consejo de Seguridad, cada país suelta su discurso, redactan una resolución que después no cumple nadie. El rito se repite con precisión burocrática, pero las cárceles no se vacían, las ejecuciones no se detienen, las familias no recuperan a sus muertos.

No se trata de justificar la violencia ni de celebrar la guerra. Se trata de señalar la incoherencia moral de quienes descubren de repente la pureza del derecho cuando ya hay fuego cruzando el cielo, pero no la encontraron cuando los disparos eran internos y las víctimas carecían de altavoz internacional. El sufrimiento no empieza cuando intervienen actores externos; comienza mucho antes, cuando el poder aplasta a su propio pueblo sin consecuencias reales.

El drama iraní no es un tablero, es una suma de rostros. Y cada rostro olvidado durante años pesa tanto como cualquier escombro reciente. La coherencia exige una memoria completa, no selectiva.

Porque la hipocresía internacional se parece a un teatro en llamas donde los actores, impecablemente vestidos, discuten sobre el reglamento contra incendios mientras el público arde en silencio.


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