Don Luis seco de lucena
El camino amaneció cubierto de hojas.
Ayer todavía estaban en los árboles.
Hoy crujen bajo nuestros pasos
y el viento las arrastra
de una acera a otra
sin pedirles permiso.
Me detengo a mirarlas.
Hay amarillos,
ocres,
marrones,
algún rojo que todavía conserva
un poco de fuego.
Nada permanece igual.
Lo sabemos.
Y, sin embargo,
cuánto nos cuesta aceptarlo.
También nosotros cambiamos.
El rostro.
Las costumbres.
Los sueños que parecían imprescindibles
cuando éramos más jóvenes.
Incluso el amor cambia.
Por suerte.
Pierde algunas urgencias
y aprende otras formas de quedarse.
Ya no necesita demostrar a cada momento
que está vivo.
A veces basta preparar dos cafés,
esperar bajo un paraguas,
compartir el mismo sofá
mientras la lluvia golpea los cristales.
Hay amores que con los años
se parecen a los árboles:
han soportado tormentas,
han perdido ramas,
conocen sus cicatrices
y continúan en pie.
La tarde se vuelve más corta.
Encendemos las primeras luces de la casa
y sentimos cierta nostalgia
por todo aquello que dejamos atrás.
No pasa nada.
También la nostalgia
es una forma de agradecer.
Porque madurar quizá consista en esto:
mirar las hojas que caen
sin pedirles que regresen al árbol,
guardar lo que merezca ser recordado
y continuar caminando
con las manos un poco más vacías
y el corazón un poco más lleno.

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